Un paseo por la historia de San Pedro

En una de las mañanas que siguieron a la bendición e inauguración del nuevo y último órgano de San Pedro, decidimos visitar la iglesia de San Pedro, para dar cuenta de lo que hoy puede encontrar el curioso visitante, creyente o no. Antes de entrar, dimos una vuelta por el exterior del templo, admiramos sus ventanas, su torre, el color de sus piedras, sus sogueados del más puro arte asturiano. Buscamos detalles en ellos, y allá, en la esquina donde el paseo del Muro acaba y empieza el calvario de piedra, donde aún hay quienes pescan como pescaba don Julián, allí, pasando una puerta pequeña, nada más girar la esquina, como a medio metro del suelo, vemos la primera piedra del templo; la erosión ha borrado mucho de ella, resulta visible la cruz, pero la fecha, aunque se distingue, apenas se lee. Rodeamos el ábside, y pensamos cuan acertado estuvo y cuánto costó dejar la iglesia exenta para solaz y paseo de los gijoneses. Bajamos a la plaza de don Ramón Piquero, admirando la antigua rectoral, hoy residencia de ancianos, y, sin entrar en las dependencias parroquiales, vemos la cruz que un día presidió las ruinas del viejo templo, y un poco más allá la lápida que conmemora el cincuentenario de esta iglesia, y vemos el tejo, de tanta traición en las iglesias asturianas, como símbolo del renacimiento tras la muerte.

Ya dispuestos a entrar, admiramos la verja que cierra el atrio con el escudo de San Pedro, diseñada por los hermanos Manuel y Enrique Hernández Sande. En su interior se han cobijado algunos indigentes que piden a la puerta. En el suelo, ante la puerta central de madera tallada con un medallón ovalado con la imagen de san Pedro, hay la siguiente inscripción en bronce que recuerda la última remodelación del atrio de la iglesia:

PARROQUIA MAYOR

SAN PEDRO APÓSTOL

1954- 1989

(...)

Entramos al templo por esta última puerta. Nos aguarda un guía de excepción: nuestro amigo Luis Miguel Antuña Maese, miembro de la Asociación Amigos de San Pedro y apasionado de su historia, a quien tanto debemos por la gentileza con que siempre nos ha atendido, aportándonos datos de su rico archivo personal. Antes de empezar, nos expone su teoría sobre la iglesia. Para él, la actual iglesia de San Pedro es el resultado del compromiso de párrocos y ciudadanos, feligreses o no, para que este templo fuera un referente artístico además de religioso, de manera que en ella resalta ante todo esta preocupación por alcanzar un nivel artístico.

Según hemos entrado, el primer altar de la nave del evangelio es el de la Resurrección, de 1995. Lo más valioso de él es sin duda el Cristo de la Misericordia, obra realizada en 1942 por Francisco González Macías y entregada a la iglesia al año siguiente. El hecho de que en la actualidad se exhiba sin corona de espinas ha hecho pensar que nunca la tuvo, pero Luis Miguel Antuña Maese nos dice haberla tenido él en sus manos y que si no se exhibe es, sencillamente, porque se perdió. Sin embargo, es curioso que la imagen no ofrece a ojos vista ni una gota de sangre, ni siquiera la llaga del costado. Si fuera un Cristo coronado, la imagen ofrecería algunos regueros de sangre en la cabeza, pero no es éste el caso. Sin embargo, nos consta también a nosotros que tuvo corona, aunque nunca se le puso, por no estropear la imagen. Rodean la cruz, adaptándose a su contorno, tres cuadros del pintor Jesús Gallego que representan el entierro y resurrección de Cristo. Bajo el altar se encuentra la urna con el Cristo yaciente. La urna es de las pocas piezas que no se destruyeron y se conservaron después de la guerra civil, tal vez porque en ella se vio una utilidad. En el mes de agosto de 1936 moría en el frente de Oviedo el jefe de la Guardia Municipal de Gijón, don José González Cienfuegos. Sus restos fueron trasladados a Gijón, a la sede del Batallón Máximo Gorki, donde se instaló la capilla ardiente, depositándolos en la urna, y así expuestos, fueron trasladados por diferentes calles de Gijón en una prolongada manifestación de duelo, hasta su enterramiento en el cementerio de Ceares.

Siguiendo el recorrido, nuestro guía nos llama la atención sobre el confesionario, único que hoy tiene el templo. Era de la iglesia de San José, y fue trasladado aquí cuando en aquélla se hizo el actual baptisterio. Sigue una hermosa escultura de piedra blanca que a primera vista podría ser confundida con san Cristóbal, pero es san José y el Niño. Rompe los esquemas tradicionales, ya que san José está con una rodilla en tierra y sostiene al Niño Jesús en sus brazos, en un momento en que parece haber abandonado su trabajo, pues en el suelo ha dejado la azuela. Está firmada en la base por Gerardo Zaragoza y fechada en 1968.

Avanzando por la nave se halla una imagen de san Antonio de Padua, obra de Borrego. Está flanqueando el sepulcro de los Valdés, «la piedra arqueológica -al decir de Antuña- más antigua que se conserva de la anterior iglesia». Se admiran en ella las armas de los Valdés y de Lavandera, y además una rueda, que Pedro Hurlé identificaba como la de santa Catalina, relacionada seguramente con el cerro a cuya falda se levanta el templo, así como la espada de Santiago, a cuya orden pertenecerían sus propietarios. No sufrió mucho deterioro y ha llegado hasta nosotros gracias a estar situado bajo un arco de ladrillos que lo protegió. En principio esta admirable y valiosa pieza histórica se guardaba entre un conjunto de medallones, claves de bóvedas y piedras que pertenecieron a la antigua iglesia, en la casa natal de Jovellanos. El sepulcro pasó luego a la capilla de la Virgen de los Remedios, hasta que por iniciativa de Luis Antuña se trasladó a la iglesia. Al otro lado del sepulcro de los Valdés, flanqueándolo también, corre el riesgo de no ser vista una Virgen del Pilar, de alabastro o mármol, obra de Gerardo Zaragoza, a nuestro gusto de mérito y alabanza.

Sigue el original altar de la Virgen del Rosario, situado, según advierte Luis Antuña, en el sitio (aproximado) donde se encontraba el antiguo altar del Rosario, de tantísima tradición para los gijoneses, detrás del cual estaba el paso que comunicaba primero al cementerio y más tarde a la capilla de Ánimas. Todo el conjunto fue diseñado por Ignacio Lavilla, artista fallecido en México. La imagen de la Virgen es de Gerardo Zaragoza. Aparecen representados san Pío V y santo Domingo de Guzmán, santos de antigua tradición en esta iglesia. En tiempos de don Boni se restauró la parte mosaica, pero de manera en nada acertada, según nos hace ver nuestro guía.

Al fondo de la nave, y antes de pasar a la girola, se encuentra el sencillo altar de san Pedro, con la imagen del apóstol titular del templo, realizada por Joaquín Rubio Camín. Somos advertidos por nuestro cicerone de que hasta 1995, en que se trasladó el altar de la Resurrección al comienzo de la nave, dejándole su sitito, la imagen de san Pedro estuvo vagando por la iglesia sin tener lugar donde permanecer. Estuvo en el pórtico, donde el rosetón, a la intemperie, en el patio donde las dependencias y sacristía, etcétera, hasta que por iniciativa de Luis Antuña se colocó en el lugar donde se ve ahora, y que era el que le destinaron los arquitectos, señores Somolinos, en su proyecto de iglesia. Ha sido también restaurado y también con mal resultado; la imagen, de madera de abedul, fue pintada, lo que despertó las iras del escultor.

Dirigimos la atención al altar mayor. Fue diseñado por Joaquín Rubio Camín. El baldaquino es inspiración de arte paleocristiano. El ara fue realizada por Emilio Valle, según nos hace ver Luis Antuña en una esquina de la base. La cruz de altar ha sido retirada, y se conserva a la entrada de la sacristía y en su lugar preside la cruz procesional regalada por don Alberto Paquet y su esposa doña María Dolores del Campo, según reza la minúscula inscripción que circunvala el pomo de la base de la cruz y que con cierta dificultad leemos. Admiramos debajo de ella los cuatro medallones de oro con las figuras de la Virgen Dolorosa, san Alberto, san Eutiquio y san Ramón.

En cuanto al retablo, se compone de tres cuerpos: en lo más alto, la vidrieras, realizadas por la casa Vidrieras de Arte, S. A., que representan, de izquierda a derecha, a san Eutiquio, Virgen Dolorosa, san Pedro (en el centro), san Alberto y san Ramón. Más abajo, los frescos pintados por Magín Berenguer, representando, de izquierda a derecha, a san Marcos, san Mateo, Cristo (en el centro) llevando en sus manos un manojo de espigas y un racimo de uvas, san Juan y san Lucas. Debajo de cada una de las figuras se representan los símbolos zoomorfos: de izquierda a derecha, el león, el ángel, el cordero (en el centro), el águila y el toro. Sigue hacia abajo un zócalo de madera noble con una sede en forma de banco también de madera noble, adosada y, por tanto, siguiendo la forma circular del ábside, con dos apoyabrazos en el centro para distinguir la presidencia.

(...)

A continuación, coincidiendo con una de las ventanas, vemos la inscripción dedicada a Jovellanos. Fue en este lugar (aproximadamente) donde estuvo enterrado el inmortal Jovino desde 1842 a 1936. Y más allá, protegida por cristales, se encuentra la custodia de Marmolejo, de quien Luis Antuña nos da la noticia de haber muerto en el mes de septiembre de este año. Siguen las imágenes de San Francisco y de Santiago.

Bajamos a la cripta. Hoy la luz, de focos alógenos, cumple una función más práctica y utilitaria, y ha perdido el carácter estético y «patético» que tuvo en su día. Entonces daban más ambiente, por ser luz indirecta, unas candelas a media altura. (...) En los nichos leemos muchos apellidos ilustres de Gijón, y advertimos que en el tramo estrecho que queda frente al panteón están los restos de la que fue pupila de Jovellanos, Manuela Blanco de Cirineo Inguanzo y su esposo Victoriano García Sala, uno de los personajes que aparece en los diarios de Jovellanos, abuelos del que fuera cronista de Gijón don Julio Somoza. A su lado, en otro nicho, están los restos de una de sus hijas, Cándida García Sala, y su esposo, don Gaspar Cifenfuegos Jovellanos, aquéllos que en 1842 trasladaron los restos de Jovellanos desde el cementerio a la iglesia de San Pedro. Su recuerdo nos trae el de tantos y tantos como van nombrados en esta historia.

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Salimos así, pues, de la iglesia. Una vez fuera, volvemos la vista a su monumental edificación. El mar está encrespado y pensamos que, a pesar de los embates del tiempo, la nave del pescador sigue capeando el temporal y va haciendo su pesca. ¡Qué así sea por los siglos de los siglos!