«Estamos preocupados por los escándalos que parecen no tener fin en la Iglesia»

El prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, ayer, en el altar mayor de la Catedral de Oviedo. /
El prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, ayer, en el altar mayor de la Catedral de Oviedo.

El cardenal Angelo Becciu dice en Oviedo durante la beatificación de los nueve mártires asturianos que necesitan «curas honestos que no causen turbación al pueblo de Dios»

AZAHARA VILLACORTA OVIEDO.

La Iglesia católica sufre su particular martirio con los casos de pederastia que no dejan de salir a la luz alrededor de todo el planeta y, ayer, el cardenal italiano Angelo Becciu entonó el 'mea culpa' en una Catedral de Oviedo abarrotada por los más de dos mil fieles llegados desde toda Asturias para asistir a la ceremonia de beatificación de los nueve seminaristas mártires que murieron «por odio a la fe» entre 1934 y 1937. «Todos estamos preocupados por los escándalos que parecen no tener fin», aseguró el enviado del Papa Francisco, que dedicó parte de su homilía a lanzar un llamamiento a la grey: «Necesitamos sacerdotes, personas consagradas, pastores generosos, como estos mártires de Oviedo. Necesitamos sacerdotes honestos e irreprensibles que lleven las almas a Dios y no causen sufrimiento a la Iglesia ni turbación al pueblo de Dios».

Becciu, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, presidió una ceremonia cargada de solemnidad y de emoción que se prolongó durante más de dos horas arropado por 156 sacerdotes y nueve obispos encabezados por Jesús Sanz Montes y Ricardo Blázquez. Entre ellos, los asturianos Atilano Rogríguez (titular de la Diócesis de Sigüenza-Guadalajara), Juan Antonio Martínez Camino (sierense de Marcenado y prelado auxiliar de Madrid) y el moscón Juan Antonio Menéndez, obispo de Astorga, salpicado también por los escándalos en su propia Diócesis y designado por la Conferencia Episcopal como responsable de la comisión antipederastia creada por la Iglesia católica española para prevenir y proteger de los abusos sexuales a menores dentro de la institución.

«Apenas unos niños» -recordaban sus familiares- eran también Ángel Cuartas Cristóbal, Mariano Suárez Fernández, Jesús Prieto López, César Gonzalo Zurro Fanjul, José María Fernández Martínez, Juan José Castañón Fernández, Manuel Olay Colunga, Luis Prado García y Sixto Alonso Hevia, todos ellos alumnos del Seminario Diocesano que, pasado el mediodía de ayer, se convertían en beatos tras un complejo proceso que se prolongó durante cerca de tres décadas.

Cuando fueron asesinados, el más joven tenía 18 años y el mayor, 25, como recordó el sacerdote Fidel González, relator de la causa de beatificación de los seminaristas, que fue el encargado de dar lectura de las circunstancias del martirio de cada uno de ellos justo después de que Sanz Montes comenzase pidiendo al purpurado que se dignase «a inscribir en el número de los beatos a estos venerables siervos de Dios».

Precisamente la lectura de la Carta Apostólica en la que el Papa Francisco inscribía en el libro de los beatos a los mártires junto a la imagen de los nueve proyectada en una gran pantalla -la Iglesia asturiana utilizaba por vez primera el formato digital en una ceremonia de estas características- dio paso al culmen de la celebración: la procesión con las reliquias de siete de ellos -los restos de dos jamás aparecieron-, que atravesaron la nave central del templo en el interior de la Caja de las Ágatas, que abandonó por un día la Cámara Santa para volver a su función original de relicario. Y lo hizo en manos del diácono Miguel Ángel Bueno y arropada por un grupo de seminaristas, mientras la Schola Cantorum de la Catedral entonaba el 'Himno de los Seminaristas Mártires', titulado '¿Quienes son y de dónde han venido?' y compuesto para la ocasión por su director, Leoncio Diéguez, con letra de la poeta Carmen Cerezo.

Un recorrido acompañado por las lágrimas de las familias y en el que las reliquias estuvieron rodeadas de laurel, signo de victoria e inmortalidad desde tiempos inmemoriales, y lámparas de aceite, una referencia a la luz que ha de ser la vida de los cristianos. Dos símbolos que representaban, además y sobre todo, «el triunfo glorioso del martirio» en plena Cuaresma.

También del color del martirio, el rojo de la sangre, estaba revestido el pedestal sobre el que fueron depositadas las reliquias para ser incensadas por Angelo Becciu, que en su homilía aseguró que «los nuevos beatos fueron víctimas de la violencia feroz marcada por una acalorada hostilidad anticatólica, que tenía como objetivo la eliminación de la Iglesia y, en particular, del clero».

«Para su perseguidores y asesinos, fue suficiente identificarlos como seminaristas para descargar sobre ellos su crueldad criminal, impulsados por el odio visceral contra la Iglesia y contra el cristianismo», dijo el prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos.

Nueve jóvenes que «siempre se mostraron decididos a seguir la llamada de Jesús, a pesar del clima de intolerancia» y que, «conscientemente», dieron «su vida por Cristo en las circunstancias trágicas ocurridas durante la persecución religiosa de los años treinta del siglo pasado».

Un mensaje -concluyó- que «habla a España y habla a Europa con sus comunes raíces cristianas. Ellos nos recuerdan que el amor por Cristo prevalece sobre cualquier opción y que la coherencia de vida puede llevar incluso a la muerte. Nos recuerdan que no podemos aceptar componendas con nuestra propia conciencia y que no hay autoridad humana que pueda competir con la primacía de Dios».

El 'Himno de Covadonga' y una ovación cerrada rindieron los últimos honores a estos nueve hombres que fueron «capturados y presa de la furia asesina revolucionaria» y con los que la Iglesia asturiana suma ya cuarenta y cuatro beatos y un santo: San Melchor de Quirós.

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