El Niemeyer pagó a través de facturas falsas al exdirector de producción, que cobraba el paro

Con la declaración de Marc Martí concluyeron las intervenciones de los cinco acusados. / POOL
Con la declaración de Marc Martí concluyeron las intervenciones de los cinco acusados. / POOL

Marc Martí explica que fue su retribución como colaborador externo, antes de firmar un contrato por 80.000 euros anuales

Cristina Del Río
CRISTINA DEL RÍOAvilés

Marc Martí, exdirector de producción cultural del Centro Niemeyer, reconoció ayer que se giraron facturas falsas como pago a sus servicios como colaborador externo porque él estaba en ese momento cobrando un subsidio por desempleo. Se trata de una factura por valor de nueve mil euros remitida por la empresa Artesanos Vilafortuny a la Fundación Centro Niemeyer por unos marcos que no fueron tales, sino que correspondían a unas obras realizadas en casa de sus padres.

Martí, que se enfrenta a una pena de un año y seis meses de prisión como cómplice en un supuesto delito de malversación, aclaró que fue en febrero de 2010 cuando firmó un contrato de trabajo con el Centro Niemeyer con unos emolumentos de 80.000 euros al año, una cantidad que consideró ajustada a las responsabilidades y la carga de trabajo que asumía, a pesar de que nunca había cobrado tal cantidad en ninguna otra empresa. Especificó que ese contrato era, en realidad, de «falso autónomo» al igual que el de Piedad González, colaboradora de la primera etapa ya fallecida. Indicó que la estructura de trabajadores de la Fundación era mínima y solo incluía a Natalio Grueso, a Joan Picanyol, subdirector del Centro, y a Pedro Zuazua, responsable de comunicación.

Según explicó ayer, en la sexta sesión del juicio por el 'caso Niemeyer' celebrada en la Sección Tercera de la Audiencia Provincial, la retribución a través de estas facturas fue la «solución» encontrada para gratificar sus servicios profesionales. La propuesta quedó recogida en un correo electrónico enviado por el que entonces era subdirector del centro, Joan Picanyol, escrito en catalán y traducido ayer por el acusado al plenario. En el mismo le propone que sea «colaborador externo» y le insta a buscar la «fórmula para cobrar». Recalcó que las facturas fueron «un favor» que la empresa Artesanos Vilafortuny le hizo a él «personalmente», a pesar de que no conocía a nadie en la misma. Su única relación era a través de sus padres.

En 2009 compatibilizó sus colaboraciones para el Niemeyer con la organización de un festival de cine en Roma, un trabajo sufragado por sendas becas, una de ellas del Ministerio de Cultura. Instalado en la capital italiana, constan catorce viajes a costa del Niemeyer entre el 30 de abril y noviembre de 2009 que justificó por su trabajo para el centro y que trató de explicar a la mínima oportunidad. «No estamos cuestionando su trabajo», le había recordado previamente el Ministerio Fiscal tratando de ir al grano en las respuestas.

Sobre una factura de 133 euros procedente de un viaje personal con su familia a Nueva York y girada al Niemeyer cree que pudo tratarse de un «error». Al menos, no encuentra otra explicación habida cuenta de que la factura de hotel, por valor de algo más de cinco mil euros, la abonó de su cuenta y no entiende a qué concepto puede pertenecer una cantidad tan exigua en un viaje de esas características.

Marc Martí también tuvo que acreditar la presencia de otros acusados en algunos viajes y valorar si había sido necesaria la del agente de viajes, José María Vigil, en alguno de ellos. En su opinión, sí. No pudo, sin embargo, explicar quién era la mujer que viajó en un vuelo contratado por él. Tal como habían explicado otros acusados, él podía encargar viajes previa autorización de Natalio Grueso y no descartó que la mujer por la que le preguntaban pudiera ser una invitada a alguno de los muchos actos que se organizaron.

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Un diplomático, primer testigo

Ayer, por fin, comenzaron a declarar los testigos. El primero fue el diplomático Ramón Blecua, consejero cultural en la embajada española de El Cairo cuando por primera vez entró en contacto con Natalio Grueso. Explicó que no lo conocía, pero recibió una petición en la que se solicitaba su mediación ante la Biblioteca de Alejandría para que participar en un simposio cultural en Avilés del G-8, los ocho grandes centros culturales del mundo. Puesto que como agregado cultural esa era precisamente su misión, trasladó la invitación y él mismo viajó junto a la directora de la biblioteca a ese acto en Avilés.

Diplomático de carrera, trabajó un breve espacio de tiempo para el Niemeyer en comisión de servicios especiales, entre finales de 2010 y principios de 2011. Unas funciones por las que se le pagaba, según consta en la contabilidad del Niemeyer, 37.254 euros, muy lejos de los 110.000 euros anuales que recibía en El Cairo. «Yo no fui a la Fundación para ganar dinero, sino porque era un proyecto novedoso y un reto profesional», explicó al fiscal antes de reconocer que la fundación tenía «una forma poco habitual de pagar». Ni la periodicidad ni la cantidad era regular.

Indicó que su cometido, centrado en establecer relaciones culturales con Oriente Medio, exigía viajar y solo recordó dos ocasiones en las que Natalio Grueso echara para atrás esas misiones. Según dijo, por proyectos que todavía estaban en el aire.

Blecua tuvo que responder a numerosas preguntas sobre el papel de Judit Pereiro, exmujer de Grueso, en el Niemeyer. Contestó que realizaba labores de recepción y coordinación y que asistió y tomó notas en todas las reuniones de trabajo celebradas durante una estancia en El Cairo en la que los responsables del Niemeyer se entrevistaron con sus homólogos en diversas instituciones. «Me consta, por lo que me dijeron, que luego hacía el seguimiento de los contactos», afirmó. Uno de los éxitos del aquel trabajo habría sido la visita del actor Omar Sharif, quien cobra entre 200.000y 250.000 euros por bolo y que, al parecer, vino a Avilés porque el Niemeyer era un proyecto diferente y «fresco».

Señaló que «el staff del Centro Niemeyer era mínimo» para una «cantidad enorme de actividades» y añadió que «era sorprendente que el centro pudiera funcionar con tan poca gente».