Alfonso Lara: «Sin capacidad de soñar estás muerto»

Alfonso Lara: «Sin capacidad de soñar estás muerto»
Alfonso Lara se mete en el papel de Zampanó. / SERGIO PARRA

Alfonso Lara llega al Niemeyer con 'La Strada', la versión teatral dirigida por Mario Gas de la película de Fellini. Le acompañan Verónica Echegui y Alberto Iglesias

M. F. Antuña
M. F. ANTUÑAGijón

Estreno absoluto mañana en Avilés. 'La Strada' de Fellini se hace teatro de la mano de Mario Gas, que dirige la adaptación que firma para la ocasión Gerard Vázquez. Alfonso Lara (Madrid, 1968) se mete en la piel de Zampanó, el papel que interpretó el mítico Anthony Quinn y lo hace acompañado por Alberto Iglesias y Verónica Echegui. Tras el Niemeyer, la obra se verá en el Teatro de la Abadía de Madrid.

-¿Nervios?

-Nervios buenos, con responsabilidad, con excitación. Cuando uno hace los deberes no tiene que tener miedo; estoy deseando compartir con el público, testar lo que hemos estado cocinando.

-O sea, que han hecho los deberes.

-Creemos que sí. Pero realmente nunca se deja de hacer una obra de teatro, se hace todos los días, pero hemos puesto todos los ingredientes para vivir una experiencia bonita con el público.

-'La Strada' es cine. Convénzanos de que también es teatro.

-Claro que es teatro. Aunque sea inevitable, no se puede comparar porque los lenguajes son distintos. Lo que importa son los personajes, la historia, la atmósfera, lo que en su día planteó Fellini. Esos personajes son tan ricos, la situación que plantea es tan atemporal, que está plenamente vigente y es una oportunidad estupenda poder recoger ese espíritu, intentar rescatar esas interrogantes que nos regaló Fellini y llevarlas a un escenario. La traslación está muy bien hecha, es fiel a lo que sucede. Es curioso que encuentro matices que no había en la película, como que tiene bastante que ver con el universo de Samuel Becket, ese teatro un poco mágico y desolado.

-¿Cuándo fue la primera vez que vio la película? ¿Cuántas veces la vio para preparar la función?

-Para preparar la función, ninguna. La vi por el mero gusto de verla cuando me ofrecieron el proyecto por segunda vez. Al principio no podía compaginarlo, pero a costa de alterar mi agenda, me pude embarcar. Cuando la vi tenía nueve o diez años y seguramente no la entendía, pero esa imagen de Anthony Quinn me impregnó. La película me quedó grabada, me impresionó, me llenó de fotogramas la cabeza.

-Anthony Quinn, ¿le pone o le impone hacer su personaje?

-Me pone, pero no me siento aplastado por la sombra de Anthony Quinn, lo tomo como un hermano. Es un actor de grandes personajes, me gusta muchísimo y además en la cara se parece a mi padre.

-¿Cómo ha sido trabajar con Mario Gas?

-Había estado siempre a punto y nunca lo había conseguido, pero las cosas suceden cuando tienen que suceder. Es un hombre total de teatro, es como Orson Welles pero en director de escena, es una primera figura, un sabio, un creador de atmósferas. Es muy estimulante, muy gozoso y disfrutón, hemos ido investigando, encontrando capas en los personajes a partir del juego, es un hombre lleno de recursos y con una imaginación portentosa, al que le gusta probar, cambiar.

-Algo habrán tenido que sufrir en el proceso...

-Me dedico a esto por puro placer y he tenido la suerte de ir haciendo lo que me gusta. Hace años que decidí dejar de hacer teatro en el que sufriese lo más mínimo. El único sufrimiento es el del personaje, que es un goce en sí mismo.

-¿Qué se queda de él en la mochila?

-Casi siempre los personajes te obligan a bucear en ti mismo. Tienes que hacer un proceso de acercamiento, algunos los encuentras en la cercanía y otros te obligan a reflexionar. Por eso mi profesión me parece tan saludable, al final siempre te estás poniendo en el lugar de otro y eso es muy sano. Ojalá los políticos hicieran ese ejercicio. Zampanó me obliga a conocer la naturaleza de la crueldad, de las relaciones humanas, del esclavo...

-El público, ¿qué se lleva a casa?

-No deja de ser una reflexión compartida. Me gustan los espectáculos en los que el público es partícipe y 'La Strada' es una serie de estampas, no es una narración continua, y eso obliga al público a completar el puzle. Las preguntas que se hacen los personajes también se las lleva el público: se cuestionan hasta qué punto somos crueles, obedientes cuando no deberíamos serlo, hasta qué punto los sueños tienen poder en nuestra vida... Y todo eso es importante porque sin capacidad de soñar estás muerto de alguna manera.

-No para, teatro y también televisión.

-En esta profesión o no sale nada o sale todo a la vez. Estoy en 'Señoras del (h)ampa', una serie para Telecinco que va a dar que hablar. Es una comedia muy oscura, tipo Álex de la Iglesia, un cruce entre Almodóvar y Tarantino.

-¿Vendrán mejores tiempos para el teatro?

-Las expectativas son mejores. El modelo teatral en España es para replanteárselo entero. Hay muchas compañías, ha habido un 'boom' de salas alternativas, pero eso es pan para hoy y hambre para mañana. Hay que plantearse muchas cosas, y todo empieza en la educación, el teatro y la música deberían forman parte más activa en la educación de los niños.

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