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«Nadie deja su tierra si puede evitarlo»

Pablo García posa en Budapest con el río al fondo./
Pablo García posa en Budapest con el río al fondo.

Pablo García vive desde marzo de 2017 en Budapest con su novia húngara | Después de seis años en Chile ejerciendo como geólogo en el desierto de Atacama, volvió a Europa y ahora trabaja en el sector de la informática

M. F. ANTUÑA

Pablo García González (Oviedo, 1980) hace ya muchos años que dejó Asturias. Licenciado en Geología por la Universidad de Oviedo en 2008, trabajó un par de años en Sevilla y en 2011 se lio la manta a la cabeza y se fue a Chile. Allí, por fin, logró ejercer su profesión en proyectos de minería en el desierto de Atacama, allí vivió durante seis años, y allí también conoció a Veronika, una húngara con la que volvió a cruzar el charco en dirección contraria. «Ambos estábamos cansados de la vida en Chile y en diciembre de 2016 nos volvimos a Europa», relata. El plan fue el siguiente: ella buscó trabajo en Hungría y él en España; ella en un mes dio con un puesto de contable y él hizo las maletas y se fue a Budapest. «En menos de un mes estaba trabajando sin hablar húngaro». Eso sí, en lo profesional tomó un rumbo diferente: trabaja en una compañía internacional que ofrece soporte informático a empresas.

«El problema en cuanto al trabajo en Hungría es principalmente el idioma y los sueldos. Si bien la vida en general es más barata que en España, en comparación los sueldos son bastante bajos, incluso para posiciones especializadas», apunta Pablo García. Es consciente de que en su oficio el idioma puede ser una barrera insalvable: «Para una profesión tan específica como geólogo, sin hablar húngaro yo diría que es casi imposible encontrar un trabajo», explica. Y añade que la lengua no se aprende en un periquete: las 14 diferentes vocales y 26 consonantes no lo ponen fácil; la enrevesada forma de construir las frases, tampoco. Queda dicho lo malo en el plano laboral. Lo bueno: «En Hungría hay cada vez más compañías extranjeras en diferentes sectores en los cuales es relativamente fácil obtener una oportunidad de trabajo solamente hablando inglés fluido».

En el ámbito personal, la calidad de vida es buena, Budapest es una ciudad hermosa, el transporte funciona bien y no es excesivamente cara. «En el plano cultural siempre hay algo que poder hacer: museos, teatro, ópera, sus famosos baños termales...». Y no falta la fiesta. Incluso, demasiada y desproporcionada en algunos momentos: se están poniendo de moda las despedidas de soltero.

«Algo bueno de Hungría también es la cercanía con otros países, que te permiten conocer muchos sitios diferentes a relativamente poca distancia, como Austria, República Checa, Eslovaquia, Rumanía, Eslovenia, Croacia, Italia...». Tampoco se come mal, pero para un asturiano nunca es suficiente. Es difícil encontrar pescado que no sea de agua dulce y la carne no es ni por asomo ternera asturiana. «Echo de menos el pescado y el marisco y un buen cocido de berzas de mi madre o de mi güela, una empanada casera, un buen bollu preñau». La gastronomía se añora tanto como los pequeños detalles que se aprecian en la distancia. Por ejemplo: «Salir a tomar el vermú con los amigos un sábado o domingo antes de comer, poder pedirte unas tapitas, unas simples patatas fritas de bolsa o unas aceitunas. Puedes hacer cosas similares en cualquier parte del mundo, pero nunca es igual el ambiente». Y a lo dicho hay que añadir los paisajes, el Oviedín, el Tartiere, el olor de las castañas asadas en el paseo de los Álamos, los merenderos...

Pero, por el momento, no hay queja. Los húngaros tienen un buen concepto de los españoles, aunque a veces muy vinculado a los tópicos, y le han recibido bien. Y, en estos tiempos, ya es mucho decir. Por eso, desde Budapest pide un poco de compresión hacia quienes llegan a España: «La gente que emigra lo hace porque no tiene otro remedio, casi nadie quiere abandonar su tierra si puede evitarlo, ya sea por guerras, trabajo o la razón que sea. Por propia experiencia, por suerte no me ha ocurrido muchas veces y solamente en Chile, no en Hungría, no es nada agradable que solo porque vengas de un país determinado te hagan comentarios despectivos y humillantes. Uno no elige dónde nace. Ayudémonos un poco más entre todos, tratemos de ponernos más en la piel del otro antes de hablar».

Para nadie es fácil vivir lejos de casa, y eso que la tecnología y los aviones hacen que las cosas ya no sean como las vivieron aquellos que hacían largas travesías en barco y se comunicaban por carta. «Somos emigrantes de lujo comparados con ellos, viajando en avión casi hasta la otra punta del mundo en el mismo día y pudiendo ver a la familia en tiempo real con las tecnologías de que disponemos». Aún así, volver siempre está en la mente. Es su intención. Pero no lo ve fácil y no está en su mano: «Queridos gobernantes, nosotros emigramos porque ustedes no nos permiten vivir en nuestra tierra decentemente».

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