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«La situación de la investigación en España es para echarse a llorar»

«La situación de la investigación en España es para echarse a llorar»
Pipo Roces, en la universidad de Swansea.

Pipo Roces trabaja en Gales como investigador postdoctoral de Geografía

A. VILLACORTA

Cuando pasa unos días sin llamar a casa, Pipo Roces recibe un WhatsApp de su madre diciendo: «¿Qué ye de tu vida, hijo?». Pero, generalmente, no hace falta, porque este ingeniero de montes de 34 años tiene siempre presentes a sus gentes y a su patria chica, Sobrescobio: «Ye de donde me considero, el lugar que más me ha influido en mi forma de ser, donde se moldeó mi carácter (ya decía Rilke lo de la patria y la infancia) y, al final, a donde siempre vuelvo, especialmente en fechas señaladas como les fiestes de San Ginés, en torno al 25 de agosto».

Y eso que los últimos cuatro años de este coyán han sido ajetreados, porque ha vivido en Kiel (Alemania), Brno (República Checa), Barcelona y Zúrich, antes de llegar a Gales hace unas semanas, todo ello por trabajo.

Allí, en la universidad de Swansea, anda como investigador postdoctoral, en el departamento de Geografía. Concretamente, «analizando los bosques y los beneficios que la sociedad obtiene de que existan y de que realicen sus funciones ecológicas, y cómo se pueden medir, cómo van cambiando con el tiempo, cómo les afectan los diferentes impactos (algunos debidos a nosotros), y qué puede pasar en un futuro». Y todo, gracias a un contrato financiado por el Principado (programa Clarín) y la UE, con ayudas de dos años para que jóvenes investigadores pasen un tiempo en centros extranjeros de prestigio.

Con ese currículum, Roces puede concluir y concluye que «la situación del mundo de la investigación en este país es poco esperanzadora»: «Creo que nunca ha habido en España (salvo en una legislatura concreta) una apuesta decidida por esto, aunque, si no hemos sido capaces de tener un pacto firme por Educación, tampoco extraña. Y claro, si comparas la situación con la de otros países, dan ganas de echarse a llorar». Eso sí, advierte de que «en ningún lugar la situación ye idílica. En todos los sitios hay competencia y faltan recursos, pero en casa faltan muchos más».

Otra conclusión a la que ha llegado es que la presencia de tantos investigadores españoles en el exterior admite «una doble lectura»: «Por un lado, buena, ya que fuera se nos valora muy bien porque estamos bien formados, somos trabajadores y sabemos investigar. Pero, por otro, mala, porque no tenemos facilidad para encontrar oportunidades en casa y acabamos yéndonos fuera a buscarlas».

Y, como nada es blanco o negro, su vida como emigrante también tiene «una doble cara: «La positiva es que hago un trabajo que me gusta y que disfruto con él, que me permite conocer cosas y gentes nuevas. Y la parte negativa de la movilidad es que llegas a un sitio, te esfuerzas por conocer gente y, en unos meses o años, te vas. Decía una buena amiga que los aeropuertos se convierten así en los lugares más tristes que pisas, porque no haces más que despedirte de gente que quieres y aprecias».

Pero, de momento, él se queda al menos un par de años en Swansea, donde, cuando la gente le pregunta de donde es y contesta que de un pueblo de 200 habitantes, le suelen corregir: «Querrás decir de 200.000». Y él vuelve a responder: «No, no. Solo 200». Y acaba teniendo que explicar que eso «crea unos vínculos muy fuertes con la gente de alrededor que hacen que los amigos y los vecinos de allí sean también la tú familia».

Así que cumple el tópico de que «los españoles podemos resultar pesados cuando hablamos de lo que echamos de menos nuestra casa», una lista de añoranzas que, en su caso, es extensa: «Echo de menos la comida de mi madre, o charrar con mi padre, o meterme con la mi hermana, o ver cómo mi güela Clemen intenta cebame cuando voy a verla a Laviana, y a los amigos, y salir a tomar el vermú por Rioseco sin saber a qué hora voy a volver, o ver como los fíos de los mis amigos están creciendo y yo me lo estoy perdiendo. Los paisajes y los bosques de la cordillera y de Redes. El pueblu y el sentimiento de comunidad que implica ser de allí. Poder salir de casa, sin haber quedado con nadie, y entrar a cualquiera de los chigres que tenemos y pasar un buen ratu allá. Echar un ratín charrando con los vecinos de lo que sea. Ir de espicha en primavera o de fiestes de prau en verano».

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