Apoteósico concierto de Sokolov

Grigory Sokolov, ayer, en el Auditorio Príncipe de Felipe de Oviedo. / MARIO ROJAS
Grigory Sokolov, ayer, en el Auditorio Príncipe de Felipe de Oviedo. / MARIO ROJAS

El Auditorio de Oviedo volvió a rendirse ante la magia y el talento del pianista ruso

RAMÓN AVELLO

Sokolov entra en el escenario por la puerta lateral; el público en penumbra aplaude cálidamente, pero el pianista no se inmuta y apenas saluda. Se dirige al piano maquinalmente, casi como un zombi, como si el instrumento le hubiese embrujado, y sin dar tiempo a que los aplausos terminen, se pone a tocar. Entonces comienza ese milagro de la música, que hace que el hipnotizado ya no sea el pianista, sino el público. Esta es la liturgia con la que se inicia los recitales de este monstruo del piano, que ayer volvimos a ver y escuchar en el Auditorio Príncipe Felipe. En la sexta ocasión en que Sokolov tocaba en las Jornadas de Piano ovetense, el Auditorio estaba abarrotado de un público muy acatarrado; no había cadencias o pianissimos en los que no se escuchasen un contrapunto de toses.

La magia que Sokolov ejerce sobre el espectador no está ni en el virtuosismo, ni en la técnica interpretativa, ni en la fidelidad estilística, sino en una suma de cualidades que hacen que la forma de transmitir lo que se interpreta sea única. La riqueza inusitada de timbres, de colores, que sabe extraer del instrumento, la subjetividad interiorizada de los tiempos, nunca caprichosos, la infinidad de matices, especialmente en las sonoridades suaves, o la articulación y fraseo envolvente, global, son algunas de sus cualidades, puestas siempre al servicio de un ideal extremadamente expresivo, apasionado y directo. La suma de todo ello produce un efecto fascinante, único e irrepetible.

El concierto comenzó con la 'Sonata N.º3, en do mayor', de Beethoven, obra dedicada a Haydn y cuya escritura rezuma clasicismo en los cuatro tiempos. Sin embargo, la versión de Sokolov fue muy prerromántica, muy intimista y en algunos tiempos como en el adagio, contemplativa y casi como etérea. Sokolov tiene un pianissimo exquisito, casi mezclado con el silencio pero audible.

Beethoven definió a sus colecciones de bagatelas como «pequeñas cosas», apuntes libres de forma y concentrados de expresión. Sokolov interpretó las 'Once bagatelas', Op. 119, segundo cuaderno de estas breves piezas. La versión fue como si fuesen 'momentos musicales' schubertianos, muy variados, con unos timbres que parecían como campanillas y algunas como la última de una gran hondura expresiva.

La segunda parte estuvo dedicada a las últimas piezas para piano de Brahms, las 'Klavierstuck', Op. 118 y Op. 119. Fue un Brahms muy crepuscular, muy intimista y muy polifónico, entresacando toda las melodías internas en los registros medios del piano. Especialmente el intermezzo número número 6 en el que se cita 'Dies irae' tuvo un componente fuertemente trágico.

Sokolov es parco en palabras, ni concede entrevistas ni se dirige al público, pero generoso en propinas. Me recuerda al pianista del que habla Papini en 'Gog', que una vez sentado en el piano, no sabe parar. Las propinas son una tercera parte, improvisada y variada, del programa. Hubo seis, empezando por un impromptu de Schubert, tocado con infinita delicadeza, y dos piezas de Rameau, con articulaciones en las que el piano recordaba la sonoridad del clavecín, entre otras. Terminó con un preludio intemporal de Debussy, el famoso 'Pasos en la nieve'. El público le despidió puesto en pie con una laguísima ovación.