Nairo Quintana se agarra a la cola del viento

Nairo Quintana, de verde en el centro de la imagen, durante el abanico que se formó camino de Guadalajara y agitó la general. /  EFE
Nairo Quintana, de verde en el centro de la imagen, durante el abanico que se formó camino de Guadalajara y agitó la general. / EFE

En una etapa loca a 50,6 kilómetros por hora, el colombiano se coloca segundo tras Roglic, que no estaba donde debía y agota a su gregarios

J. GÓMEZ PEÑAGUADALAJARA.

¡Que viene la etapa! La que va a ganar a lo bestia Philippe Gilbert. Los aficionados de Guadalajara miran el reloj. No lo creen. La Vuelta se acerca con más de una hora de adelanto. Corren hacia la meta. Se apresuran también las cámaras de televisión. A medio comer. Hay que adelantar el horario de la retransmisión de un día espectacular. Todos corren, pero nadie tanto como los ciclistas. A 50,6 kilómetros por hora, es la tercera etapa más veloz de la historia de la Vuelta (tras los 55,176 de Galdeano en Zaragoza en 2001 y los 51,566 de Stablisnki en Lérida en 1963).

Al ritmo de música de viento. La Vuelta se pone a bailar frenética. Salta en pedazos. Locura. La fuga es más grande que el pelotón. El Movistar ataca por delante con Quintana para alejarse de Roglic, líder acorralado por el aire y despistado. Y también ataca por detrás con Valverde para dejar al líder esloveno sin sus gregarios. Quieren desvestirle y quitarle el maillot rojo. Metros cúbicos de aire zarandean desde el primer kilómetro la etapa más larga. Los ciclistas se convierten en cometas. Vuelan sobre una jornada fantástica, tensa como un duelo a pistola.

Lo había avisado Valverde en la jornada de descanso: «Aquí puede pasar aún de todo y no sólo en la montaña». Algo tramaban él y su equipo. Quintana, que estaba ya sentenciado, resucitó al recortarle más de cinco minutos a Roglic y colocarse segundo en la general a 2 minutos y 24 segundos del líder, con su compañero Valverde pegado a 2.48 del esloveno. La etapa fue un abanico de 219 kilómetros, tan electrizante como agotadora. Y se dejará notar en la sierra de Guadarrama que viene. Roglic traga saliva.

En la única jornada sin puertos, los ciclistas fueron martirizados por el viento. Una ráfaga alborotó todos los planes escritos sobre la mesa. Sólo un estrategia se mantuvo pegada al suelo, la del Deceuninck, el equipo de Gilbert y del 'tractor', que así llaman al belga Declerq, un gigante. Agarró a otros seis compañeros del Deceuninck de la mano y los metió en el corte inicial. Quintana, más zorro que Valverde, olfateó el peligro. Vio nada más salir que De Gendt aceleraba. Se pegó a su rueda. Instinto.

El Movistar tenía como plan inicial mover a Valverde, pero improvisó. El colombiano dio los primeros relevos y el viento hizo el resto. Llegó el corte. La etapa iba a ser monumental con más de 200 kilómetros por cubrir. Un abanico gigante hacia la Alcarria. Roglic falló. Varios de sus gregarios estuvieron en el primer grupo. El líder, no. Ni él, ni Pogacar, ni 'Superman'. Ni Valverde, pero el murciano tenía delante a Quintana. «Hemos llegado a pensar que todo estaba perdido», admitió Niermann, director del Jumbo. «La situación ha sido crítica», resopló.

Como en Formigal en 2016

El Movistar tiró de un recuerdo, el de aquella etapa en Formigal que tras una ataque suicida de Contador le dio la victoria final en la Vuelta de 2016 a Nairo Quintana. Destrozaron a Froome y al Sky. El viento ataca como una cobra. Se levanta y muerde. Con saña. Quintana ya no tiene las mismas piernas pero sí buena memoria. De nuevo, el aire le sopló a favor.

Se metió con tres gregarios perfectos -Oliveira, Erviti y Rojas- en la fuga masiva que, empujada por el aire, aceleraba la etapa. El colombiano estaba a casi ocho minutos de Roglic en la general. Muy lejos. Pero el viento le acercó en un santiamén. Con él iban Kelderman, Knox y Pernsteiner, que también cogieron el botín de cinco minutos. «Ha sido una etapa grandiosa», resumió Quintana. «Esta Vuelta se puede ganar», animó Valverde.

El viento no espera. El Jumbo de Roglic naufragó en esta tormenta transparente. Perdieron el pulso en la persecución. En la fuga tiraban el Decenicnk, el Movistar y el Sunweb. La ventaja subió a los seis minutos. A fuego. El velocímetro superaba los 60 kilómetros por hora. El látigo no cesaba. «Ha sido la etapa más dura de la Vuelta», dijo David de la Cruz.

El objetivo, aislarlos

«Esta carrera es imprevisible», asumió Roglic. «Ha sido un día muy duro para mi equipo y para mí, pero también para los demás», apuntó. Sigue confiado, pese a que Quintana se haya sumado a su lista de adversarios. El Movistar recupera sus dos bazas. «Tácticamente, nuestras situación es perfecta», avisó Valverde.

La sierra de Guadarrama, con los puertos de Navacerrada, Morcuera y Cotos donde tantas sorpresas se han dado, les espera. «Yo no he pasado ni una vez al relevo», recalcó Valverde, que confía en rentabilizar en la montaña madrileña la fatiga que repartió el viento camino de Guadalajara. Y allí, en la meta sorprendida por la velocidad de la etapa, los aficionados llegaron sin aliento para ver cómo Gilbert le ponía el precinto perfecto a una jornada de semejante tamaño.

Su arrancada precipitó la detonación del más rápido del grupo, Sam Bennett. Por alcanzar a Stybar, el irlandés tuvo que apretar la palanca del sprint a 600 metros del final. Un abismo. Casi ni llega. Y Gilbert, el esperado, el ganador en Bilbao, laminó a Bennett como si nada. «Ha salido redondo», declaró el belga. Dijo algo más: «Esta etapa es histórica. Ha sido una contrarreloj de 200 kilómetros. Increíble. En la jornada que viene le van a doler las piernas a muchos». Y viene Guadarrama.