El Comercio

Umberto Chiummo sobre el escenario del Campoamor, convertido en un cabaret.
Umberto Chiummo sobre el escenario del Campoamor, convertido en un cabaret. / MARIO ROJAS

«Queremos provocar felicidad y reflexión»

  • Entusiasmado tras el estreno, el bajo barítono italiano destaca la energía sobre el escenario, contagiada también al público

  • Umberto Chiummo Don Alfonso en 'Così fan tutte'

El bajo barítono Umberto Chiummo pone voz y alma a Don Alfonso, uno de los personajes clave de la ópera 'Così fan tutte' que se estrenó el domingo y que vuelve hoy al Campoamor de Oviedo (también lo días 17 y 19), bajo la dirección musical de Corrado Rovaris y la escénica de Joan Antón Rechi. Entre representación y representación hablamos con él de su personaje y de los retos de esta obra maestra de Mozart.

La primera es obligada. ¿Qué tal el estreno? ¿Con qué sensaciones se queda?

Lo pasamos genial. Hubo mucho sentimiento y se notó arriba del escenario y también entre el público. Se produjo una energía muy intensa que salió del escenario llegó a las butacas y nos vino de vuelta.

¿Y cómo fue su experiencia de, además de cantar, hacer magia en directo?

Nunca habían pensado en que podría hacer magia, ni siquiera cuando era niño. Fue muy divertido a pesar de la tensión ante la duda de si va a salir bien o no, porque no las tenía todas conmigo, la verdad.

¿Don Alfonso es para usted un regalo o un desafío?

'Così fan tutte' es una maravilla, aunque en el siglo XIX no era tan apreciada porque para los románticos era demasiado sencilla, que no es cierto: se trata de una gran obra. Mozart siempre ha sido un territorio de mi predilección. Por tanto estoy encantado y más con un papel como Alfonso, que se ajusta ahora muy bien con mi edad (risas). Es un personaje más profundo de lo que se piensa, él lo mueve todo y lo hace para descubrir cosas, para que los demás se den cuenta de lo que es la vida.

¿Qué ha aportado usted al personaje y él a usted?

La primera vez que vi esta obra en un teatro era muy joven, fue de las primeras óperas que vi y salí de la sala con una amargura increíble. Transcurrido el tiempo, me he tenido que plantear cómo dar vida a este personaje, cómo actuar y sobre todo qué me pide él. Da Ponte quería que en Alfonso estuviese el pensamiento de una época: en el XVIII abundan personajes similares, pero Mozart le añade una fuerza, una vitalidad, en cada palabra, que nos hace pensar en que no se trata de la continuación del juego de 'Las bodas de Fígaro'; es otra cosa. Me vino a la cabeza Sarastro de 'La flauta mágica', el personaje serio. Él también quiere que los jóvenes se den cuenta de la vida, en otra forma, pero eso es así: ahí está el siglo. Yo intento resaltar, con cariño, esa profundidad de Alfonso. Por ejemplo, respecto a las mujeres, él dice: «No es así, tienes que aceptar lo que las mujeres son».

¿Cuál sería la vigencia de un argumento que hoy podría verse en clave crítica en cuanto a las relaciones de pareja, incluso misógina?

Es posible. Ahora las relaciones de pareja son tan raras (risas). Yo mismo pienso a veces que debo estar demasiado viejo. De todas formas, podríamos interpretarlo al revés: es decir, en esta trama desde un principio las mujeres y los hombres ya están jugando, son jóvenes, es lo que han hecho los jóvenes desde siempre. Lo importante es el mensaje que queda al final: que si quieres a alguien lo mejor es compartir ese amor para un largo tiempo.

En el aspecto puramente musical, ¿cuáles son las dificultades técnicas que plantea la obra?

Al principio las parejas cruzadas tienen soprano, barítono, tenor y mezzosoprano. En el final hay más contraste, está ese momento fantástico de la despedida que es una auténtica joya. En toda la obra prácticamente no hay huecos. La dificultad de cantar a Mozart es siempre la trama, un trabajo tan preciso de bordado que si una cosa sale mal ya no es lo mismo. En mi personaje, al final tiene que adoptar una línea sarcástica, mórbida, sensual, que a mí me parece de una violencia inaudita, pero Mozart y Da Ponte eran hombres de teatro, dos auténticos animales de la escena: es todo perfecto y el equilibrio de una precisión absoluta, no hay nada puesto al azar.

¿Mantener esa precisión intacta fue un reto en la puesta en escena que vemos en Oviedo?

Siempre lo es. Si el director escénico te pide: «¿Podemos cortar esto?»... Pues sí, podemos... pero ya no sería lo mismo. Me ha pasado en otras ocasiones, no en esta. Se puede cortar y tampoco pasaría nada porque el resultado va a ser siempre maravilloso en una obra de Mozart. A mí, sin embargo, me gusta que la trama siga desde el principio al final, es todo tan sutil que se va a perder algo seguro. En este caso tanto el director de escena como el musical tienen bastante claro lo que quieren, van en la misma dirección y ha marchado todo muy bien.

¿Con qué le gustaría que se quedase el público de este montaje?

Siempre es bueno pensar en el lugar donde se actúa. Me parece que la gente aquí es muy abierta y muy amable: en las tiendas, en las cafeterías, etc. He visto también en la calle gente que pasa dificultades como sucede en estos tiempos. Me gustaría que el público tras esta función se diera cuenta del esfuerzo de todos los que hemos trabajado en ella, desde el electricista hasta el director, lo hemos hecho para que durante las tres horas y media que dura sean más felices, se desprendan de su miedo, sus pensamientos negativos. No estamos aquí para hacer un espectáculo simplemente, sino para que cada espectador tenga un momento de felicidad y también de reflexión.