El comunista asturiano que salvó a la Santina

La Santina, en París, tras se rescatada por un joven comunista.
/E. C.
La Santina, en París, tras se rescatada por un joven comunista. / E. C.

La Virgen de Covadonga, exiliada en París, estuvo oculta en un cajón de la embajada española durante la Guerra Civil

GLORIA POMARADA COVADONGA.

Desde su altar en la Santa Cueva, la mirada de la Santina de Covadonga se pierde serena en un monte Auseva al que, durante tres años, sustituyó la completa oscuridad de un cajón. Fue durante la Guerra Civil, periodo en el que la patrona de Asturias vivió su propio exilio, del que pudo regresar con éxito gracias a la colaboración de asturianos de bandos enfrentados. Un ejemplo de la devoción por la imagen más allá de ideologías que Javier Remis, responsable del Museo de Covadonga, abordó recientemente en el ciclo de conferencias del Hotel Pelayo.

La odisea de la Santina comenzó el 6 de agosto de 1936, «cuando llegaron milicianos de Cangas a Covadonga y se cerró la cueva», explica Remis, que ha indagado en hemerotecas, documentos del Archivo Capitular de Covadonga y las memorias de Silverio Cerra para reconstruir la historia. La imagen permaneció custodiada en el actual Hotel Pelayo, hasta entrado el otoño, por una empleada de nombre Marina. «Solo unos pocos sabían que estaba allí, entre ellos Ángela López Cuesta, nieta de Teodoro Cuesta», explica. Fue ésta quien, preocupada por la conservación de la Virgen, «habló con el consejero de Propaganda para que viniera a buscarla». Así, Faustino Goico-Aguirre, delegado provincial de Bellas Artes, fue quien la trasladó hasta Gijón «en un Ford negro». En la ciudad permaneció expuesta dos semanas en el Ateneo Jovellanos, hasta que los republicanos, ante el temor de la llegada del bando sublevado, decidieron «sacarla con la intención de llevarla a Valencia». Sin embargo, el destino quiso que a mediados de septiembre de 1937 la Virgen embarcara en un barco inglés rumbo a Burdeos, junto a exiliados asturianos. De allí pasó a Mont-de-Marsan y, finalmente, a París, donde fue depositada «en un cajón de la embajada, con el rótulo 'Virgen de Covadonga'», continúa Remis.

Con el fin de la contienda y la inminente ocupación de las tropas nacionales, fue un joven comunista asturiano quien recordó el preciado objeto que se guardaba en los fondos de la sede diplomática y así se lo trasladó al sacerdote Joaquín Aller. «La patrona de mi tierra está entre los tesoros almacenados en la embajada. Va a ser evacuada y no quiero que esta imagen tan querida sufra más ultrajes», recogen documentos de la época sobre sus palabras. «Su temor era que no supieran que estaba allí y la tiraran», explica el responsable del Museo de Covadonga.

Con la Santina localizada y a buen recaudo, comenzaba el retorno a casa. Un viaje que la llevó por Versalles, Irún, Burgos y León, entre otros, para entrar el 13 de junio de 1939 por el puerto de Pajares «a hombros» de costaleros. Casi un mes permaneció la imagen anunciando su vuelta a casa, desde Oviedo a Gijón, Avilés, Infiesto y Cangas de Onís, de donde partió el 6 de julio en su última etapa hacia el Real Sitio.

De la odisea de la Virgen «hay muchas versiones, algunas medio verdades», cuenta Javier Remis. El hecho innegable es que «en el exilio participó gente de muy distintas mentalidades, gente dividida cuyos hijos y nietos se reúnen hoy a los pies de la Virgen», destaca. Porque, si algo pone de acuerdo a la mayoría de los asturianos, recuerda, es esa máxima de que «a la Santina que no me la toque nadie».

 

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