El Comercio

«¡Mira qué violín tan grande!»

Omar Navarro, batuta en mano, dirige a sus músicos ante la espectación de los pequeños.
Omar Navarro, batuta en mano, dirige a sus músicos ante la espectación de los pequeños. / ALEX PIÑA
  • El colegio Ángel González convierte el comedor en un escenario para Oviedo Filarmonía

  • La orquesta acerca la música clásica a los alumnos de Infantil y Primaria del centro escolar de La Corredoria

Dana Michelle Fernández contemplaba con sorpresa uno de los instrumentos que conforman la orquesta Oviedo Filarmonía, que ayer ofreció un concierto en el colegio público Poeta Ángel González de La Corredoria. «¡Mira qué violín tan grande!», exclamó la pequeña mientras sonaba un melodioso Tchaikovsky. El instrumento era grande, sí, pero no era un violín sino un contrabajo. La pequeña de seis años aprendió esto y mucho más. Aprendió que la música puede ser alegre y triste, rápida o lenta, que hay instrumentos que suenan gracias al aire, otros por el roce de sus cuerdas y que en un concierto siempre, siempre hay que guardar silencio.

De esto último, los alumnos de tercero de Educación Infantil y Primero de Primaria del Ángel González ya iban más que advertidos mucho antes de que comenzase el concierto. Los «schiissssssssss» de las profesoras ya aventuraban que esta onomatopeya iba a ser uno de los sonidos más escuchados durante el concierto. Lo fue pero no porque los pequeños no disfrutasen de la música sino porque debían escuchar para aprender. Saber, por ejemplo, por qué el violín suena así o por qué el director de la orquesta mueve sus brazos y manos sin parar.

Las preguntas que se hicieron los escolares cumplieron con el primer objetivo marcado por Oviedo Filarmonía. «El fin es acercar la música clásica a los más pequeños», explicó Omar Navarro, director de la formación. Para ello, la orquesta de la ciudad ofrece, todos los años, una serie de conciertos en los centros escolares del municipio dentro de su programación escolar. «Es el pilar de la orquesta», afirmó su director.

Lo es porque «igual sale algún músico de aquí», aventuró Omar Navarro, porque el objetivo es «lograr afición a la música». Este segundo objetivo se alcanzó también ayer en el comedor del centro escolar del colegio Ángel González, reconvertido en teatro y escenario perfecto para el concierto. «La música me hace imaginar a animales corriendo por la ciudad», esto es lo que inspiró la Serenata para Vientos de Dvorak a Mateo Rodríguez. A su compañero Jesús García el sonido de las flautas le llevó hasta Brasil, no se sabe cómo, puesto que la melodía estaba muy lejos de la salsa carioca. Todo muy respetable porque la imaginación de los niños es sagrada y si encima se adereza con música, más.

Menos despistados estuvieron cuando sonaron las primeras notas de Tchaikovsky: «Es un vals como el que bailé en una boda», acertó de pleno Leyre Álvarez. Se cumplió así un tercer objetivo: identificar las melodías.

El resultado no pudo ser mejor. «Le ponemos un súper sobresaliente», aseguró Dana Michelle Fernández al término del concierto. «Hay que romper con el prejuicio de que la música clásica es algo técnico. No hay que analizar cada pieza que suena», matizó Omar Navarro, quien con su batuta dirigió a los treinta músicos, «una versión reducida de la orquesta», para seducir los oídos de los más pequeños que se dejaron llevar e impresionar por el «violín gigante».

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