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«Siendo un inmigrante, no me he sentido como tal. Londres es mi casa»

«Siendo un inmigrante, no me he sentido como tal. Londres es mi casa»
Rafael, en el interior de una típica cabina londinense.

Rafael del Riego se fue a Inglaterra hace tres meses para trabajar en Microsoft

M. F. ANTUÑA

Londres está a tiro de piedra. Cuatro horas y media de puerta a puerta en su último viaje de vuelta desde Gijón. Rafael del Riego Fernández-Nespral (1984) es un tipo al que le gusta vivir la vida a contracorriente. Y hace poco más de tres meses decidió dar una vuelta de tuerca y dejar el Gijón del alma rumbo a la capital británica. Amante del fútbol -«jugar es mi droga»-, de patinar, del hockey y de los videojuegos, son estos últimos los que han marcado su peripecia profesional. «Para llevar la contraria a buena parte de mi familia materna, hice carrera técnica en vez de ir por alguna rama de ciencias de la salud».

Tras acabar sus cinco años de Informática, estuvo a punto de mudarse a Londres, pero un compañero le propuso montar una empresa de videojuegos y estuvieron dos años en ello. «Nos salieron más canas de la cuenta y luego seguí como autónomo hasta hace bien poco, siempre ligado a videojuegos, pero haciendo más cosas para pagar facturas. Aprendí mucho, conocí gente genial pero...» Se sintió estancado, no abundaba el dinero y puso el punto y final a esa etapa. «Cerré los proyectos que tenía pendientes y hace poco menos de un año empecé a mirar hacia fuera, para intentar encontrar una oportunidad. Sinceramente, lo que había en España, más aún en Asturias, no era suficientemente interesante». Era el momento de probar suerte y la encontró en Microsoft. «En noviembre tuve la entrevista que finalmente me dio acceso a mi trabajo actual».

Y como Londres «lo tiene todo» en el plano profesional y también en el social, allí está empezando una nueva etapa. «Realmente el cambio es tremendo. Trabajo en una gran empresa, así que pasé de ser uno a ser miles. De momento, todo lo que había oído está siendo verdad. Tengo unas condiciones estupendas, un entorno de trabajo productivo, pero relajado... Me siento cuidado. Otros conocidos que tengo tienen unas condiciones buenas, aunque me considero bastante afortunado. Y, al menos en mi oficina, no veo gente a la que le vaya la vida en el trabajo. Si hay competitividad, la considero sana. O igual es que después de 7 años y pico de autónomo, acabas curtido». De momento no le ve muchos contras a la experiencia: «Quizás el sistema sanitario. Afortunadamente todavía no tuve que hacer uso».

En el plano social, Londres es muy pero que muy diferente a Gijón. «Obviamente, son casi nueve millones de habitantes, hay mucha variedad, diría que incluso comparado con el resto del país. Es simpático lo fácil que es acabar hablando con italianos, españoles, portugueses y otros 'pobres' como yo, porque el carácter es similar. Me pasa muchísimo en los partidos de fútbol, se congenia fácilmente. Probablemente lo más positivo hasta ahora es que, siendo un inmigrante, no me he sentido como tal. Londres es mi casa ahora, y me siento aceptado aquí». Es sociable, pero al tiempo independiente. Si tiene que estar una semana a su aire, sin problemas. Eso sí, sostiene que aunque a veces cuesta «pillarles el punto», sus nuevos vecinos son «gente sociable».

Londres ofrece un sinfín de oportunidades: «La ciudad está viva a todas horas». Pero es que además no resulta agobiante. Vive cerca de la parte noroeste de Hyde Park, es una zona tranquila y no tan lluviosa como se piensa: «Lo de la lluvia, de momento, puro cuento. Nos llueve bastante más a nosotros»

Sin miedo al Brexit, augura que será «una ruptura suave», la distancia no ha cambiado su visión de España. Y eso que su perspectiva es contundente: «España es el país más fuerte del mundo, porque lleva toda su historia intentando destruirse y aún no lo ha conseguido».

Busca lo barato en los supermercados, compra aceite español, se lleva el Colacao de vez en cuanto y se afana en la cocina «como buenamente puedo». Aunque nada que ver con la menestra de su madre, por supuesto. «En Asturias, de comer, sabemos», concluye. Pero más allá del yantar: «Lo que sí echo de menos es coger la bici para ir por el Muro, a la Providencia, al Grupo... escaparme un poco al sol. O bajar a bañarme a la playa un rato. Para mí era muy liberadora esa sensación». De volver, todavía no hablamos: «Vine con la mente completamente abierta».

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