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«¿Cómo es posible que un profesor no sepa que hay maltrato en su clase?»

GIJÓN

«¿Cómo es posible que un profesor no sepa que hay maltrato en su clase?»

24.04.13 - 00:27 -
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«¿Cómo es posible que un profesor no sepa que hay maltrato en su clase?»
El primer Defensor del Menor en España, Javier Urra. :: TANIA

El último caso ha ocurrido en Vigo. Ayer mismo, la madre de un menor que lleva más de un mes sin ir al colegio tras ser agredido por un compañero rechazó que lo ocurrido sea «un hecho aislado» y criticó al centro educativo por la «desatención» que, a su juicio, ha tenido con su hijo, que fue golpeado en los genitales. «Y son casos cada vez más virulentos», defiende Javier Urra (Estella, Navarra, 1957), quien fue el primer Defensor del Menor en España. Doctor en Psicología, ejerció durante más de tres décadas como psicólogo forense en la Fiscalía del Tribunal Superior de Madrid, además de impartir clases de Ética y Deontología en la Universidad Complutense y ser autor de numerosa bibliografía sobre la materia.

-¿Qué es lo que caracteriza al acoso escolar o 'bullying'?

-La continuidad y la vejación. Y, luego, hay que tener en cuenta que, para un chaval en determinadas edades, para un adolescente o preadolescente entre los 12 y los 15 años, el grupo de iguales es esencial. Mucho más que su familia. Porque no tiene otros grupos de referencia. Y sabe que, cada lunes, semana tras semana, empieza para él o ella un auténtico martirio.

-¿El 'caso Jokin', el chaval que se quitó la vida en Hondarribia en 2004, supuso un antes y un después a la hora de visibilizar este problema tan sangrante?

-Sí. Ahora bien, ¿se puede asociar el acoso al suicidio? Pues no es fácil demostrarlo judicialmente, porque, además, la gente va a decir: tenía que haber otras características personales, tenía algún otro problema, estaba deprimido. Pero, para un chico o una chica, el que otros lo machaquen, lo masacren, lo vejen, se rían de él y lo ridiculicen, ¿puede llegar a comprometer su futuro? La respuesta es sí. ¿Yo, Javier Urra, aseguro que hay niños a los que la vida se les oscurece hasta tal punto que no tiene razón de ser por el maltrato? La respuesta es sí. He conocido a chicos que me han contado lo que les pasa y es brutal.

-¿A cuántos menores afecta?

-Se calcula que a un 3%. Todos los estudios coinciden en esa cifra. Lo que ocurre es que el acoso ahora no tiene nada que ver con mi época. Antes nos pegábamos, pero el grupo intentaba separar a los que se pegaban, había una cierta ética. Hoy no. Hoy, muchas veces, hay dos chicos que acosan, uno que sufre y el resto se pone a favor del agresor porque les da miedo. No vaya a ser que les sacudan a ellos también. Así, la víctima se queda absolutamente sola. ¿Y qué va a hacer? ¿Contárselo al profesor, a sus padres? No, porque entonces es un chivato y todo se va a poner todavía más en su contra. Se quedan sin enganches.

-¿Tienen los centros y el profesorado recursos suficientes para luchar contra el maltrato?

-Hay que decir que un verdadero profesor tiene que captar que hay acoso en su clase. Yo voy a colegios e institutos y, en diez minutos, sé quién es el agresor y quién la víctima. El que te pone la zancadilla para que te tropieces y el que se lleva todas las collejas. ¿Cómo es posible que el docente no lo sepa? Ahora: el profesor tiene que ser valiente, ser un líder e imponer su autoridad. Tiene que saber si hay maltrato y tiene que ponerle freno. Tiene que trabajar con el grupo y educar a sus alumnos para que sean capaces de sentir el dolor de los otros, para que sean sensibles y tengan empatía.

-¿Qué pasa con los padres y las madres de los menores acosados?

-Es más difícil que se den cuenta. Tal vez se pueden percatar de que su hijo nunca recibe una llama de los amigos del cole, de que el niño tiene miedo, de que el domingo por la noche o el lunes por la mañana vomita, de que empieza a somatizar, de que se empieza a encontrar francamente mal. Eso es propio de un chaval que, por alguna circunstancia extraña, no quiere ir al colegio. Y luego pude pasar que, una vez denunciado ante el profesor y el tutor, ante la dirección del centro, no pase nada y lleven al caso a la Fiscalía a la vez que lo cambian de colegio y de ciudad. Y es terrible que la víctima, al final, sea la que se tenga que ir. Es doblemente víctima.

-¿Hay, entonces, un perfil claro de víctimas y verdugos?

-Sí. Suele estar claro quién es el agresor, aunque, en el caso de la víctima, los perfiles son más variados. Es acosado porque le gusta tocar un instrumento musical en lugar de jugar al fútbol o porque tiene una orientación sexual diferente. En el fondo, es distinto al resto. En cambio, el agresor suele ser alguien que tiene problemas personales y saca malas notas. Su única forma de darse a valer, ya que no es querido, es ser respetado. Se hace respetar. Suelen ser fuertes y escogen como víctimas a personas que, por sus características, saben que no les van a hacer frente, que huyen de enfrentamientos, que no saben defenderse. Ahora bien: eso no le haces culpables de ninguna manera.

«Fueron los otros»

-¿Qué hacer?

-A la víctimas hay que darles alguna herramienta, alguna forma de salir adelante. Pero los adultos no alcanzamos a captar todo el dolor que sufren. Es muy terrible para un chico o una chica ser ridiculizado por sus iguales, por veinte como él.

-¿Qué acoso es el más frecuente?

-El emocional. Por ejemplo, vi un caso terrible. Era una clase de niñas en la que el acoso era muy sencillo: no se podía hablar con una de ellas. Y, cuando ella se dirigiese a cualquiera, había que volver la cabeza y no hacerle caso. A esa edad es tremendo que nadie te quiera hablar, sentir que todo el mundo te desprecia. Yo no sé si nos hacemos del todo a la idea. En cuanto al acoso físico, también conlleva acoso emocional.

-Y todo eso, amplificado por la potencia de las redes sociales.

-Totalmente de acuerdo. Antes, se enteraban doce. Ahora, se enteran 12.000 y, si quieres, eso queda colgado en internet para el resto de su vida. El ataque a la intimidad y a la dignidad es gravísimo. Hay que acotar los límites legales aún más y, sobre todo, los compañeros se deben poner del lado de la víctima, porque, si no, vamos a tener siempre una sociedad cobarde. Aunque, legalmente, es difícil perseguir al grupo y las familias de los acosadores dudan y tienden a difuminar la responsabilidad de sus hijos en ese grupo con un '¿cómo va a haber hecho mi hijo eso? Mi hijo no. Fueron los otros'.

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