De Tibilisi a Cangues. Las vidas cruzadas de los Barrena Díez

Caridad Lueje Alea y Dulce María Díez Lueje./
Caridad Lueje Alea y Dulce María Díez Lueje.
Alejandro Fernández Martínez
ALEJANDRO FERNÁNDEZ MARTÍNEZ

A la hora de relatar tiempos interesantes conviene sentarse al lado del que escucha y no del que narra si, como en este caso, se cuentan vidas que a duras penas llegaron a ser. Decía Stefan Zweig que su humildad jamás le hubiese permitido contar la historia de su vida si no fuera porque presenció -muy a su pesar- algunos de los acontecimientos más lamentables de la historia. Apuntaba el escritor vienés que «cada uno de nosotros, hasta el más pequeño e insignificante, ha visto su más íntima existencia sacudida por unas convulsiones volcánicas — casi ininterrumpidas — que han hecho temblar nuestra tierra europea». En medio de estas convulsiones trascurrieron y se unieron las vidas que aquí siguen: en la primera mitad de un siglo XX experto en retorcer caminos.

Familia Díez Lueje: arriba, en el centro, Dulce María; a la derecha su madre Caridad Lueje Alea; en el centro Nicolás Díez y, a la izquierda, Pilar Villaverde, otra maestra de Cangas de Onís.
Familia Díez Lueje: arriba, en el centro, Dulce María; a la derecha su madre Caridad Lueje Alea; en el centro Nicolás Díez y, a la izquierda, Pilar Villaverde, otra maestra de Cangas de Onís.

La hija del maestro y la costurera

Desde León, decidido a trabajar como maestro, llegó a Asturias Nicolás Diez Valbuena. Aterrizó a este lado de la cordillera en los pueblos parragueses de Lláu y Vallubil. Allí encontró, pasados pocos meses, a Caridad Lueje Alea, hija de unos campesinos que lo acogieron a su llegada. Al poco, su mujer. Transcurren así unos años, lentos y rutinarios como casi todos y en cuyo fluir pausado nace Dulce María Díaz Lueje, hija del maestro y la costurera. Será más tarde, mediados ya los años 30, cuando la familia se traslade a Gijón y también será en esta villa donde los pille la Guerra Civil.

Había que tomar partido en tiempos en los que muchos luchaban creyendo de verdad en lo que hacían. Así, Dulce María, con unos radiantes 18, los estudios de practicante -realizados en Salamanca- aún recientes y el ímpetu propio de la juventud y del momento, decide volverse al oriente de Asturias a trabajar como enfermera en el hospital de sangre de Cangas de Onís. Será la primera vez que Dulce María conozca los horrores de la guerra, que al final reconocía casi como propios.

En 1937, en Asturias, la guerra entra en un momento duro y se deciden varias evacuaciones. Había que poner a salvo a los más débiles y, también, aliviar demográficamente un territorio que empezaba a notar el hambre y las penurias del conflicto. Llega octubre. El frente asturiano es insostenible. Mandan ya el pánico y la retirada en los soldados leales, las derrotas se acumulan en el bando republicano y parece haber ya poco remedio para su causa. En uno de los barcos que zarparon desde Gijón con rumbo a la Unión Soviética van maestro, costurera y practicante a bordo. Era la URSS la única amiga de España en aquel combate ya internacionalizado. La llegada a Rusia siempre la relató Dulce María como una fiesta: la acogida se hizo como se pudo, pero con mucha generosidad. O eso me cuentan sus palabras, depositadas en la boca y la memoria de su hijo.

Al otro lado de Europa

Superada la travesía y ya en suelo ruso, la vida vuelve a su paso tranquilo y rutinario. Entre la pena y la melancolía por aquella España de generales bastardos va naciendo, poco a poco, un hueco para la nueva vida en la URSS. Las lenguas, torpes aún, chapurrean poco y mal lo básico para el entendimiento entre personas. Estas dificultades de la lengua conllevan, por norma general, anécdotas primero y carcajadas después de la vergüenza. En una de las fiestas a las que asistieron –en el camino trataron de ser felices- se produjo uno de estos episodios curiosos. A una de tantas españolas que, como Dulce, habían terminado allí, le tocó bailar con un ruso. Las ganas aprietan, y en un intento por sacar un tema de conversación universal preguntó al soldado: вы курите (¿fumas?). La escasa destreza idiomática no daba aún para matices de pronunciación y, para un nativo, esa frase sonó a курица, es decir, gallina. Aquel ruso, con gesto serio, negó con la cabeza y exclamo que no, que él petukh: gallo.

Relativa paz, ahora, en aquella segunda patria en que se había convertido la URSS. No durará. En un ambiente de purgas estalinistas Nicolás Díez, maestro anarquista, fue denunciado por algunos de sus compatriotas, terminando sus días en Siberia, donde muere poco tiempo después a causa de una neumonía, según telegrama dirigido a su mujer y su hija. Entre las alegaciones que se interpusieron en el proceso contra él se haya una particularmente llamativa. Trabajando de maestro, se giró hacia la pizarra y al no encontrar una tiza con la que apoyar su explicación, exclamó: «¡En este país ya no hay ni para tiza!» Nicolás «no se callaba, no se callaba nada», cuenta Araceli Ruiz (1924), también niña de la guerra.

Niños y maestros de la Guerra, en Leningrado. En el centro: Nicolás Díez Balbuena.
Niños y maestros de la Guerra, en Leningrado. En el centro: Nicolás Díez Balbuena.

Segundo destierro

En el verano de 1941, ya empezada la II Guerra Mundial, las tropas alemanas invaden el país. Otra vez la guerra; ahora, en Leningrado. No tarda la «wermacht» en llegar a la ciudad y sobre ella se asienta un cerco que la tendrá sitiada hasta 1944. Esta vez la muerte y el hambre alcanzan otra dimensión y las atrocidades en la antigua Petrogrado vician hasta el aire. Dulce María vuelve a su ocupación y trabaja en uno de los hospitales de la ciudad, librándose de la muerte con una bomba que atraviesa todo el edificio, sin estallar. Siguiendo esta estela de bombas que no estallan y, por tanto, de suerte, Dulce María y su madre conseguirán salir del cerco de Leningrado por lo que se conoció como «el camino de vida», una carretera construida sobre el hielo del Ládoga, el lago que flanqueaba la ciudad por el este y su única vía de escape y abastecimiento en invierno.

Pasaron las semanas siguientes entre un ejército rojo en retirada y unas tropas alemanas a la zaga, hasta llegar a una zona ya segura, en Georgia. Finaliza aquí este periplo de cinco años que los lleva de Gijón a Georgia, lejos ya de la guerra.

Madre e hija, acostumbradas ya al desarraigo, viven en calma los últimos años de la guerra, asentadas en Tibilisi. No será hasta 1955 cuando Dulce María y Gonzalo Barrena Blanco se conozcan y se enamoren en medio de aquel destierro al que llegaron ambos por caminos muy distintos, pero igual de intrincados.

Gonzalo Barrena Blanco, en un retrato del Luis Fernández, reconocido dibujante y escultor mierense y, también, niño de la Guerra.
Gonzalo Barrena Blanco, en un retrato del Luis Fernández, reconocido dibujante y escultor mierense y, también, niño de la Guerra.

Gonzalo Barrena: un vida dando tumbos

En la Guerra Civil, Gonzalo Barrena Blanco combate en el bando republicano, en el Frente de Aragón. El Frente cae en la primavera de 1938 y Gonzalo termina en uno de los siete campos de concentración que albergó Aragón en aquellos años. La muerte se cernía sobre ellos por varias veredas: si esta no se imponía por las penosas condiciones que allí padecían, siempre podían esperar a verse frente a un pelotón de fusilamiento. La decisión la tomaron entre varios: había que escapar de aquel infierno. Lo hacen y, sorprendentemente, lo consiguen. Atraviesan los Pirineos hasta llegar al sur de Francia, donde pasarán los próximos meses en un campo de refugiados. Aquí, quizás, calma. Pero como se adivina ya en estas historias entrelazadas, la quietud dura poco y las cosas pueden ir a peor: otra vez los alemanes. Llegan al campo. Hay dos opciones: o bien volver a España –la imagen del pelotón de fusilamiento ronda otra vez sus cabezas- o ir al Frente de Rusia a trabajar –no con fusiles, esta vez- del lado alemán. Entre una muerte segura y una muerte posible, eligieron la segunda.

La intención la tuvieron clara desde el principio: había que pasarse, en cuanto fuera viable, al lado soviético. Atraviesan de noche el río que separaba a ambos ejércitos, entre el fuego cruzado de unos y de otros. Algo va mal. Los rusos desconfían y otra vez se retuerce el camino: Gonzalo Barrena será enviado a Siberia, donde pasará los próximos once años de su vida en un poblado minero, aquella cárcel sin más rejas que la estepa. En los años 50 les permiten ya movilidad. Qué hacer. En la mente de Gonzalo está una ciudad: Tibilisi. Ha oído en alguna ocasión que allí había una colonia de españoles.

Al final, Asturias

Se terminan así las sombras de guerra y muerte en estas dos historias, entrelazadas en el año 1955 en la capital georgiana. A partir de aquí el relato es más amable. Gonzalo y Dulce María se conocen, se enamoran y, fruto de aquellas sendas maltratadas y de la concatenación de casualidades nace, en 1956, Gonzalo Barrena Díez, profesor de Filosofía en el Instituto Rey Pelayo. El feliz suceso -el primero después de tantas jugarretas de la vida- ocurrió unos meses antes del fin, con el regreso a España de aquella familia, de esta odisea. Pero esa… esa ya es otra historia.

 

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