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«Encontrar vivienda es una pesadilla»

Jesús, con Alba en brazos, junto a Lucas y Verónica./
Jesús, con Alba en brazos, junto a Lucas y Verónica.

Verónica Álvarez y Jesús García viven en Holanda desde hace siete años | Fueron para tres meses y ahora tienen trabajo fijo, una hipoteca y dos hijos, nacidos en Gijón, que van camino de ser bilingües

M. F. ANTUÑA

Como quien no quiere la cosa han pasado siete años. Y entre medias, una boda, dos niños, dos trabajos fijos, una hipoteca... Verónica Álvarez (1981) y Jesús García (1972), gijoneses ambos, llegaron a Holanda para tres meses y allí siguen. Él era autónomo en España y tenía una empresa golpeada por la crisis; ella, licenciada en Administración y Dirección de Empresas, estaba en el paro. A él le salió un trabajo en el puerto de Rotterdam; ella decidió acompañarle, y hasta hoy. «El trabajo era para tres meses, pero se alargó diez. Yo entretanto me puse a ver si encontraba algo, con poca esperanza porque no hablamos holandés, pero cuando a él se le acabó el contrato yo empecé a trabajar», relata Verónica Álvarez.

Al final, se quedaron. Y tras esos primeros trabajos vinieron otros. Y tras su primera casa en Rotterdam, vino la mudanza a Haarlem, donde viven ahora, aunque ambos trabajan en Hoofddorp. «Aquí se encuentra trabajo, así que como al año siguiente nos casamos, luego llegó Lucas y la cosa se fue asentando». Lucas tiene cuatro años; Alba, dos. «Yo trabajo en el área de atencion al cliente y logística para distribuidores de una empresa de productos veterinarios; mi marido, en la misma compañía, en el almacén», revela. Es una empresa americana, se mueve en un ambiente muy internacional, pero sabe cuáles son las virtudes laborales de los holandeses: «Son estilo de los alemanes, muy rígidos, muy estrictos, muy a su hora todo, y también pueden ser muy directos, pero hasta el punto de que a nosotros nos puede parecer mala educación; a veces tienen formas muy bruscas, a mí me costó adaptarme a eso».

Claro que también es cierto que son «tolerantes, van a lo suyo», no les va cotillear ni meterse en la vida de nadie. «Es gente que respeta mucho los derechos de los demás, a mí me gusta la forma de educar a los niños, son independientes desde pequeñitos, les gusta el contacto con la naturaleza». No es fácil, eso sí, tener amigos del país; más común es juntarse con italianos, portugueses o latinoamericanos. «Los holandeses son cerrados, es difícil que cojan confianza, una cosa es venir de vacaciones y otra tener un amigo de verdad».

Las cosas funcionan bien en el país, en el que es fácil buscarse la vida pero, sin embargo, es complicadísimo encontrar vivienda. «El problema es grave, encontrar casa es una pesadilla total». Pero ellos ya tienen hasta hipoteca. «Estamos muy contentos, a corto y medio plazo no tenemos pensado volver», explica Verónica, que revela que su marido lleva peor la distancia, que él tiene más esperanza de poder regresar a Asturias algún día.

Su vida está allí. Los niños van al colegio, camino de convertirse en bilingües, y aunque las añoranzas son muchas no queda otra que tirar para adelante. «Se echa de menos a la familia y a los amigos; porque además los niños son pequeños y no tenemos a nadie que nos eche una mano», apunta Verónica.

Sostiene que no se come bien en Holanda. Y la gastronómica no es una añoranza menor en un país con muchos quesos, pero ni parecidos a los asturianos. «Nos venimos siempre con embutido, cecina, con quesos, con el 'kit' para hacer fabada».

Hay otra cosa que echa en falta de España una barbaridad: «El sistema sanitario». En Holanda se funciona a través de seguros privados y con la distancia ha aprendido a apreciar la atención médica de la que disfrutamos aquí. Otra cosa es la educación: «Me gusta más el sistema holandés que el español. No mandan tantos deberes, las clases son más interactivas y hay mucho material para aprender jugando».

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