«Ahora mismo no me veo capaz de volver a subirme en un autobús»

Álvaro Fueyo, pasajero del autobús siniestrado: «Recuerdo ver venir el impacto y pensar que iba a ser tremendo. El pilar impactó de lleno contra el asiento que tenía al lado. Fue como en las películas»

P. SUÁREZ GIJÓN.

Menos de un minuto fue lo que separó a Álvaro Fueyo (Gijón, 1993) de perder el autobús siniestrado. «Ahora pienso que ojalá no hubiese llegado a tiempo», relata seis días después del accidente, recién salido de la sesión de curas a la que se somete cada día. «Todavía tengo los puntos y varias contusiones», cuenta mientras muestra sus heridas. De una de ellas no se olvidará nunca, la que le provocó en la cadera el cinturón que le salvó la vida.

-¿Qué recuerda usted de lo ocurrido?

-Cogí el bus en la estación, saludé al conductor porque ya había coincidido varias veces con él y me senté. En un principio iba a colocarme en las filas traseras, pero al final escogí uno de los primeros asientos, concretamente en de la ventanilla izquierda de la tercera fila. Todo iba normal hasta que oigo un golpe fuerte y veo como la parte derecha de la luna delantera comienza a resquebrajarse de abajo a arriba. Lo primero que pensé es que, al haber un carril cortado, el conductor se había equivocado y que vaya pereza tener que parar y esperar a que nos recogiese otro bus. Sin embargo, el autobús no paró y continuó comiéndose los conos hasta salirse de la carretera y llevarse por encima los jerseys. Ahí fue cuando me preocupé y me puse el cinturón en un acto reflejo. Pasaron tres segundos hasta que nos dimos el golpe. Vi el pilar venir de frente, cerré los ojos y oí un golpe tremendo.

-La columna se detuvo justo a su altura.

-Fue como en las películas. Recuerdo perfectamente ver venir el pilar. Pensé: nos vamos a dar un golpe tremendo.

-¿Tuvo miedo?

-No. Fue tan rápido y tan extraño que no tuve miedo. Llevo muchos años viajando en autobús, por lo que tengo una confianza plena en conductores y vehículos. Mi cabeza no podía hacerse a la idea de que había pasado algo grave. Estaba muy tranquilo.

-¿Nadie decía nada?

-Según me han contado, algunas personas sí se dirigieron al conductor, pero yo no lo recuerdo bien. Tengo flashes de aquello.

-¿Qué sucede después del golpe?

-Me desperté un poco colgando hacia delante. Vi que la segunda fila había quedado destrozada y mi primera reacción fue buscar mi móvil. Sin embargo, solo quedaba la funda. No había ni rastro del teléfono. Hay que tener en cuenta que el pilar impactó de lleno contra el asiento que tenía a mi derecha, por lo que no había rastro de ninguna de mis pertenencias. Es entonces cuando decido salir. Intenté salir por la ventana, pero estaba llena de cristales rotos, así que terminé saliendo por la zona delantera, donde se encontraba el conductor. Si llego a ir medio metro más a la derecha, probablemente hubiese perdido la pierna o incluso la vida.

-¿Estaba consciente?

-Sí. De hecho lo primero que oí después del golpe fueron sus gritos. Pedía ayuda. También me fijé en la señora que tenía detrás. Estaba callada y tenía los ojos muy abiertos, totalmente en shock. Creo que también la salvó el cinturón.

-¿Qué hizo usted?

-Conseguí salir y me tiré en la carretera. Lo único que podía hacer era gritar y pedir ayuda a todo aquel que estuviese allí. Cuando me giré, vi el bus y cuerpos alrededor que habían salido despedidos por el golpe. Era dantesco. El conductor tenía una pierna amputada y otra atrapada entre los hierros.

-¿Cuánto tardaron en llegar las asistencias médicas?

-No tardaron mucho, quizás diez o quince minutos. Yo fui el primero en irme hacia el hospital en el coche de una de las personas que viajaban tras el autobús, al cual estoy muy agradecido. La reacción de la gente fue espectacular.

-El cinturón le salvó la vida.

-Absolutamente. Le debo la vida a la persona que hizo que fuese obligatorio que los autobuses dispusiesen de cinturones de seguridad. (Sonríe). Si no llego a abrocharme el cinturón, hubiese salido disparado igual que lo hicieron las dos pasajeras que tenía delante. Normalmente yo no suelo ponerme el cinturón en los autobuses. De hecho, si me lo hubiese querido poner en el momento en que visualizo la columna, tampoco me hubiese dado tiempo. Fue un acto reflejo que me salvó la vida.

-¿Cómo fue cuando llegó al hospital?

-El trato fue tremendo. Yo llegué en el coche, sangrando y lleno de cristales por todas las partes del cuerpo. Me atendieron rápidamente y tras comprobar que no presentaba lesiones graves, comenzaron a coserme los cortes hasta tres enfermeros a la vez. Me alivió mucho no tener nada grave.En un primer momento pensé que me había roto la cadera y el hombro.

-¿Tiene miedo a volver a viajar en autobús?

-Sí. Ahora mismo no creo que sea capaz de volver a montarme en esa misma línea. Tengo que volver a Avilés para terminar mis prácticas, pero no me atrevo a volver a pasar por ahí. Quizás en un tiempo lo intente.

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