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Sala de espera y de esperanza

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Sala de espera y de esperanza

El libro de Luis Fernández Roces es fruto de una honda conciencia existencial

28.05.11 - 03:17 -
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Escribía García Lorca que el sentimiento de tener muerta la esperanza es el más terrible de todos los sentimientos. Por ello, sin duda, hay quienes están instalados permanentemente en el tiempo de la esperanza, mientras otros se quedan parados en el tiempo de la simple espera. Los que están sentados en la sala de esperanza son ingenuos y optimistas, y se sienten pertrechados para aguantar los embates duros de la vida soñando un futuro mejor: «La providencia nos ha dado el sueño y la esperanza como compensación a las cuitas de la vida»(Voltaire). Tan es así que los estudiosos de la ciencia divina a la esperanza le dieron la categoría de virtud teologal y de ella decía algún clásico que levanta nuestro corazón a lo alto y nos hace olvidar los males de nuestra mortalidad.
Los de la sala de espera, en cambio, si tienen esperanza -y alguna han de tener- la guardan muy escondida, allá en lo más hondo de sus adentros, agazapada y muy a la chita callando, mientras a flor de labios están a verlas venir, a lo que sea será, siempre prudentes y precavidos: los clásicos calificaban como «hombre de espera» al de «ánimo varonil y de grande corazón que no se inmuta ni inquieta fácilmente y que tiene madurez y prudencia». En realidad, es un hombre que sabe administrar su tiempo, no en el sentido de los políticos actuales, que se precian de ser expertos administradores de tiempos y de hojas de ruta, sino en el de controlar sus avatares emocionales.
Luis Fernandez Roces acaba de publicar 'Salas de espera', un libro que es fruto de una honda conciencia existencial, y donde a veces se asoma la esperanza: «Aunque no la tengamos / y sea inesperada, la esperanza / sin más a veces viene, / bien que poco dispuesta y sin quedarse. / Y eso lo sabe / siempre al romper el día como siempre / el corazón. Por eso, / de esperanza morimos cada día, / esperando.» Siempre al romper el día, escribe el poeta. Decía Carlos Drummond de Andrade que cortar el tiempo en trozos es una idea genial porque así se industrializa la esperanza. Cuando empieza el día o el curso o el año o, atendiendo a la actualidad, en el inicio de los cuatrienios de una legislatura, es decir, cuando empezamos a recorrer un nuevo tramo de tiempo, parece que es obligado hablar de la esperanza. «Devolver la esperanza y la ilusión» es la muletilla más repetida por Mariano Rajoy. A los que votaron a los ganadores en las recientes elecciones deben de habérsela devuelto; en cambio, los perdedores han entrado en el tramo de la desesperanza, aunque quien desespera espera.
En el libro de nuestro poeta gijonés leo estos versos: «Deja entreabierta el alma, sus puertas, por si llega / mañana la esperanza y quiere entrar».
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