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Versos que explican la vida

FRANCISCO ÁLVAREZ VELASCO POETA

Versos que explican la vida

El domicilio gijonés del autor de 'Noche' es una posada literaria en la que habitan poesías, ediciones antiguas, filósofos y diccionarios, y a la que al caer la tarde se acercan los estorninos fingiendo ser un ave fantástica y enorme

19.02.11 - 03:32 -
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Unos doce mil libros guardan la paz del domicilio gijonés -estos días, en estado de guerra, a causa de las obras que está haciendo en el piso- donde Francisco Álvarez Velasco (Cimanes del Tejar-León, 1940) escribe su poesía incesante. Jubilado como profesor de literatura en el Instituto Jovellanos, docencia que ejerció a lo largo de veinticinco años, más los previos en las poblaciones de Ocaña (Toledo) y Tarancón (Cuenca), acaba de publicar su última obra, 'Memoria de la sombra', y ya prepara la siguiente, que lleva por título provisional 'Retablo de la crueldad y de la ternura'. Colaborador de EL COMERCIO y creador y editor de portaldepoesia.com, los libros -sin desdoro de otros avatares y compromisos- enmarcan su vida. Por los anaqueles que recubren las paredes de las estancias o de los pasillos a salvo de la albañilería, se puede encontrar de todo, lírica y prosa, filosofía y antropología, diccionarios de alemán o chino -«hace tres años estudié algo de chino para un viaje que hicimos al interior menos conocido del país, acompañados por una amiga, Zhou Lan»-, la Summa Teológica o una edición de 1831 de 'El contrato social', «que adquirí por un duro en el Rastro, de Madrid, y me quiso comprar un librero de la cuesta Moyano, ofreciéndome doce mil pesetas. Naturalmente, rechacé la oferta...». Pero muestra con especial orgullo una fotografía sobre el tabique de su padre, David, en la cárcel leonesa de San Marcos, datada en 1937. Su progenitor pertenecía a la FAI (Federación Anarquista Ibérica). Y en una repisa, la garlopa que David empleaba en su oficio de carpintero. Un poema enmarcado, 'Nana para Luna', ilustrado por Hilario Barrero, y para el que compuso partitura el músico catalán Marcel Olm, nos remite a una nieta de tres años que completa el último eslabón de la familia. Oyendo la piqueta al fondo de la conversación, hablamos de la construcción literaria. Y él nos señala una madreña que recogió en la playa de San Lorenzo, que cumple funciones de arqueta en la mesa del despacho y le dio la inspiración para escribir 'Nacimiento de Venus', una poesía inédita que también se surte del cuadro de Boticcelli y la idea de la creación. ¿Nace el poeta en la infancia, ese país de Rainer María Rilke? Paco Velasco cuenta que habitó «una casa sin libros, como la escuela a la que acudí, en la que apenas los había tampoco. Mis primeras lecturas literarias fueron los cuentos de Calleja que me regalaba mi madrina». A cambio, en el pueblecito de Cimanes del Tejar, que carecía incluso de radio en aquellos años de posguerra, «existían las veladas, en largas noches de invierno, a las que acudía alguien que tocaba la pandereta o recitaba un romance. Mi madre, Consuelín, sabía muchos romances, y allí le cogí el gusto al ritmo de la poesía». Recuerda asimismo al maestro del pueblo, un republicano que no podía expresar sus convicciones, don Evelio, y cómo cuando a Paco Velasco le multaron en Madrid por gritos subversivos contra la dictadura -militaba en el PCE-, al regresar a Cimanes el bueno de don Evelio le confió su solidaridad. «La cartilla de rayas/ esperándote está sobre la mesa/ y la hogaza reciente/ y el cazuelo de leche/ que se enfría.// En la escuela relumbran los cristales/ y el maestro ya avienta su brasero...», evoca en 'Memoria de la sombra'. Tras el bachillerato y el curso común de Filosofía y Letras, que aprobó en la Universidad de Oviedo, se le abrieron las puertas de Madrid. Allí, la revista 'Camp de l'Arpa' premió uno de sus poemas. Y la editorial Taranto le incluyó en una colección iniciada por Félix Grande. Cuadernos de Cantiga le publicó 'La hiedra del silencio'. Aunque el primero de sus poemarios fue 'Tiempo de maldición', al calor de la lectura de 'Tiempo de silencio', de Luis Martín Santos, y de la poesía social. ¿No se ha devaluado la palabra en esta época presurosa que corre? «Se ha hecho demasiado efímera. Es verdad que el pueblo es el dueño del idioma, siguiendo el precepto cervantino; pero ha llegado a una reducción extrema. Para un urbanita, un árbol son todos los árboles, no existe la encina o el aliso. Y los que gobiernan el lenguaje son los tertulianos de las televisiones que hablan sin pensar. No hay filtros, ni de la palabra, ni de la sintaxis, ni de la fonología». Respecto de las vías de comunicación poética a través de las redes internáuticas, se siente satisfecho del eco de su Portal de Poesía, que le ha puesto en contacto, por ejemplo, con Fa Claes, un humanista que habla por igual en latín y griego clásicos o en francés y español modernos, el cual ha sido traductor de algunas de sus obras al holandés. Sin embargo, reconoce que en este océano proceloso «se perderán muchos poetas, debido a la imposibilidad de abarcarlo todo. Pero no me atrevo a juzgar el momento actual, que ha de cribar el tiempo». ¿Para quién escribir, entonces? «Hago mía la afirmación de Juan Gelman: escribo para entenderme a mí mismo. Yo soy muy machadiano (obtuvo el IX Premio Antonio Machado, en 2006, por 'Noche', galardón al que se sumó el Premio de la Crítica de Asturias) y creo que se canta -o se llora- lo que se pierde. No escribo para el futuro, sino para comprender lo que me ha pasado». Comienza a anochecer y al fondo de la ventana del despacho, se observan bandadas de estorninos que se arraciman en la fronda de un ciprés o vuelan hasta las ramas desnudas de otro árbol, trazando figuras que convierten al grupo de pájaros en un solo. -Dicen que es el modo en el que se sienten más seguros, simulando ser un ave fantástica y enorme. -comenta. Y abre su libro, 'Noche', en el que les dedica un poema, 'Albergue': «Mirad los estorninos de la tarde./ No siembran, no trabajan;/ tan sólo vuelan, comen, estercolan. // Y, sin embargo, Dios/ los deja pernoctar/ en el sombrío tejo de la iglesia...». Tal vez haya versos al modo de los estorninos, que configuren poemas fantásticos y enormes. Tal vez. Al final, Paco Velasco nos despide con una cita de Francisco Brines: «Envejecer con algo de memoria y alguna claridad». El resto es sombra.
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