El Comercio

La ciudadela de Capua se revitaliza

 Viviendas del patio grande, a mediados de los 80.
Viviendas del patio grande, a mediados de los 80. / S. CHAMORRO
  • Necesitan testimonios, fotos e incluso objetos para equipar una de las casas con elementos cotidianos de los años cuarenta y cincuenta

  • Los responsables del museo piden ayuda a los gijoneses para recrear una vivienda

Es un reducto del pasado industrial y social de Gijón que queda oculto a los ojos de los viandantes. Pero durante casi un siglo fue el hogar de miles de gijoneses. La ciudadela de Celestino González Solar, constructor que la materializó, es más conocida por el nombre de la calle donde se sitúa, Capua. «Hasta llegar a los años setenta, tener una casa en propiedad era un sueño», explica Nuria Vila, historiadora y documentalista del Museo del Ferrocarril de Asturias. Ella es la encargada de revitalizar estas instalaciones, convertidas en espacio museístico en 2003.

Desde que la gestión de la ciudadela cambiara de manos -del Pueblu d'Asturies al Museo del Ferrocarril- el pasado mes de marzo, los esfuerzos se centran en impulsarla. «La idea es difundirla mucho, pero lo primero es adecentarla», indica Vila. Su estado de conservación no era el óptimo. El elevado nivel de humedad del emplazamiento, al que apenas llegan los rayos del sol, no ayuda en absoluto. Para ello, desde hace un mes, operarios del Plan de Empleos se afanan en adecuar las construcciones. Hasta el momento, han pintado muros, arreglado el pavimento para mejorar la accesibilidad y retirado la abundante vegetación que cubre los tejados de las casas.

Recoger testimonios

Precisamente, los trabajadores han tenido que intensificar esta última tarea porque los helechos siguen abriéndose paso entre las cubiertas. Estos días, se encuentran retirando las tejas para hallar la raíz del problema. Pero no solo cambiará el aspecto exterior de la ciudadela de Capua. También lo hará el interior. De hecho, la intención del Museo del Ferrocarril es amueblar una de las casas al estilo de los años cuarenta o cincuenta. «Elegimos esa época porque es de la que más datos tenemos», apunta Vila.

Pero no son suficientes. «No hay planos de las viviendas originales y mucho menos documentos para saber cómo era el interior», expone. Por eso, Vila hace un llamamiento a las personas que hayan vivido en la ciudadela o que posean documentación relativa a la vida en ese lugar, bien sea escrita o fotográfica. De esta manera, la recreación del interior de la vivienda sería más fidedigna. «Queremos recuperar los testimonios porque la memoria social son ellos. Necesitamos fotos, recuerdos y hasta la pota de cocinar si la tienen», señala la historiadora. Las personas que quieran hacer su aportación al proyecto pueden contactar con el Museo del Ferrocarril en el teléfono 985.187777 y en la dirección de correo electrónico museoferrocarril@gijon.

Nuria Vila ya se ocupó de dotar de contenidos a la ciudadela de Capua cuando abrió sus puertas como museo. Pero ahora la orientación es diferente. Esta actuación está dentro del programa de recuperación de la memoria social de la ciudad. «Estamos apostando por la cultura del trabajo y de los trabajadores. Se sabe mucho de los grandes magnates y muy poco de la vida de la gente de a pie, que era el 95% de la población», explica el director del Museo del Ferrocarril, Javier Fernández.

Programa de actividades

Cuando se gestó la idea de abrir la ciudadela como museo, el Ayuntamiento decidió encargar su gestión al Pueblu d'Asturies. «Porque se planteó como espacio etnográfico, pero ahora está más vinculado a la Revolución Industrial», argumenta la historiadora que coordina el proyecto. La idea es diseñar un programa de actividades anuales para la ciudadela, que giren en torno a la vivienda, el urbanismo, la industria, las formas de vida... El pasado marzo, ya se adecuó una de las ocho casas reconstruidas -las originales se derribaron en los noventa por motivos de salubridad, ya que habían sido okupadas- para acoger una exposición temporal de la Universidad de Oviedo. Las obras de mejora está previsto que se prolonguen hasta febrero o marzo. Después, ya se podrá instalar una muestra permanente sobre las ciudadelas en Gijón, además de otras provisionales que traten temáticas similares.

Respecto a la recreación del interior de una vivienda, el calendario que manejan los responsables del Museo del Ferrocarril para su apertura es «primavera o verano». Aunque se están desarrollando trabajos de rehabilitación, los ciudadanos pueden visitar la ciudadela sin problema, salvo algún cierre por cuestiones de seguridad, explica Vila. Sus responsables quieren acercar este rincón del barrio de La Arena a los gijoneses. En este espacio rodeado de edificios, llegaron a vivir hasta un centenar de ciudadanos al mismo tiempo. «Residían una media de cinco personas por casa, con unas dimensiones de 32 metros cuadrados aproximadamente», apunta la historiadora.

Su origen se fundamenta en la «grandísima necesidad de vivienda que había en un Gijón en crecimiento por la industria». Los trabajadores procedían, en su mayoría, de las parroquias rurales del municipio, por lo que precisaban de un techo bajo el que vivir en el casco urbano. Celestino González Solar, un indiano que invirtió el capital acumulado en Cuba para edificar la ciudadela que lleva su nombre. Veintitrés casas que acogieron a familias pertenecientes a la clase obrera en régimen de alquiler. Aunque en el censo municipal se inscribían como jornaleros, «abarcaban numerosos oficios» relacionadas con la industria. Como los encargados de dar los datos familiares para el padrón eran los hombres, no solían comunicar que sus mujeres trabajaban «porque estaba mal visto». Pero lo hacían. «Fregaban, cosían para otras personas, eran lavanderas... Incluso, había algunas cigarreras, pero ellas sí decían cuál era su oficio», afirma.

Éxodo en los setenta

Los últimos inquilinos se marcharon de la ciudadela a mediados de los setenta, pero el éxodo comenzó a finales de la década anterior. Las viviendas obreras de El Llano y Pumarín resultaban más atractivas que las modestas instalaciones de Capua, en la que hasta los baños, que estaban en el patio, eran compartidos. Otros vecinos decidieron probar suerte al otro lado de la frontera. Holanda, Bélgica y Francia fueron los destinos más habituales.

Aunque un constructor local se había hecho con la propiedad de las viviendas, la ciudadela sobrevivió a los expedientes de expropiación gracias a los gijoneses. El clamor popular para mantener el martillo de Capua permitió conservar este trozo de la memoria social de la villa de Jovellanos hasta nuestros días.