Picos de Europa, donde comenzó todo

El espectacular paisaje que se verá desde el mirador de la Princesa de Asturias. / NEL ACEBAL
El espectacular paisaje que se verá desde el mirador de la Princesa de Asturias. / NEL ACEBAL

El Parque Nacional de Picos de Europa, el primero en España, debe su existencia a Pedro Pidal, el marqués de Villaviciosa. Este asturiano impulsó la ley de parques y propuso a la montaña de Covadonga para tal honor

Arantxa Margolles Beran
ARANTXA MARGOLLES BERAN

Aquí no se corta un árbol, aquí no se pega un tiro». Corría 1916 y, en Asturias como en España, los montes se llenaban de claros y el oso, el lince y el rebeco caminaban, inexorablemente, hacia su extinción: los últimos ejemplares de este último se arrinconaban enriscados en los Picos de Europa, una zona que Pedro Pidal, marqués de Villaviciosa y a la sazón senador vitalicio, conocía bien. Aún más: mejor que nadie. Doce años atrás aquel abigotado señorón había protagonizado la hazaña de conquistar la cumbre del Picu Urriellu, en el macizo central de Picos, en compañía del curtido 'Cainejo'. Gregorio Pérez, que así se llamaba el pastor, descalzo. Pidal, en alpargatas.

Solo el vínculo que resulta de una historia de amor como la de Pidal con Picos explica la pasión con la que aquel hombre, el hijo más heterodoxo de Alejandro Pidal y Mon, subió a defender el catorce de junio de 1916 su propuesta de legislación en torno a la protección de espacios naturales únicos y pintorescos. Sería la primera de este tipo en España, si descontamos el hecho, también aludido por el marqués en su discurso, de que ya las leyes desamortizadoras, medio siglo antes, habían censurado la venta a particulares de los montes de haya, pino o roble. El monte sufría de la avaricia de sus propietarios cuando, al tenerlos, sus árboles valían más talados que en pie o sus tierras más ralas por el fuego que pobladas, que vivas.

Las intenciones de Pedro Pidal eran medioambientales -aunque él mismo, porque nadie está libre de contradicciones, fue un buen cazador de rebecos y osos-, pero supo venderlas bien. Arrancó su discurso poniendo como ejemplo de buena gestión al primer país que había promulgado en el mundo una Ley de Parques Nacionales, Estados Unidos consiguiendo, con ello, la unión «por derecho» de un país que, tras la guerra, necesitaba limar asperezas entre ambos bandos. Yellowstone y Yosemite, aseguraba Pidal, habían sido el catalizador de la unión. Pero seguía: todo redundaría, además, en el beneficio económico de atraer a los turistas a los monumentos naturales del país, favoreciendo el acceso a los mismos, evitando su deterioro y ofreciendo alojamientos en los alrededores. Aquel día, el Senado votó unánimemente. Pocos meses después, Alfonso XIII rubricaba una ley que situaba a España a la cabeza de Europa: ningún país del Viejo Mundo, ni siquiera los que, como Suecia y Suiza, ya tenían parques nacionales, había legislado al respecto.

Su discurso

En su discurso de defensa de la ley de Parques Nacionales, Pedro Pidal no quiso dejar de mencionar a los Picos de Europa, el espectacular entorno en el que él -lo aseguró, años después, en el epitafio que dejó escrito para ser enterrado en el Mirador de Ordiales- había conocido «la felicidad de los Cielos y de la Tierra, allí donde pasé horas de admiración, emoción, ensueño (...) Allí donde adoré a Dios». Y Picos, junto a Ordesa, sería, en el verano de 1918, el primer Parque Nacional constituido bajo la nueva ley. Por aquel entonces, el espacio protegido se circunscribía a la Montaña de Covadonga. Se amplió posteriormente: en el año 1995 se convirtió en el mayor de España y veinte años después, en 2015, se incorporó aún más terreno.

Por mérito propio o por deferencia al impulsor de la ley, la cuestión es que mes y medio más tarde de su declaración como Parque Nacional, el paraíso terrenal que rodea al legendario sitio de Covadonga recibió su inauguración de la mano de los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg. Fue el 8ocho de septiembre de 1918, haciendo coincidir la fecha con el día en que los monarcas se acercarían también a presidir los actos de la coronación canónica de la Virgen de Covadonga, la Santina. Después de comer en el Hotel Pelayo y habiendo arrancado el día con las misas en torno a la Santina, Alfonso y Victoria Eugenia se allegaron a las inmediaciones junto a Francesc Cambó, en aquel momento Ministro de Fomento, que aprovechó la ocasión para pronunciar un sentido discurso sobre la necesidad de «una nueva Reconquista (...) no en extensión, sino en profundidad; no luchando contra moros sino contra todos los defectos y vicios nacionales». Lo hizo sin necesidad de papeles, a viva voz; inspirado, reconocería, como nunca. ¿Tendría que ver la belleza incomparable de los Picos de Europa?

Por lo demás, la ceremonia fue sencilla. El rey plantó, o más bien ayudó a plantar al guarda de montes Marceliano Carrandi, un roble que hoy no existe, muerto prematuramente nadie sabe ya por qué. Cien años después, pudiera ser el Día de Covadonga una buena ocasión para sustituirlo por otro de mejor futuro en esa tierra en la que descansan hoy los restos de Pedro Pidal, marqués de Villaviciosa, «bajo los húmedos helechos que reciben el agua de los Picos, arrimado a esa roca enmohecido por los vientos fríos...». Tal fue el deseo -tumba y epitafio- de un asturiano universal.

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