López Obrador: «No tengo derecho a fallar»

López Obrador. /David Guzmán (Efe)
López Obrador. / David Guzmán (Efe)

El presidente de México promete luchar contra la corrupción y la impunidad y un programa que contenga la emigración

MILAGROS LÓPEZ DE GUEREÑOCorresponsal en La Habana (Cuba)

Con la banda tricolor y el escudo del águila imperial en el centro del pecho, el ya presidente de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), remató las promesas de su toma de posesión con un compromiso solemne: «No tengo derecho a fallar. Nada material me interesa, ni me importa la parafernalia del poder, siempre pensé que debe ejercerse con sabiduría y humildad». Con todo, las emociones de una jornada histórica que devuelve a la izquierda al poder después de casi ocho décadas no le impidieron reconocer el enorme reto que afronta. «Soy consciente del gran desafío», confesó.

Antes había ofrecido un diagnóstico muy severo de los daños derivados de las políticas neoliberales en los últimos 36 años, cuyo peor rostro lo conforman la «inmunda corrupción pública y privada» y «la impunidad que impiden el renacimiento del país». El nuevo mandatario reiteró que «la deshonestidad de los gobernantes y de la pequeña mayoría que se ha lucrado con el clientelismo» son la «causa de la inseguridad y la violencia que padecemos». El empeño de su Gobierno, para lo que «trabajaré 16 horas al día», será «acabar» con esos problemas. Anticipó que no podrá hacerlo solo y por eso pidió ayuda a los mexicanos para afianzar la que llama «cuarta transformación».

También aclaró que iniciará la nueva etapa «sin perseguir a nadie, porque no apostamos por el circo y la simulación». Enjuiciar a todos los responsables de la situación de México, agregó, absorbería recursos necesarios para otras tareas. Aunque aclaró que , desde el presidente para abajo, todos, incluida su esposa y sus hijos mayores, responderán a partir de ahora si incurren en malas conductas. Para los funcionarios pidió «poner punto final» y escuchó abucheos. Pero sí prometió justicia para crímenes como la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa, así como la creación de una nueva comisión de la verdad.

El poder de una imagen

Pero si una imagen vale más que mil palabras, este sábado en México hubo dos que marcaron el pasado y las perspectivas de cambio del futuro. La primera, la de la pompa, el lujo y las figuras atildadas, la proporcionó el mandatario saliente, Enrique Peña Nieto. Llegó al Palacio legislativo de San Lázaro para entregar la banda presidencial en una caravana de lujosas camionetas y guardaespaldas. AMLO ofreció la segunda y su máxima concesión fue dejar el puesto del copiloto a un agente de seguridad para sentarse en el asiento trasero de su ´Jetta´ blanco privado junto a su esposa y futura primera dama, Beatriz Gutierrez. Cómo escoltas improvisados, centenares de mexicanos que salieron a las calles para arroparlo en el primer día como presidente.

López Obrador arrancó sus seis años de mandato de manera austera, cercana a la gente, con gestos acordes al nuevo tiempo y reiterando todas sus promesas de campaña ante 900 invitados, nacionales y extranjeros, entre ellos delegaciones de 50 países. Llevaba en la corbata los colores de Morena, el movimiento que fundó tras su derrota ante Peña Nieto y con el que el 1 de julio arrasó en su tercera contienda presidencial. Entonces el 53% de los mexicanos confiaron en sus promesas. Cinco meses después recibe del presidente del Congreso la banda presidencial con la popularidad en el 70%.

En defensa de sus planteamientos dio cifras. Recordó que hasta 1983 el crecimiento rondaba el 6% y que después apenas llega al 2% y criticó la concentración de la riqueza en pocas manos que empobrece a la población y la fuerza a emigrar. México es el segundo país del mundo con mayor migración, «sólo en EE UU hay 24 millones». Y «en violencia está en los primeros lugares».

Para poner freno a esta sangría anunció la creación de una franja de 25 kilómetros desde el 1 de enero en la que llamó «primera frontera de contención de la emigración hacia EE UU», una reducción de impuestos y precios de las gasolinas -equiparándolos a los aplicados al otro lado de la valla- y un aumento de los salarios para que los migrantes se queden en México en lugar de cruzar al norte.

 

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