La plenitud heroica

Béla Perencz ('El caminante') y Agnes Zwierko (Erda), en uno de los ensayos generales previos al estreno en el Campoamor. / PABLO LORENZANA
Béla Perencz ('El caminante') y Agnes Zwierko (Erda), en uno de los ensayos generales previos al estreno en el Campoamor. / PABLO LORENZANA

Ópera de Oviedo estrena el miércoles 'Sigfrido', el tercer título de 'El anillo del nibelungo', en el Teatro Campoamor La obra reunirá, en aras de la fidelidad a la original densidad y plantilla orquestal wagneriana, a la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias y Oviedo Filarmonía

RAMÓN AVELLO

Oviedo vive cada dos años su reencuentro puntual con los dramas musicales de la tetralogía wagneriana, la monumental cosmovisión mitológica cuajada de simbolismos. La voluntad de poder, la ambición como pecado original, la lucha entre el bien y el mal, el amor como fuerza redentora de la humanidad, la lealtad a los pactos y leyes que obligan hasta a los propios dioses y que por su incumplimiento se desencadena la tragedia son algunas de las líneas maestras condensadas en las cuatro óperas -un prólogo y tres jornadas- de 'El anillo del nibelungo'.

En septiembre de 2013, se representó en el Campoamor 'El oro del Rin'. Aquella fue la primera vez que se utilizó en el teatro ovetense el vídeo mapping, la proyección de imágenes sobre superficies, creando efectos envolventes, tridimensionales y de movimiento. En el 2015, subió al escenario ovetense 'La valkiria', primera de las jornadas de la tetralogía, que terminaba con Brunilda, la hija díscola de Wotan, encerrada en un círculo de fuego. Los próximos días 6, 9, 13 y 16 de septiembre, a las 19 horas, se interpretará en el Campoamor 'Sigfrido' (Sigfried), segunda jornada de la tetralogía que cuenta las hazañas juveniles del héroe wagneriano por antonomasia, en producción propia de la Ópera de Oviedo.

PRINCIPALES CANTANTES

De la sombra a la luz
Wagner divide 'El anillo del nibelungo' en un prólogo y tres jornadas. 'Sigfrido', la segunda de estas, se estructura en tres actos. El primero, con apenas intención dramática y de una dialogante lentitud expositiva. El segundo sería el de las hazañas del joven héroe y contiene bellas estampas sonoras de la naturaleza. Para el final del tercer acto, Wagner reserva la proyección lírica y expresiva de la obra, con el despertar luminoso, la resistencia y la entrega de Brunilda a Sigfrido.
Declamaciones sobre 'leitmotivs'
Una peculiaridad de Sigfrido es la presencia constante de la declamación vocal. Es la ópera en la que más se recita. Salvo el canto estrófico de la forja de la espada, y los sublimes dúos místicos y amorosos de la segunda escena del tercer acto, la declamación predomina en la línea vocal. Este 'parlato' se apoya en sesenta 'leitmotivs' orquestales -motivos musicales que se asocian y simbolizan una idea o un personaje-, señalados en la partitura, que se entretejen en un desarrollo sinfónico continuado.
Panteísmo sonoro
Pese a ser la ópera más abstracta de la tetralogía, la orquesta de Sigfrido posee un sentido pictórico, descriptivo muy concreto. Murmullos del bosque, escenas de caza, canto del pájaro y juegos exaltados de dinámicas confieren a la orquesta un sentido de la totalidad dramática y un protagonismo esencial.
Mikhail Vekua (Sigfrido)
El tenor ruso encarna al personaje clave de la ópera. Este papel requiere una vocalidad eminentemente wagneriana, denominada tenor heroico. Registro medio sólido, con un brillo similar al barítono, potencia en la emisión, amplia tesitura -del do2 al do4-, pero junto a la fuerza y resistencia -de las algo menos de cuatro horas de la representación, casi tres está en escena- también necesita, para el último acto, noble lirismo y ductilidad expresiva.
Maribel Ortega (Brunilda)
Es la valquiria, la hija preferida de Wotan, condenada a dormir en el centro de un círculo de fuego. Tía de Sigfrido, quien proyecta sobre ella cierta añoranza maternal unida al arrebato amoroso. Papel para soprano dramática, solo actúa en la última escena de la obra y, sin embargo, da luz a toda la ópera. El despertar de Brunilda, en el que Sigfrido describe lo que es el miedo, y el dúo idílico de amor, son cumbres de la música de Wagner.
Béla Perencz ('El caminante')
Interpreta a Wotan en la versión romántica del caminante que observa, pasa y, a la manera schubertiana, se resigna a su destino. Papel para bajo o barítono, requiere potencia, tesitura cómoda en todos los registros y resistencia.
Johannes Chum (Mime)
Hermano de Alberico . Es el ambicioso tutor de Sigfrido, al que educa para conseguir el tesoro de los nibelungos. Papel para tenor cómico, requiere agilidad vocal y sobre todo escénica.

Musicalmente, la versión de 'Sigfrido' reúne, en aras de la fidelidad a la original densidad y plantilla orquestal wagneriana, a las dos agrupaciones asturianas profesionales: la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA) y Oviedo Filarmonía (Ofil), dirigidas por Guillermo García Calvo, familiarizado y querido por las dos orquestas. El director madrileño afincado en Viena es un gran maestro wagneriano. En Oviedo, además de las versiones anteriores, condujo una memorable 'Tristán e Isolda'. Como director de escena, en una versión que se anuncia semiescenificada, es decir con dramatización y movimiento de los personajes pero sin atrezzo -decorados, vestuario y otros elementos propios para la representación- estará Carlos Wagner. El escenógrafo venezolano se dio a conocer en Oviedo por su versión de 'El Duque de Alba', de Donizetti. Carlos Wagner estará apoyado por las proyecciones en vídeo mapping elaboradas y seleccionadas por Fausto Morales.

El reparto vocal de 'Sigfrido' estará encabezado por Mikhail Vekua. En Oviedo hemos escuchado a este tenor ruso no en las temporadas de ópera, sino en los Conciertos del Auditorio, en la versión para concierto de 'La valkiria' -Vekua cantaba el papel de Sigmundo, el padre de Sigfrido- interpretada por la Orquesta del Teatro Mariinsky, de San Petesburgo. El papel de Wotan, caracterizado en esta jornada como 'El caminante', lo interpretará el barítono húngaro Béla Perencz. Maribel Ortega interpreta a Brunilda, la valkiria hija de Wotan y amante de Sigfrido, que ilumina la última escena de la ópera. La soprano jerezana fue una de las valkirias en la producción ovetense de esta ópera, y la hemos escuchado, siempre con solidez y belleza vocal, en papeles secundarios de 'Nabucco' y otras óperas de la temporada de Oviedo. Agnes Zwierko, la contralto que cantó en Oviedo el papel de Kabanicha, de la ópera 'Katia Kabanova', de Janacek, interpretará a Erda, diosa de la tierra. Finalmente Johannes Chun (Mine), Andrea Mastroni (Fafner), Zoltan Nagy (Alberico) y Alicia Amo (voz del pájaro), completan el elenco de cantantres.

Sigfrido como eje

De las óperas de 'El anillo del nibelungo', Sigfrido ocupa una posición central. La ópera mira hacia atrás, hacia el mundo precedente de 'Las valkirias', y por otra parte se abre hacia el destino fatídico e inexorable de 'El ocaso de los dioses'. Sigfrido, hijo de los amores incestuosos de Sigmundo y Siglinda, educado por el ambicioso nibelungo Mine, no conoce el miedo. El joven héroe forja y recompone la espada de su padre, con la que mata a Fatner, el gigante convertido en dragón, apoderándose del tesoro. Como un buen 'boy scout', Sigfrido entiende las señales de la naturaleza y el lenguaje de las aves. Guiado por un pájaro, llegará a la peña en donde duerme Brunilda sin que nada le detenga: ni el viejo y decadente Wotan, en el ocaso de su poder, ni los círculos de fuego. Con Brunilda aprenderá lo que es el miedo y sentirá lo que es el amor.

Todo esto se estructura dramática en tres actos muy individualizados y diferentes. El primero, largo y denso y apenas sin tensión dramática salvo en la sonoridad siniestra y angustiosa de la orquesta, predomina el recitativo dialogante; las largas peroratas explicativas de Wotan, encarnado en el caminante romántico que ve cómo se resquebraja su poder, y del viejo y ambicioso Mine. El segundo, inmerso en la foresta representa las hazañas de Sigfrido; su triunfo sobre oscuras fuerzas simbolizadas por Fatner y Mine. En el tercer acto, dramática y musicalmente el más compacto y mejor construido, es la plenitud lírica con la consumación final del amor.

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