Putin pierde músculo en su pulso con Occidente

Putin, con Merkel detrás. /
Putin, con Merkel detrás.

La intervención en Ucrania y la inesperada caída del precio del petróleo hipotecan la economía rusa

MIGUEL SALVATIERRAMadrid

El presidente ruso, Vladímir Putin, tiene muchas papeletas para ser considerado el personaje internacional de 2014, aunque sus méritos no sean precisamente admirables. Gracias a él, la guerra ha vuelto a Europa, aunque sea en los confines del Este, y Rusia acaba el año en medio de una tormenta económica que pronto comenzará a sentir su población.

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Putin es el artífice de una nueva Guerra Fría entre Rusia y los países occidentales a los que el líder del Kremlin ha acusado directamente de buscar la ruina del país y de desear que se desmembre como Yugoslavia. La confrontación, pese a la vaselina diplomática, es un hecho y la canciller alemana, Angela Merkel, ya ha advertido del riesgo de un incendio que no se limite a Ucrania. En concreto, la mandataria ha apuntado a Moldavia, Georgia y Serbia.

Las comparaciones son odiosas, pero la historia europea enseña a no infravalorar a dirigentes megalómanos y, mucho menos, si dirigen una potencia nuclear. De ahí que, pese a las lógicas resistencias, la Unión Europea recurriera a una sanciones económicas que al final van a tener mayor efecto del previsto. La caída de los precios del petróleo ha acabado por precipitar una crisis económica que ya empezó a gestarse con la escalada bélica en Crimea. El rublo ha acusado el golpe con una acelerada devaluación y las autoridades rusas ya hablan de un PIB negativo para 2015 (-0.8). La inflación también se deja notar y aunque de momento no hay escasez, los precios se han disparado.

La sangría económica que supone asimilar Crimea y apoyar a los independentistas de Ucrania va a suponer para Putin una factura mucho más elevada de lo que preveía y, lo que es peor, no sabe cuándo acabará de pagarla. A Rusia le va a costar más caro tener vetado su acceso a los mercados financieros internacionales que a los europeos las restricciones a sus productos alimenticios.

En medio de estas turbulencias, el respaldo al presidente se mantiene, al menos hasta ahora. A raíz del conflicto de Ucrania, la popularidad de Putin alcanzó el pasado mayo el 85,9%, su máximo en los últimos seis años. Sin embargo, el futuro que se vislumbra para el mandatario ruso es muy poco halagüeño. El exagente del KGB tiene ante sí lo que ya se califica de tormenta económica perfecta y no parece que la población encaje bien volver a unos sacrificios que ya se creían superados.

Hasta ahora, tampoco se percibe señal alguna de divisiones internas en el monolítico sistema de poder construido por Putin. La propaganda se está empleando a fondo en culpar a Occidente de la crisis y Estados Unidos vuelve a ser el enemigo número uno. Moscú no muestra el menor indicio de aflojar su presión sobre Ucrania y se ha embarcado en una amplia ofensiva de relaciones públicas y económicas con Asia, especialmente con China e India. Putin se ve capaz de capear el temporal y solo ve, en el peor de los casos, dos años de dificultades. Sin embargo, el mandatario ruso siempre ha navegado a favor de la corriente y ahora su capacidad de gestor va a ser puesta a prueba por unos problemas económicos que pueden debilitar el apoyo de las clases menos pudientes sobre las que Putin ha afianzado su popularidad. En estas difíciles circunstancias, existe el temor de que Putin, en vez de poner orden en casa, opte por una huida hacia adelante y dé la razón a Merkel con una nueva aventura exterior o una extensión del conflicto en Ucrania, provocando una mayor tensión con Occidente.

 

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