«El final del machismo, en manos de todos»

Loli Valiente, Bárbara Rodríguez, Lucía Lobato, Sara Núñez, Mercedes Fernández, Tina Fernández, María Fúnez y Ángeles Álvarez posan con las manos pintadas de malva. / ARNALDO GARCÍA

EL COMERCIO reúne a mujeres de 10 a 91 años que reflexionan sobre la violencia de género | «La solución pasa por la educación», coinciden todas. «Lo que veíamos normal, ahora sabemos que es machismo», reconocen las mayores

EUGENIA GARCÍA / CHELO TUYAGIJÓN.

La esperanza del cambio surca los rostros de las mayores y su brillo especial se refleja en los ojos de las jóvenes. Entre los diez años de la benjamina y las nueve décadas de la veterana distan cientos de batallas perdidas, pero también ganadas. Y en esa lucha siguen estas mujeres asturianas de distintas generaciones que creen con firmeza que la igualdad no es una utopía, sino la conquista de un ejército de voluntades que han de empujar al unísono para desterrar al machismo de una vez por todas. Que llegará, si las mujeres trabajan unidas. Si los hombres se comprometen con una causa que es más de todos juntos que de ellas solas. Tina Fernández (91 años), Ángeles Álvarez (85), Mercedes Fernández (68), Loli Valiente (50), Bárbara Rodríguez (41), María Fúnez (38), Lucía Lobato (22) y Sara Núñez (10) son ocho mujeres asturianas de generaciones y crianzas muy dispares que no dudaron en responder a la llamada de EL COMERCIO y LA VOZ DE AVILÉS para compartir una visión común de la violencia de género.

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Todas, no importa la edad, coinciden en que es una lacra que aún atenaza a la sociedad. Todas, sin excepción, alzan las manos teñidas de morado, los rostros firmes, fuertes y serenos para pedir «ni una más». Ni una menos. No se conocen entre ellas, pero enseguida confraternizan mientras posan en torno a la silla vacía. Una en la que no osan sentarse. Representa a una víctima que podría haber sido cualquiera de ellas, cualquiera de sus hermanas, madres, hijas, nietas, sobrinas o amigas.

Sara y Tina, benjamina y veterana del grupo, unen sus manos.
Sara y Tina, benjamina y veterana del grupo, unen sus manos. / ARNALDO GARCÍA

Entretanto, hablan de educación y respeto, de salir a la calle y denunciar; piden cambiar las leyes, instan a no callar. A concebir el amor como lo que es y no como posesión. Su feminidad no es sumisión, vulnerabilidad ni debilidad, sino fortaleza, unión y ese neologismo que es la sororidad y que ejemplifican cuando en nombre de las que ya no están piden, en definitiva, transformar la sociedad.

Las mayores reconocen avances. Tímidos, pero progresos al fin y al cabo. Sobre todo en cuanto a la visibilización. «En mi época había lo que hay ahora, novios que zurraban a sus novias», comenta Ángeles. «La diferencia es que todos callábamos. Y hoy no lo hubiéramos hecho», sintetiza con la cabeza bien alta. Aunque sabe, como Tina, «que hay más maltrato del que se cuenta», está convencida de que «habríamos salido a la calle para pararlo». Pero sus ojos claros, que en ocho décadas han visto casi de todo, observan con pavor que entre los adolescentes hay aún mucha violencia sexista. «Hay más en los jóvenes; y cuanto más jóvenes, más violencia», añade Tina. Lo evidencian las cifras, con el doble de menores de entre 14 y 17 años con protección policial que hace un año. Y no lo entienden. «Entre niños incluso, cuando no tenían que tener ya esa mentalidad», lamenta Ángeles. Lo habla con sus cuatro nietas y dos nietos. A ellas les advierte de que no hagan caso de internet, «que hay veces que dicen que tienen 16 años y las engañan y las meten en cualquier sitio». Internet es un peligro nuevo al que también se enfrenta Sara con las advertencias de su propia abuela. «Güelita también me dice que tenga cuidado», secunda.

Mensajes que inculcan miedo

Es la alerta, la precaución, que se transmite a las mujeres como víctimas potenciales y que también recuerda Bárbara. No olvida los «ten cuidado», «no te pongas esa falda», «no juegues con eso», «maquíllate, pero no bebas, que se van a aprovechar de ti» y otros mensajes mil veces repetidos que inculcan un miedo que, por desgracia, es muy real. Porque también tiene presente la violencia verbal que ha sufrido tantas veces, «o cómo algunos hombres hacen que sientas que eres inferior o simplemente un instrumento de placer o poco más».

María, Ángeles, Mercedes, Lucía, Bárbara, Sara y Loli.
María, Ángeles, Mercedes, Lucía, Bárbara, Sara y Loli. / ARNALDO GARCÍA

Con catorce años, María sufrió abuso sexual en la escuela por parte de sus compañeros de colegio. «Y por supuesto, día a día padezco los micromachismos». Para ella la pregunta más correcta no sería si ha sido víctima, sino «¿qué mujer no ha sufrido algún tipo de abuso, aunque no lo reconozca como tal?». Se declara activamente feminista. Teme que algunos confundan el malva y los lazos con una moda pasajera, aunque coincide con sus compañeras en que «ahora es más visible». Pero sin bajar la guardia. «Hay bastante trampa respecto a lo que nos quieren vender como modernidad y como ciertas libertades», asegura, poniendo como ejemplo la prostitución. «Que no nos engañen: el patriarcado se camufla», sentencia.

Como se camuflaba el machismo en muchas casas, reconocen ahora que saben ponerle nombre a la falta de equidad. A cómo solo ellas hacían la compra o la comida. A cómo el cuidado de los hijos recaía casi exclusivamente sobre las madres, incluso con «padres y maridos maravillosos». La revelación es brutal. «No era mi matrimonio en concreto, eran todos», evocan. «En mi casa, por ejemplo, tanto mi padre como mi madre trabajaban, pero era ella la que hacía las tareas del hogar», comenta Loli. Pero Sara ha crecido viendo otra cosa. «Mi padre hace la comida, la compra, me lleva al cole...». «Claro, es moderno», dicen todas. Y aconsejan a la más pequeña: «Con tu novio, tu pareja, el reparto de tareas es importante». Lo tiene claro: «¡No voy a trabajar para él!». «Al 50%», insisten.

Educación, «desde casa»

¿Cómo lograrlo? «La educación en igualdad mejorará lo que hay hoy, solo a través de ella se conseguirá un cambio de mentalidad», opina Mercedes, respaldada por las demás. «Tiene que empezar en casa, continuar en el colegio y ejercerse por dentro. Saber cuándo decir 'basta' aunque el otro no tenga intención de parar». Porque hoy «las cosas van muy rápido». En su juventud «acostumbraba a ronear, pero también controlar; ronear, pero tantear. A mi no me tocaba quien yo no quería». No obstante, rememora que «cuando conocías a un chico, a solas, se portaba muy bien contigo... Pero en cuanto estaba con dos o tres ya se ponían 'tontinos' y te decían las ordinarieces que suelen soltar». «¿Por qué en privado son tan amables y cuando se juntan con otros se pasan?», se pregunta. A través de sus alumnos de clases de inglés ha visto cómo han cambiado las cosas, algunas para bien y otras para mal. Aunque nunca se enfrentó a «nada que tuviera que frenar», sí advierte «faltas de respeto en la calle que me chocan».

Las mujeres estamparon su mensaje, «ni una más», en un muro
Las mujeres estamparon su mensaje, «ni una más», en un muro / ARNALDO GARCÍA

«Amar no es poseer»

«Algo falla de fondo, y mucho», apunta Loli, para quien «hay que educar e insistir mucho en nosotras y en ellos». A sus cincuenta años dice pertenecer a «la generación del príncipe azul». Una concepción del amor que se perpetúa en las nuevas generaciones. «Tenemos una idea errónea. Unas y otros seguimos pensando que amar es poseer, y eso no puede ser». Lo ha visto más de una vez con las confesiones de clientas de su centro de masaje. Y por eso a su hijo, un varón de 18 años, le ha educado en igualdad. «Es la única forma de parar esto». El chico, asevera orgullosa, «es muy respetuoso, tiene ideas feministas». Y sobre todo tiene claro que «querer no es poseer».

«Nos afecta a todos»

Desafortunadamente, no siempre es así. Conversando se dan cuenta de que la preocupación de las mayores tiene su razón de ser. «En nuestra generación, pese a que ha habido una evolución, todavía hay mucho machismo», señala la joven Lucía, para disgusto de las que pensaban que se había andado aún más camino de lo que verdaderamente se ha hecho. Quiere hacer constar, con la intención de que el mensaje cale en quien lea este reportaje, que «la violencia de género nos afecta a todxs y nos toca a todxs combatirlo. Pero ponlo con 'x'», insiste.

Jugar juntos, como hace Sara con sus compañeros de recreo. «¿Ya saben tus amigos que sois todos iguales?», le preguntan. «Sí, lo somos», responde convencida. A los que no lo tengan claro, a los que sigan ejerciendo la violencia contra las mujeres, esta niña de diez años les diría «no les hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti». «La igualdad no llegará en nuestra generación», cavila Lucía. «El futuro está en manos de la de Sara... Nosotras la ayudaremos a conseguirla». «El final del machismo, está en manos de todos».

 

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