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«Estamos viviendo un estado de sitio»

Faru con Julieta Kühl, con la que tiene dos hijas, Luna y Ariche./
Faru con Julieta Kühl, con la que tiene dos hijas, Luna y Ariche.

El gijonés Juan Ignacio Alfaro reside en Nicaragua desde hace veinte años: «Ha habido días de ataques policiales y paramilitares y hemos tenido que dormir toda la familia en colchones para evitar las balas perdidas»

M. F. ANTUÑA

Tenía 27 años Juan Ignacio Alfaro Mardones, 'Faru', (Gijón, 1971) cuando hizo su primer viaje a Nicaragua siguiendo la estela de un viejo amor. Formado como economista en la Universidad de Oviedo, forjado en un sinfín de empleos e implicado en la lucha por un mundo mejor, dos decenios después ese país, que vive tiempos convulsos, es ahora su hogar. Desde el año 2000 es docente e investigador de la Universidad Nacional Autonóma de Managua en Matagalpa, donde reside desde 1999. Allí comparte su vida con Julieta Kühl Barillas, profesora también, con quien tiene dos hijas, Luna, de ocho años, y Ariche, de cuatro.

Se fue de Gijón porque necesitaba «evolución y el calor del trópico», porque algo se había congelado. Cerró tres años de trabajo y cinco de amor, hizo la maleta y acabó en Nicaragua. Su búsqueda: «Abrirse a la vida, repensarse y reinventarse». La transición fue larga: viajes por centroamerica, estancias en campamentos zapatistas de Chiapas, pero su destino estaba en Nicaragua. En Matagalpa se abrió a otro mundo y empezó de cero: «Es vivir en un lugar donde nadie te conoce, donde tienes que volver a valerte por ti mismo, donde tus capacidades y no tu currículo es lo que vale». Allí se reinventó y encontró más tiempo para la vida que para las cosas. Entre errores y pasiones, idas y venidas, en 2008 se cruzó con su mujer y comenzó a forjar su hogar.

«Vivir en el trópico te da una calidad de vida ambiental y paisajística muy grande», explica y se pierde en talles como los doce meses de sol, las playas del Caribe, los lagos volcánicos, las anidadas de tortugas milenarias, los cantos de los pájaros, la amabilidad de los pueblos trashumantes, la vida menos acelerada, el valor de no hacer nada, de no tener que correr.. «Ese cambio en la vivencia del tiempo creo que es el mayor valor que yo he vivido en Nicaragua».

Esa vivencia no significa que no haya añoranzas, que no pasen por la cabeza los sabores y olores de Torimbia, del Camín, de Gulpiyuri, de Borizo, de la hierba, de la sidra, de la fabada. «He sufrido con el Sporting desde la distancia y he llorado escuchando a Melendi en noches de añoranza. Asturias está dentro de mí para siempre, esté donde esté».

La distancia no es el olvido, sino también preocupación para quienes desde aquí observan lo que sucede ahora mismo en el país que gobierna Daniel Ortega. «Desde el 18 de abril de este año, Nicaragua, la que yo viví durante veinte años, se resquebrajó y murió. Y está naciendo una nueva Nicaragua, y es un parto doloroso, muy doloroso», apunta. Y añade: «Esta crisis no es solamente por lo que está ocurriendo en estos 90 días, sino porque se despertaron las memorias, duelos no vividos, traumas no sanados y silencios que habían sido arrinconados durante cuarenta años». Las heridas abiertas tras las guerras civiles de los 80 han llevado a la barbarie y el miedo. «Si no hay proceso de sanación esas heridas siempre están ahí».

La vida no es fácil dadas las circunstancias. «En lo personal estamos viviendo un estado de sitio, no hemos podido salir en estos tres meses de nuestra ciudad, pues hay paramilitares afines al Gobierno encapuchados y armados que detienen a los vehículos, revisando teléfonos, maleteros, etcétera, y aunque no tengas nada que ocultar, no queremos que las niñas puedan verse encañonadas cuando nos desplazamos», relata. A lo dicho se añade que hay un toque de queda que la población se ha autoimpuesto y antes del atardeceder todos se encierran en sus casas. «Ha habido días de ataques policiales y paramilitares en la ciudad, aunque la nuestra es de las que menos ha vivido el conflicto, teniendo que dormir toda la familia en colchones en el suelo por precauciones ante las balas perdidas». La situación no es fácil, así que han tratado de arreglar los papeles por si hay que abandonar el país, aunque de momento las niñas están en pleno curso escolar y sus sueños y proyectos están allí. Faru, nieto de falangista y de sindicalista republicano, sabe que la reconcialición es posible. Confía: «Si algo he aprendido en Nicaragua es que la vida es cambio y transformación, a veces en forma de dolor, como ahora, pero llegará un día para crecer, evolucionar y desarrollarnos por métodos placenteros; por ahora aprendemos a hostiazos».

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