«Los conocía a todos y me estaban llamando, ¿cómo me iba a ir?»

L. RAMOS

«Lo que me encontré aquella mañana en la carretera no lo olvidaré en la vida». Así habla, veinte años después del trágico accidente entre un camión y un autobús escolar en el que perdieron la vida siete adolescentes y el conductor del trailer, el agente de la Guardia Civil retirado Antonio Miguel Rueda. Él fue uno de los primeros en llegar hasta el lugar del siniestro, pues se encontraba a apenas unos kilómetros cuando por la emisora se dio aviso de que acudiesen todas las unidades. Por su trabajo, indica, está acostumbrado a ver accidentes graves de tráfico, pero lo cierto es que jamás imaginó lo que aquella mañana gris le deparaba. Y es que dentro del vehículo escolar no solo iban chavales a los que conocía desde niños, también estaba su propio hijo, Óscar.

«En cuanto dijeron que un autobús había sufrido un accidente en Buelna supe que era el del mío. Porque era el único que pasaba por allí a esas horas y porque lo acababa de ver pasar por el cruce de La Franca», rememora. Nada más llegar al prao donde estaba volcado el autobús no lo dudó ni un segundo y se adentró en el mismo como pudo. En su mente solo una idea: encontrar a Óscar y sacarlo de allí. «Lo conocí por la cazadora y lo llevé hasta una de las ambulancias, que marchó en seguida con él», explica. Fue entonces cuando Antonio decidió quedarse para seguir ayudando. «Ni lo pensé. Les conocía a todos y cuando fui a por mi hijo me llamaron por ni nombre, ¿cómo me iba a ir? ¿Qué iba a hacer en el hospital?», apunta, sin comprender todavía que una decisión que él considera natural fuese tomada por muchos como heroica. Pero lo fue. Sacó a siete chavales del amasijo de hierros al que había quedado reducido el bus y por ello le fue entregada años después la Medalla al Mérito de la Seguridad Vial.

Aunque resultó herido grave, su hijo sobrevivió y hoy es su recordatorio permanente de aquel día. «Le veo y doy gracias de que pueda contarlo», indica. Explica también que sigue manteniendo contacto con aquellos chavales a los que sacó del autobús.«Mi hijo es también guardia y está destinado fuera, pero viene mucho y sigue quedando con ellos, son una pandilla», explica.

Quien tampoco se olvida del 17 de noviembre es Modesto Bordás, alcalde por aquel entonces de Ribadedeva. Reconoce que aquel fue «el trago más duro» que le tocó vivir en sus doce años al frente del Ayuntamiento. «Fue lo peor que nos pudo pasar, pues aquí nos conocemos todos», indica. Y recuerda la confusión de las primeras horas, cuando todavía no se había identificado a los fallecidos y los familiares y amigos se agolpaban a las puertas del Consistorio llanisco en busca de noticias. «Fue algo terrible, marcó la historia de Ribadedeva», reconoce, y recalca la unión ejemplar que demostraron los vecinos. «Nos juntamos todos, nos apoyamos unos en otros y así, poco a poco, fuimos saliendo adelante», rememora.

 

Fotos

Vídeos