Scorsese o el mejor viaje hacia los infiernos

El nuevo Princesa de las Artes, criado entre curas, gánsteres y cine, nos guía hacia las catacumbas del ser humano y lo hace sin sutilezas, con sangre y dolor, pero también con una responsabilidad ética y poética, que envuelve en fe y amor por su oficio

El director neoyorquino de cine Martin Scorsese./TYRONE SIU / REUTERS
El director neoyorquino de cine Martin Scorsese. / TYRONE SIU / REUTERS
Paché Merayo
PACHÉ MERAYOGijón

El deseo, la culpa, la expiación, la violencia, la fe, la ética como tratado. La estética y la responsabilidad poética como necesidad. Personajes al límite, convulsos, llenos de verdad, de miserias y violencia. También de amor y de dudas. Gentes que ejercen el mal, que conocen el sabor de la sangre y el dolor más profundo, que se redimen en la búsqueda de respuestas y que, finalmente, se dejan contar con el poder inmenso del cine. Ese es el lugar y esas son las marcas, los retos, la materia y los pilares del nuevo Premio Princesa de Asturias de las Artes. La geografía en el que vive desde siempre Martin Scorsese y de la que parte su viaje vertical, como el de los místicos. Él lo es en cierto modo. Lo es porque, casi sin moverse de las calles de Nueva York en las se crió, entre mafias, religión y salas de cine, logra transitar hacia las nubes y a la vez guiarnos a los infiernos. Toca ambos con cada obra maestra y con cada personaje, secuencia y miedo filmado. Solo él puede convertir un descenso a las catacumbas del ser humano y de la sociedad que habita en algo bueno, en una confluencia de destreza técnica y culminación ética. En algo generoso poéticamente, bueno intelectualmente y, sobre todo, bueno cinematográficamente.

Por eso Scorsese es el maestro. Lo fue con sus primeras películas y lo sigue siendo ahora, que ya se acerca a los 76 inviernos y mantiene enriquecida su sabiduría cinéfila, su ilimitado conocimiento del oficio y de la vida y de los hombres. Pocos como él manejan la violencia ante la cámara, mostrando su grito sin sutilezas para convertirlo en herramienta de acusación. Él nos ha enseñado que poner la luz sobre la crueldad, la furia, puede ser un modo de construir un compromiso moral. No hace, además, el cineasta neoyorquino, curtido en el 'thriller', el drama criminal, el género histórico, la comedia, el documental y el humor negro, fusión de la sangre con la risa, miscelánea esencial y más que efectiva en otros directores como Tarantino y Álex de la Iglesia, en España, que han hecho de la violencia un elemento estético y no moral.

De Niro envuelto en sangre, en 'Taxi driver'.
De Niro envuelto en sangre, en 'Taxi driver'.

La misión del Princesa de las Artes es muy diferente a la de ellos. Él quiere contar y cuenta el mal, la sinrazón y los más peores instintos del ser humano. 'Taxi driver' (1976) es un ejemplo ya mítico, en el que la sangre corre tanto, tan deprisa y tan intensa, que casi deja la película fuera del circuito comercial. De hecho Scorsese tuvo que bajar la intensidad del rojo para que le dejaran estrenarla. Otro paradigma es 'Uno de los nuestros' (1990), drama maestro en el que se siguen los pasos a tres delincuentes durante tres décadas, una exhibición brillante de esos bajos fondos. Como lo son la genial 'Casino' (1995), con las mafias sosteniendo un relato que va mucho más lejos, o 'Gangs of New York' (2002), cinta con la que regresa al siglo XIX para seguir poniendo el dedo en la llaga de la corrupción y contar, de paso, una guerra de bandas entre emigrantes irlandeses y nativos de ascendencia británica.

Y en todas ellas, otro paisaje necesario. La profunda visión religiosa del director. La fe que mamó de niño, entre las paredes de su casa, llenas de imágenes de santos y vírgenes. Esa casa en la que ha contado que no había libros, «solo conversaciones, peleas y música de fondo». Y no solo vivió las creencias religiosas al cobijo de sus padres, actriz y actor fracasados que se dedicaban él a planchar y ella a coser. También las alimentó fuera. Casi se hace cura. Solo el cine, que entendió como su verdadera vocación, le apartó de los hábitos. Pero el embrión primero nunca se perdió. Está en toda su obra. No hay más que arañar un poco para ver que la fe, la culpa y el castigo aparecen desde su primera película, '¿Quién llama a mi puerta?'. En ella, que vio la luz en blanco y negro con un jovencísimo Harvey Keitel, entonces su compañero de estudios en la Universidad, pretendía iniciar una trilogía «semiautobiográfica», en la que también enmarca 'Malas calles' (1973), ya con Robert de Niro.

Arriba, 'Uno de los nuestros'. Abajo a la izquierda, 'Toro Salvaje'; a la derecha, 'Infiltrados',

Ambas péliculas llevan a la gran pantalla sus propios escenarios vitales. La camorra y el enorme peso religioso en aquella pequeña Italia a la que se trasladaron desde Queens y en la que también vivía De Niro. Al parecer, a seis calles de su casa.

Con él cuenta de nuevo para rodar 'Taxi Driver', que mantiene cierto tono crepuscular y místico, pero algo más solapado que las anteriores. No se debate Travis Bickle, el personaje que interpreta De Niro, entre la mafia y la iglesia, como el de 'Malas calles', pero está claro que las marcas que le envuelven, desde la cruz con la que talla una bala a las poses que remiten a ese icono cristiano, no están en la película por pura casualidad.

'La última tentación de Cristo', 'Gangs of New York' y 'El lobo de Wall Street'.

Evidente es también esa obsesión por la fe en 'La última tentación de Cristo', con la que causó un gran revuelo por poner atención en las pulsiones terrenales de Jesús de Nazaret, algo que no se había atrevido a hacer nunca nadie hasta entonces. Está en 'Kundun' (1997), que convierte en su objetivo al Dalai Lama, y en 'Silencio' (2016), donde religión y violencia se abrazan con el cine más puro.

Y esa es, precisamente, su otra gran verdad. El cine como metalenguaje del proprio cine. Aseguran quienes han tenido la suerte de su compañía, que Martin Scorsese es el cinéfilo mayor que ha existido nunca. Que lo sabe todo. Atendiendo a ese amor creó The Film Foundation, para preservar, restaurar y exhibir cine clásico. Lo ha visto todo y lo conoce todo. Cuando era pequeño, a los 11 años ya quiso hacer su primera película. Existen 'storyboards' de entonces que demuestran esa precocidad. Ha contado que, en realidad, lo único que podía hacer para no estar cerca de los gánsteres que circulaban con normalidad por el barrio, era ir a la iglesia o al cine. Y eso explica muchas cosas. Por ejemplo, 'La invención de Hugo'.

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