Una ópera recibida con balidos de cordero

La oscuridad marca la estética de la escena de la ópera que se estrena el domingo. / ÓPERA D EOVIEDO
La oscuridad marca la estética de la escena de la ópera que se estrena el domingo. / ÓPERA D EOVIEDO

El estreno en 1902 de 'Pelléas y Mélisande' en París fue un escándalo que marcó a Claude Debussy | Este melodrama que se desarrolla en el interior de la conciencia cierra a partir del domingo la 70 Temporada de Ópera de Oviedo

RAMÓN AVELLO OVIEDO.

Una paradoja de 'Pelléas y Mélisande', la única ópera completa de Debussy (1862- 1918) es que estando considerada «la ópera maestra de Francia» (Barraud), siendo «la partitura que emancipa el arte francés» (Romain Rolland), y calificada como «la obra maestra del simbolismo musical universal» (Riviére), se haya representado relativamente poco. En la estadística de Operabase sobre las representaciones operísticas en el mundo durante los últimos cinco años, ocupa el puesto 77, muy por detrás de óperas francesas de Bizet, Offenbach, Gounod o Massenet. Por eso no es extraño que 'Pelléas y Mélisande', hasta la actual Temporada de Ópera de Oviedo, nunca subió al escenario del Campoamor.

El estreno de esta ópera de Debussy en el Teatro de la Ópera Cómica de París, en 1902 fue un escándalo. Ante el vapuleo del público, el compositor escribió: «Compongo obras que no serán comprendidas más que por los nietos del siglo XX». En cierta medida, Debussy se equivocó. La ópera fue valorada y también comprendida por sus coetáneos, pero nunca llegó a ser popular. Ni siquiera entre los nietos del siglo XX. Los detractores de Debussy achacaban a la ópera una melancolía decadente y malsana, una vocalidad parecida a la salmodia y cierta monotonía en la acción. Cuentan las crónicas que el día del estreno, cuando en el segundo acto Mélisande dice «Yo no soy feliz», el público exclamó: «Nosotros tampoco». Y a punto estuvo la representación de zozobrar en la llamada 'escena de los corderos', en el cuarto acto, en la que Yniold ve acercarse unos corderos, lo que fue el pretexto perfecto para que un público amotinado con la obra empezase a balar.

'Pelléas y Mélisande' se representará, por primera vez en Oviedo, el domingo 28 de enero, a las 19 horas, y volverá a verse el 30 de enero, 1 y 3 de febrero a las 20 horas, en una producción de la Ópera de Oviedo procedente de la Ópera de Niza. Con la llegada de Debussy al Campoamor, se conmemora el centenario de la muerte del compositor, pero también se salda una deuda con una de las grandes óperas del siglo XX. El director canadiense Yves Abel estará al frente de la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA) y el Coro de la Ópera de Oviedo. Abel es buen conocedor de la orquesta asturiana, a la que ha dirigido, además de varios programas de abono, en las óperas 'Otello', 'Welther' y 'La Bohème'. La dirección de escena correrá a cargo del compositor y escenógrafo René Koering. Serán sus principales intérpretes la soprano Anne Catherine Guillet, en el papel de Mélisande; el barítono ligero Edward Nelson, (Pelléas); el barítono Christopher Purves, en el papel de Golaud; el bajo Maxim Kuzmin-Karavaev, como Arkel; la contralto Yulia Mennibaeva, como Genevieve, Eleonora de la Peña (Yniold) y David Sánchez, como el médico.

Triángulo amoroso

En los escritores simbolistas siempre existe un afán de romper con la realidad objetiva. Frente al realismo descriptivo, el poeta simbolista busca el misterio, la suspensión de lo real, las sugerencias evocativas en un mundo imaginario, subjetivo y decadente. Estas son las directrices que siguió el escritor belga Maurice Maeterlinck en su drama 'Pelléas y Mélisande'. Este drama interesó a Puccini, pero cuando el compositor italiano le pidió los derechos para el libreto, Maeterlinck ya se los había concedido a Debussy.

La acción de la ópera transcurre en un tiempo y país mítico e impreciso, un castillo de leyenda en el que vive un rey Arkel, con su hija y sus nietos, los hermanastros Pelléas y Golaud. Durante una cacería, Golaud encuentra a Mélisande, una mujer indefinida, sin edad y sin procedencia. Golaud la lleva al castillo, se casa con ella, pero Mélisande se enamora de su cuñado, Pelléas siendo correspondido por él. Enfurecido por los celos, Golaud mata a su hermano; Mélisande, protegida por el viejo rey, dará a luz un hijo del que no se sabrá quién es el padre, pero morirá a consecuencia del parto.

Esta historia se articula en cinco actos, tal como manda la tradición teatral francesa, y doce cuadros. La intención de Debussy no era descriptiva, ni siquiera proyectar una 'impresión' de realidad. «Yo deseaba», escribe Debussy, «una libertad musical que no se redujese a una reproducción más o menos exacta de la naturaleza, sino a las correspondencias misteriosas de la naturaleza y la imaginación».

Para estas correspondencias misteriosas entre lo real del drama y la imaginación del espectador, Debussy utiliza unos recursos musicales bastante precisos. Paradójicamente en un músico anti wagneriano, las dos primeras son de raíces wagnerianas: la continuidad musical por la que las escenas se encadenan sin interrupción, ligadas por interludios orquestales en los cambios de cuadros, y la utilización, con una gran flexibilidad, del recurso al leitmotiv, al melódico recurrente que simboliza a los personajes del drama.

El recurso más novedoso de esta ópera es la utilización del recitativo melódico, jugando con el fraseo y la acentuación de la lengua francesa, pero, en contra de lo que a veces se le achaca, con una gran flexibilidad y variedad. No estamos ante una salmodia o recitativo cansino e igual, sino ante una variedad de giros melódicos muy sutiles, que se adaptan al discurso dramático. Los personajes cantan como «personas naturales y no como ejecutores de una tradición belcantista», escribió Debussy.

La utilización dramática del silencio orquestal, la flexibilidad e indefinición armónica, sin contornos y apenas sin cadencias delimitadas, la delicadeza en la utilización envolvente del coro, que canta fuera de la escena son esos recursos a los que alude Debussy. Y, entre ellos, de una manera muy señalada destaca la sonoridad orquestal, fluctuante, atenta a esbozar los matices más fugitivos, más íntimos de los personajes, como a subrayar el vigor dramático intenso, cortante, de algunas escenas. Sin duda, hay una luz crepuscular que parece inundar de melancolía el melodrama, pero, con los oídos de los nietos del siglo XX, vemos que esa luz no es monótona, sino que ilumina un mundo variado de emociones y sugerencias creado por Debussy.

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