Nel Cañedo: «Vienen al campo a ver indígenas y sacarles fotos»

El pastor asturiano Nel Cañedo. / E. C.

El mundo rural se siente desplazado por los urbanitas que se instalan en los pueblos en busca «de una postal»

JAVIER GUILLENEA

Se compran una casita a buen precio con un precioso jardincito donde incluso se pueden hacer barbacoas los sábados por la noche mientras se disfruta de unas vistas fantásticas, un aire sano que da gusto respirar y ese cielo estrellado que hace tiempo se extravió entre las farolas de las ciudades. Llegan las familias desde sus bloques enladrillados de pisos a instalarse en el pueblo para vivir en comunión con la naturaleza, las vacas en el prado que se vislumbra en el horizonte, los cencerros lejanos, los ecos de perros remotos y los gallos madrugadores allá en la distancia. Es todo tan bonito, tan bucólico, tan pastoril, tan como en las postales... Hasta que el urbanita, el recién llegado al paraíso, sale de su nueva casa a la calle sin asfaltar y pisa una plasta de vaca. Es entonces cuando llegan los problemas.

En el mundillo del campo no hay quien haya dejado de ver el vídeo que ha publicado en sus redes sociales el pastor asturiano Nel Cañedo, que se lamenta por el cierre de un gallinero en Soto de Cangas tras las quejas de los clientes de un hotel rural. «¿Para qué venís a un pueblo a hacer turismo rural?», exclamaba airadamente el pastor. Mucha gente de los pueblos se ha visto identificada con su enfado.

Ejemplos hay muchos. Luis es un ganadero de un pueblo de Segovia que pertenece a Alianza Rural, una asociación que aglutina a organizaciones del sector agrario, pesquero, de la caza, la pesca o los toros. «Es que estoy metido en muchas cosas y prefiero que no se mezclen», se excusa cuando pide que se preserve su anonimato. Está harto de los turistas de fin de semana que se apropian de sus terrenos vallados sin hacer caso del letrero que dice 'Finca particular'. «Abren la puerta y entran con sus perros y sus bicicletas, y cuando se van lo dejan todo lleno de basura. Si protesto ellos responden que el campo es de todos y que tienen preferencia, pero digo yo que será de todos mientras no tenga propietario, ¿no?».

Resulta que, en este caso, el propietario tiene vacas que saca a pastar a los prados invadidos por los turistas y eso es algo que no les hace demasiada gracia. Porque una vaca es vistosa de lejos, pero de cerca nunca se sabe qué es lo que puede hacer. «Se quejan de que hay ganado», afirma Luis, que se enciende a medida que habla. «Si llevo al perro suelto te dicen que puede atacar a alguien y que lo ates, pero el perro está trabajando con las vacas, forma parte de mi empresa, ese campo donde han ido a merendar es mi negocio», exclama.

Luis, que insiste en que no está en contra del turismo rural, no deja de contar anécdotas. «En el Ayuntamiento han puesto denuncias por las moscas que se meten en las casas de unos que han ido a vivir al pueblo y también porque se oye a los gatos y a las vacas. A los clientes de un alojamientos rural les molesta el ruido de los tractores y si salgo con mi caballo se quejan porque caga. Vienen aquí y quieren tener una ciudad burbuja».

Artemio Baigorri, sociólogo de la Universidad de Extremadura, coincide con el ganadero en la existencia de un conflicto, pero no cree que sea fruto de un choque entre lo urbano y lo rural. A su juicio, el turismo no es el mayor de los problemas y, en todo caso, se asemeja a «la turistificación que viven las ciudades». Lo peor, dice es «la aparición de los neorrurales», los que van a vivir al campo en busca «de una imagen de postal».

Este fenómeno no es nuevo. Los primeros neorrurales surgieron hace una década en Estados Unidos y «generaron impactos gravísimos», recuerda Baigorri. Subieron los precios de las viviendas y los terrenos y hubo conflictos con los ganaderos por los residuos y los ruidos de los tractores. «La gente de los pueblos no está metida en un caracol. Se mueve, vive, cría perros, cabras y conduce furgonetas ruidosas. Las zonas que llamamos rurales son tan complejas como las urbanas, por eso hay que informarse bien antes de ir a vivir as una de ellas».

La falta de información es lo que hizo quejarse al cliente de un hotel rural de Asturias de que en aquel lugar llovía mucho. En otro establecimiento hubo quien protestó por el ruido excesivo de los pájaros, porque el paisaje era demasiado verde o por la presencia de una araña, y no faltan quienes echan a correr en cuanto ven una abeja. En un establecimiento de agroturismo, unos niños de Madrid se marcharon frustrados porque las vacas a las que les dirigían la palabra no les respondían. Nunca habían visto una de verdad y creían que hablaban, como las de los dibujos animados.

Desde el clúster de Turismo Rural de Asturias sostienen que estos casos «son anecdóticos» y aseguran que entre los habitantes de las casas rurales y los de los pueblos no hay enfrentamientos. «Dentro del medio rural no sobra nadie, aquí conviven todos», recalca uno de sus portavoces. De la misma opinión es Juan Alberto Rozas, alcalde de Liendo (Cantabria), que no tiene quejas contra los visitantes esporádicos pero sí contra algunos nuevos vecinos recién llegados de la urbe que lo ven todo «muy idílico», al menos al principio. Se ven inmersos en un paraíso repleto «de vaquitas, caballitos y ovejitas», hasta que se dan cuenta de que «los animales cagan y meten ruido». «Casi todos se acostumbran, pero hay unos pocos que te piden los mismos servicios que una ciudad», puntualiza el alcalde. A esta minoría, añade, «le gusta ver todo segadito pero le molesta el ruido de las segadoras».

El Ayuntamiento de Liendo fue denunciado por un vecino que le exigió que tomara medidas contra los excrementos que dejaban a su paso las vacas de un ganadero. El caso fue a juicio pero el juez dictaminó que «las vacas estaban antes que las casas». «Al final ganamos pero el mal rato no te lo quita nadie», afirma Juan Alberto Rozas.

Francisco Entrena, sociólogo de la Universidad de Granada que ha estudiado el mundo rural, asegura que «la nueva ruralidad está revitalizando muchas zonas que de lo contrario estarían en declive», pero reconoce que «todo cambio tiene sus pros y sus contras». En su opinión, los urbanitas tienen «una imagen tergiversada y mistificada» del campo, en el que crean «una burbuja urbana». «Buscan una adaptación, cuando no una simulación, de lo que antes era la vida rural», afirma.

Como ejemplo expone el caso de una cooperativa que montaron en un pueblo de Granada varios entusiastas recién llegados de la ciudad. «Tuvieron un debate larguísimo sobre si tener una mula o no para trabajar era explotar a los animales». «Entre ellos -añade el sociólogo- había muchos veganos y para ellos eso era sinónimo de lo rural, cuando es todo lo contrario. En los pueblos siempre ha existido la matanza del cerdo».

Lo que para unos es una especie de reinvención de la vida en el campo, para otros, como Luis Fernando Marrón, coordinador de la Unión de Sectoriales Agrarias de Asturias (Usaga), es una calamidad. «Vienen y nos reclaman condiciones, nos las están imponiendo. Es como si nosotros fuéramos a la ciudad, exigiéramos sitio para aparcar y denunciáramos al Ayuntamiento porque hay ruido de coches», se queja. Luis Fernando, como tantos otros ganaderos, ha visto el vídeo de Nel Cañedo y comparte su indignación. Está harto de la gente de la ciudad que va al campo «a ver indígenas y sacarse fotos con ellos» y que no respeta «las tradiciones ni el mundo rural». «Hay turistas que da gusto hablar con ellos, pero otros nos miran como seres inferiores e ignorantes que estamos para servirles».

«Los neorrurales buscan el campo perfecto, sin bichos», insiste Artemio Baigorri. Intentan atrapar un mundo que no existe y, si no lo encuentran, tratan de reformarlo a su imagen y semejanza. Son consumidores «de un espacio mitificado que no se corresponde con lo real». Van al encuentro de los ignorantes de la boina sin darse cuenta de que son ellos quienes la llevan puesta. Porque los del pueblo conocen de sobra una ciudad a la que acuden cuando quieren para hacer trámites, comprar o divertirse, pero los de las grandes capitales cada vez están más alejados del mundo rural.

«Cada vez nos ven más como si fuéramos una zona de ocio en la que tienen derecho a decir cómo tenemos que vivir. Vienen con el coche a ver la postal, pero se molestan si se encuentran con un rebaño en la carretera», critica Marrón.