Bob Dylan, la leyenda continúa viva

El músico convenció a los casi 5.000 incondicionales que anoche acudieron a su concierto de Gijón

Bob Dylan, durante el concierto de ayer en Gijón./
Bob Dylan, durante el concierto de ayer en Gijón.
PABLO ANTÓN MARÍN ESTRADA

Bob Dylan convenció anoche a los casi 5.000 espectadores que acudieron a verle al Palacio de Deportes de Gijón de que continúa siendo un artista vivo y capaz de seguir sorprendiendo a sus fans en cada nuevo concierto. A punto de cumplir los 78 y con el mismo repertorio que lleva interpretando en los dos últimos años de su 'Never Ending Tour' (la gira interminable), le basta el arropo impecable de su sólida y reducida banda para salir al escenario y demostrar durante cerca de dos horas que su talento y sus energías siguen intactas. La acertada selección de los veinte temas de todas sus épocas que le acompañan en su tour y la reinvención única –a menudo irreconocible– de cada uno de ellos son las otras bazas que el viejo tahúr sabe jugar para convertir cada cita con su público en una memorable experiencia. La de anoche lo fue, sin duda.

Quienes estuvieron en el Teatro Jovellanos en 1999 para ver al bardo de Minnesota seguramente no recuerden si entonces había teléfonos móviles o si los que había eran una auténtica patata. Dentro de otros veinte años tal vez no se les haya olvidado que en el concierto de Gijón del 19, una instrucción personal del propio Bob Dylan les había impedido inmortalizar la fiesta con sus dispositivos móviles. Esa fue, tal vez para muchos de sus incondicionales la cara oscura de una fiesta en la que las medidas de seguridad fueron extremas para evitar que nadie pudiera tomar imágenes o realizar grabaciones de la actuación. Cosas del gran gruñón. Todos los que ayer estuvimos en el Palacio de Deportes se lo perdonamos por el gran concierto que brindó y entendimos en parte los motivos de su celo: a estas alturas de la fiesta, el mito quiere que sus seguidores se olviden de que lo es, al menos durante su actuación, para concentrarse en sus canciones, en su empeño por demostrar que la música es ante todo creación viva, algo que existe solo en ese presente único. Él y sus músicos brindan la ocasión de comprobarlo y disfrutarlo sin distracciones. Lo dijo muy claro en su bronca vienesa: «¿Posamos o tocamos?».

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Como suele hacer en esta gira, se centró en un repertorio salpicado con algunos de sus grandes éxitos. Abrió con 'Things have changed', como declaración de intenciones y siguió con uno de sus clásicos, el 'It ain't me, babe', momento de calma para tomar oxígeno antes de la primera galopada con 'Highway 61 revisited', que entusiasmó al público. Con 'Simple twist of fate' desempolvó la armónica, que tocaría en varios temas y 'Dignity' se convirtió en la sorpresa de la noche, al igual que ocurrió enPamplona. Tras este inicio tranquilo, nueva ráfaga cañera con 'Honest with me', y respiro con 'Tryin' to get to heaven', antes de atacar 'Scarlet town' con Dylan en el centro del escenario al micro. Siguieron 'Make you feel my love' y 'Pay in blood' para llegar a uno de los momentos álgidos de la noche con 'Like a rolling stone', una magnífica versión que hizo al público calentar las palmas para acompañarla. Un rotundo rhythm and blues con 'Early roman kings' y guiño a la melancolía con 'Don't think twice, it's all right' dieron continuidad al concierto. 'Love sick' fue otro momentazo de la noche, con Dylan de pie en el escenario sosteniendo el micro, antes de invitar casi al baile con el 'Thunder on the mountain', movido rock and roll. 'Soon after midnight', con aires que anunciaban despedida, y una pausa antes de la descarga de 'Gotta serve somebody' fueron el preludio a su salida del escenario para regresar con los dos bises de la noche: una emocionante 'Blowin' in the wind', a ritmo de country, y la guinda final 'It takes a lot to laugh, it takes a train to cry', que le llevó a su último saludo reverencia a un público al que sedujo totalmente.

Durante décadas el trotamundos de Minnesota ha ido destilando su obra en los más diversos géneros de la música popular americana y recreándolos en un formato nuevo. Ahora parece dar a entender a sus fans que por fin ha hallado la fórmula para dotar de la coherencia definitiva a todo su trabajo envolviéndolo en una misma clave inspirada en los ritmos originales del rock: country, rhythm and blues, swing, rockabilly. En esa clave sonaron ayer todos sus temas exprimidos por la cascada garganta del maestro –aún capaz de alcanzar abismos y simas– y por su potente banda, que le asiste como una auténtica guardia de samuráis dispuesta a todo por su señor: Charlie Sexton a la guitarra; Tony Garnier al bajo; George Receli en la batería y el ubicuo Donnie Herron manejando el steel pedal, la mandolina y el violín eléctrico. Así dominaron el escenario mientras el jefe se atrincheraba en su piano desde una posición lateral, el lugar en el que acostumbra a aparecer en todas sus actuaciones. Ni una palabra, ni un guiño al público más allá de los expresados en sus canciones. Esa es la norma que solo contempla una medida reverencia al final, cuando ya ha terminado su trabajo. Anoche fue una excepción. Saludó hasta cuatro veces en las últimas cuatro canciones y llegó a hacer un gesto cómplice al público. Todo un hito.