«Es el vínculo entre mi vida, mi familia y la ópera»

Su abuelo tuvo un bar en la esquina de la actual Biblioteca de Asturias.
Su abuelo tuvo un bar en la esquina de la actual Biblioteca de Asturias. / Alex Piña
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  • Javier Menéndez Álvarez tiene en la biblioteca de El Fontán su rincón de Oviedo

Javier Menéndez llega al que ha escogido como su rincón, la biblioteca de El Fontán, con un ejemplar de la primera edición de 'El libro Victrola de la ópera' para explicar los motivos de la elección. El texto era de su abuelo, Edelmiro Álvarez. Lo compró nada más regresar de Cuba, donde estuvo «cuatro o cinco años» atraído por la marcha de dos de sus hermanos. Uno de ellos fue a trabajar con una adinerada familia de Noreña que tenía un palco en el Metropolitan de Nueva York. Una circunstancia que permitió a Edelmiro ver y escuchar a Enrico Caruso. Quizá fue ahí cuando comenzó su amor por la ópera; su nieto lo desconoce

Sí le sirvió, en cambio, para que muchos se acercaran al bar que abrió a su regreso de las américas en la plaza Daoíz y Velarde, junto al antiguo teatro de El Fontán, a escuchar sus aventuras operísticas y a charlar sobre las que sucedían en la ciudad. También para que el Ayuntamiento le pidiera el libro editado en Estados Unidos para elaborar los programas para la ópera, utilizando los argumentos que incluye sobre obras «que responden a las representaciones que tradicionalmente se hicieron en Oviedo».

Son los motivos relatados por el director artístico de la Fundación Ópera de Oviedo para elegir este como el lugar más especial de la ciudad, amén del teatro Campoamor. Porque «es un vínculo entre mi vida profesional, la historia de mi familia y la historia operística de la ciudad», explica mientras mira el libro que ha recuperado de la biblioteca familiar.

La vinculación de los Álvarez con la música puede que se iniciara de forma «instintiva», porque a Edelmiro le gustaba cantar y tenía «voz de tenor». Desde luego a Menéndez le llegó «heredada». Con sus padres fue a la ópera desde pequeño, con más o menos devoción por lo que sucedía en el escenario porque una de las cosas que más le entusiasmaban de niño era subir a la terraza del Campoamor. Lo que ocurría en la tablas, sin embargo, le atrajo más tarde.

Este ovetense, nacido en 1972, estudió Económicas y después Musicología. Ahí conoció a Luis Iberni y decidió cursar un máster en Gestión Cultural en Madrid. Entre tanto, aprendió algo de canto, aunque nunca «tuve claro si era barítono o tenor» bromea, y tuvo claro que él no estaba hecho para ser artista.

Durante los estudios, un periodo de prácticas le correspondía realizarlo en el Liceo de Barcelona, pero en lugar de una beca le ofrecieron un contrato y comenzó así su andadura profesional. Fue donde conoció a Joan Matabosch, entonces director artístico del teatro barcelonés y actual responsable del Real de Madrid, una de las personas que «han marcado» su carrera junto a Iberni y al agente Miguel Lerín.

De Barcelona volvió a Oviedo en 2003 y se quedó. Desde entonces, dice que el principal cambio de la ópera fue su «profesionalización», que comenzó con su llegada, y permitió a la temporada convertirse en una de las más destacadas del país. La crisis obligó a la fundación a adaptarse con menos recursos públicos y patrocinios privados, «eligiendo buenos títulos, buscando coproducciones con otros teatros, reutilizando producciones propias e implicándose todos, artistas y personal de la casa», agradece este hombre que piensa que «lo peor ya ha pasado» y se ríe cuando se le pide un balance de la temporada que acaba de terminar. «Nunca creo que vuelva a pasar algo así», dice en referencia a los cinco tenores para el papel de Sansón.

Pasado el trago, una anécdota que añadir a su trayectoria y la historia operística de la ciudad, como este rincón.