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Asturianos en la diáspora

«Los franceses no nos odian»

Vanessa Parapar, en el Pont Mirabeau, cerca de su casa. / E. C.
Vanessa Parapar, en el Pont Mirabeau, cerca de su casa. / E. C.

La periodista Vanessa Parapar vive desde hace cinco años en la capital gala | «Por desgracia, la Francia libre y el París abierto y cosmopolita que conocí cuando llegué están desapareciendo», lamenta la castrillonense

A. VILLACORTA

Algo ha cambiado a peor desde que la periodista Vanessa Parapar (Piedras Blancas, 31 años) llegó a París hace ya cinco años para hacer un curso de Derecho Internacional Europeo. Cinco años intensos en los que ha asistido a un giro en el país vecino de lo más inquietante.

«Por desgracia, la Francia libre y el París abierto y cosmopolita que conocí cuando llegué a vivir aquí están desapareciendo poco a poco. Los atentados yihadistas y la crisis que está sufriendo el país desde hace un par de años no están ayudando en absoluto a que la sociedad francesa acoja con los brazos abiertos ni a los nuevos estados miembros ni a las personas que entran en el país», cuenta la castrillonense, que decidió extender su estancia en tierras francesas después de que le surgiese una buena oportunidad de trabajo.

Un panorama bastante desalentador en el que, sin embargo, Francia no es una excepción: «Europa está en crisis, al igual que el resto del mundo. Quien diga lo contrario miente. La idea de base de Europa que tuvo lugar después de la Segunda Guerra Mundial fue un éxito rotundo. Mantener la paz y la tranquilidad en el viejo continente es la mayor fortaleza de la UE hasta el día de hoy. Pero ahora son más las debilidades del proyecto que las fortalezas, sobre todo con el auge de la extrema derecha y los nacionalismos que estamos viviendo en muchos países. Eso queda patente en el tema del 'Brexit', los refugiados, la economía, el medio ambiente...». Suma y sigue.

Son los signos de unos tiempos en los que «el debate político francés está peor que nunca». Y una de las pruebas más visibles son los 'chalecos amarillos': «Las revueltas y los problemas a los que se enfrentaron Sarkozy y Hollande nada tienen que ver con lo que está ocurriendo ahora. Una parte de la sociedad francesa se está volviendo más egoísta que nunca. La prueba la vemos cada sábado en las manifestaciones de los 'gilets jaunes' que no respetan a nada ni a nadie». Y, con esto, Vanessa Parapar no quiere decir «que esté en contra de las manifestaciones, ni mucho menos», pero sí que se sitúa «a años luz de la manera en la que alzan su voz».

En otras palabras: «Desde noviembre veo cómo destrozan París sin pensar en nada ni en nadie. Les importan muy poco las consecuencias. Se creen que son los reyes del mundo y alguien debería parar eso. Desgraciadamente, Macron no está a la altura de las circunstancias».

Eso sí, no todo es malo, también tenemos varias cosas que aprender, como la unidad: «Dicen que la unión hace la fuerza y ellos lo saben. Francia es un país unido. Eso sí me da envidia. Aún se me ponen los pelos de punta recordando ese momento en el que salieron del 'Stade de France' cantando 'La Marseillaise' después de los atentados del 13-N. En Francia puedes cantar el himno nacional, pintarte la cara o sacar una bandera sin que te tachen de facha».

Y, en la comparativa, «los españoles tenemos dos cosas por las que debemos presumir fuera de nuestras fronteras: nuestra ley de violencia de género y nuestro sistema sanitario».

Con todo, Parapar se siente bien en el país vecino, donde los franceses la acogieron «con los brazos abiertos desde el minuto uno, algo que habitualmente no pasa, porque ellos son más cerrados que nosotros y necesitan su tiempo de adaptación. Tener un algo con un francés (sin caer en los tópicos del amor) requiere de paciencia. Son más reservados y más tímidos que nosotros, aunque, cuando pasas esas barrera, son las personas más leales que existen».

Como balance, desmiente el tópico: «A pesar de lo que muchos piensan, los franceses no nos odian. Es más, les caemos mejor que los italianos. Para ellos, el problema de Cataluña es como el de los corsos. Un pueblo que quiere estar solo y aislado. Y también sufren la corrupción, pero son más discretos robando que nosotros». Un país en el que «la cifra de parados de España les choca muchísimo porque una de las cosas por las que se luchan en Francia es porque todo el mundo tenga mejores condiciones de trabajo». Así que, de momento, ella se queda y el destino dirá.