'La tabernera del puerto' conquista el Campoamor

Un momento de la representacón de 'La tabernera del puerto', que ayer se pudo disfrutar en el Teatro Campoamor de Oviedo. / ALFONSO SUÁREZ
Un momento de la representacón de 'La tabernera del puerto', que ayer se pudo disfrutar en el Teatro Campoamor de Oviedo. / ALFONSO SUÁREZ

La Temporada de Zarzuela de Oviedo se despide por la puerta grande con una aplaudida versión de la obra de Sorozábal

RAMÓN AVELLO OVIEDO.

Cuando desde algunas instancias de la política cultural se cuestiona la autonomía del Teatro de la Zarzuela y, por extensión, la independencia del genuino teatro lírico español, un gran espectáculo como 'La tabernera del puerto' es todo un alegato a favor de la zarzuela. El público que ayer abarrotó el Campoamor abandonaba el teatro entusiasmado, feliz, reconfortado tras algo más de dos horas y media de representación de este drama total que se vive en la zarzuela de Pablo Sorozábal, excepcionalmente bien planteado y resuelto. La función estuvo dedicada a la memoria de Begoña Pérez y Emilio Huerta 'Triqui', los dos concejales de Oviedo fallecidos recientemente.

Mario Gas, director de escena, lleva 'La tabernera' en los genes. Su padre fue el bajo Manuel Gas, para quien Sorozábal creó y amplió el papel de Simpson. Podemos intuir cierto afán de homenaje a ese mundo tan conocido por Gas, manifestado en la idea de realismo, veracidad, pero también poesía. 'Romance marinero en tres actos' se subtitula la zarzuela. Y Gas respeta y mima todo el libreto original, sin cortar en los hablados, como los tres actos originales. Sobre una escena de Ezio Frigerio, animada en el tercer acto con las proyecciones de Álvaro Luna, hay un trabajo muy bien elaborado de actores, especialmente a la hora de recitar el verso arromanzado, con fluidez y naturalidad. Es la primera vez que se respeta íntegramente todo el texto poético. Esta naturalidad se arropa también con movimientos muy bien ordenados de grupos y una escenografía realista. Prácticamente hay una escena única que recuerda a una plaza junto al mar, como podría ser, por ejemplo, un enclave de cualquier lugar entre Asturias y el País Vasco.

El asturiano Óliver Díaz, principal director musical del Teatro de la Zarzuela, entresaca toda la belleza e intencionalidad de una de las partituras maestras de la género. Al frente de Oviedo Filarmonía, llevó a cabo una dirección muy pausada, muy clara, bien subrayada tanto en los motivos que recorren la obra como en el motivo de Marola, el del mar o el que representa Juan de Eguía. Con contrastes dinámicos y muy atento a la proyección de la voz, nunca la orquesta tapa a los cantantes. El coro Capilla Polifónica Ciudad de Oviedo también tiene esa doble función, que canta detrás de la escena y que actúa creando tensión y movimiento.

Esta buena fortuna acompañó también a todos los intérpretes, desde los secundarios a los principales. María José Moreno hace una Marola de una gran carga lírica, muy solvente como actriz y, sobre todo, como cantante. Javier Franco, contundente, apasionado, con una gran fuerza interpretativa y algo que todos tenían en común: la naturalidad con la que recitaban. El tenor uruguayo Martín Nusspamer, que debutaba en el Campoamor, fue muy aplaudido en la romanza 'No puede ser'. Ante él se abre una carrera prometedora en Europa. Y Ernesto Morillo es un Simpson muy bien trabajado y especialmente cuidado con cariño por el bajo italiano. 'Despierta, negro' fue su momento estelar. Finalmente, Ruth González da vida con inocencia al personaje de Abel. Muchos aplausos para una versión excepcional de Óliver Díaz, un espectáculo bellísimo en la concepción escénica de Mario Gas.