A vueltas con el canto de los gallos en Soto de Cangas

Los gallos y gallinas de Fernando Villarroel, en Soto de Cangas, con los apartamentos rurales de José María García al fondo. / E. C.
Los gallos y gallinas de Fernando Villarroel, en Soto de Cangas, con los apartamentos rurales de José María García al fondo. / E. C.

El ruido que hacen los animales enfrenta a su propietario y al gerente de unos apartamentos rurales de la zona | El empresario turístico cuenta con una resolución municipal que le da la razón, pero el dueño del gallinero piensa recurrir para mantenerlo

L. RAMOS SOTO DE CANGAS.

El canto del gallo en el centro de la polémica. Lo que para muchos es símbolo del encanto de la vida rural, para el propietario de unos apartamentos turísticos ubicados en la localidad de Soto de Cangas se ha convertido en una auténtica pesadilla. Tanto le molesta el ruido que hacen los animales de un gallinero situado a escasos metros de su negocio y que, asevera, «espanta a los clientes», que ha logrado que el Ayuntamiento de Cangas de Onís le dé la razón y emita una resolución en la que ordena el «cese inmediato de la actividad de cría de gallos», que además carece de licencia. El aludido, por su parte, defiende que «las gallinas y los gallos estaban ahí antes incluso que la casa que acoge los apartamentos» y prepara un recurso contra la citada resolución para poder conservar su gallinero.

Los problemas en esta tranquila localidad emplazada a escasa distancia del Santuario de Covadonga comenzaron a finales de 2017, cuando José María García puso en marcha los apartamentos rurales Camino Picos de Europa. «Los gallos cantan a todas horas e incluso les tengo que dar tapones a mis clientes, pues no pueden descansar por las noches debido al ruido y algunos optan por marcharse», explica el empresario. Y asevera que desde el primer momento puso lo ocurrido en conocimiento del Consistorio, donde no le hicieron caso, «escudándose en que carecían de aparatos para medir el ruido».

Así las cosas, y «ante la pasividad del Ayuntamiento», García recurrió al Principado, desde donde ofrecieron los servicios del Laboratorio Asturiano de Calidad en la Edificación. El Consistorio aceptó y las mediciones se llevaron a cabo entre las diez de la noche del pasado 5 de febrero y las ocho de la mañana del día siguiente, registrando 72,4 decibelios. Esto, indica la resolución dictada por el alcalde el pasado 10 de abril, «supera el nivel máximo admisible», que no debería ser superior a 45 decibelios desde las 22 a las 7 horas.

El dictamen cayó como un jarro de agua fría en casa de Fernando Villarroel, propietario del gallinero de la discordia, quien asevera que en las más de dos décadas que llevan sus animales en la finca «nunca se quejó nadie del pueblo». Recalca, asimismo, que el suyo «no es ningún criadero de gallos. No existe actividad económica ninguna, pues son para autoconsumo», asevera. El cangués pone también en duda que el canto de sus gallos «espante» a los clientes de García, pues, indica, «todavía los que vinieron esta Semana Santa estuvieron charlando y tomando sidra con nosotros». Muchos incluso contratan rutas a caballo con la empresa que él mismo regenta, El Dorado.

«El problema es que este señor se obcecó con hacerme quitar los gallos», lamenta Villarroel. Y recuerda que «en los pueblos hay animales y hay que convivir con ellos, pues no los vamos a tener en el centro de Oviedo». «Hoy molestan las gallinas, mañana será un perro que ladra y pasado a saber, parece que quienes tenemos animales tenemos la lepra», critica. Si finalmente tiene que cerrar el gallinero, lamenta, se verá obligado a sacrificar a las aves. «No puedo dejarlas en un prao para que me las mate el raposo», apunta.

Un acercamiento entre ambas partes parece en estos momentos imposible, pues al problema de los gallos se suman acusaciones cruzadas, como la que hace José María, quien considera «sospechoso» que desde que se emitiese la resolución municipal «aparezcan excrementos de caballos delante de la puerta de casa». Algo que Fernando rechaza, aseverando que «todos los días limpiamos a la mayor brevedad posible». Tampoco se ponen de acuerdo con los aparcamientos, pues mientras el empresario turístico critica que «aparezcan camiones y tractores atravesados ocupando varias plazas», el dueño del gallinero asevera que «en el pueblo hay muchas quejas porque los clientes de los apartamentos aparcan por cualquier sitio, impidiendo incluso el paso del camión de la basura, que se tiene que poner a pitar en plena madrugada». Afea también cómo «algunas veces los turistas se quedan haciendo ruido en la terraza hasta tarde».