Ferrera y Lorenzo, a hombros

Lorenzo, con la muleta en la derecha, volvió a triunfar en El Bibio por segunda tarde consecutiva. / FOTOS DAMIÁN ARIENZA

El balear criado en Extremadura y el triunfador del miércoles cortaron una oreja a cada uno de sus toros | Paco Ureña se estrenó en El Bibio sin tocar pelo

JOSÉ ANTONIO RODRÍGUEZ CANAL

Sigue la racha de salidas a hombros de los capitalistas. Que no decaiga. Ayer les tocó a Antonio Ferrera y a Álvaro Lorenzo en la Feria Taurina de Begoña. El balear criado en Extremadura se encontró con que su primer enemigo huía de los capotes. Le endilgaron una vara al astado sin que se empleara en el caballo y, después de que Fernando Sánchez prendiera un buen par de banderillas, el diestro comenzó el trasteo por el lado derecho, en tandas de redondos templadas, con mando, aprovechando así la embestida franca, pastueña, del Montalvo, que humillaba y se comía la muleta de Ferrera. Siguieron unos naturales de mano baja, desmayados; otros de tono menor y más pases con la diestra sin la ayuda del estoque. En conjunto, una faena más que notable.

El cuarto de la tarde salió al ruedo con el pitón derecho astillado y pasó el trámite del primer tercio con un picotazo. Luego se quedaba corto por el lado derecho y no le sobraban las fuerzas. Ferrera elaboró una faena de muleta heterodoxa, mezcla de efectismos con fases de la máxima pureza en el toreo al natural; pases agarrado a los costillares de la res, para goce de la parroquia no iniciada, y otros en que la zurda del diestro alcanzó la mejor expresión de mando y temple en la ejecución de la suerte. El bajonazo con que dejó al burel para el arrastre, después de torear de nuevo en redondo, con brillantez, sin ayudarse del estoque, no enfrió el ánimo de la parroquia, que pidió y consiguió para Ferrera un nuevo apéndice auricular, equivalente al pasaporte para abandonar la plaza a recostín de los jornaleros.

Le acompañaría luego en el traslado Álvaro Lorenzo, que el día anterior ya había tenido el gusto de salir del coso en ese medio de locomoción. La faena al tercer toro del encierro, despachado con un puyacito de nada en el primer tercio; de embestida noble, aunque calamocheaba en algunas fases y evidenció flojura de remos, tuvo altibajos manifiestos. Junto con enganchones al rematar los pases, hubo naturales, sobre todo, y algún redondo suelto, de excelente factura. Para la galería, un final con vulgares circulares de espaldas y bernadinas (de Joaquín Bernadó, el torero catalán, que una vez retirado reconoció que no era el creador de ese pase de adorno, que se lo había copiado a Miguel Ortas). Y hubo oreja de premio. El sexto salió abanto y con el pitón derecho escobillado. Fue picado de manera indecorosa, fuera de sitio el varilarguero, entre las dos rayas. La autoridad no debería consentir estos abusos. Lorenzo empezó su labor con la flámula a base de preciosos ayudados por bajo para irse hacia los medios con el astado. Luego se lo pasó con hondura por el lado derecho, embebida la res en los vuelos de la muleta. Bajó de calidad después el trasteo con la diestra, para subir de nivel en el toreo al natural. Y como se mostró resolutivo con la tizona, otra oreja y el salvoconducto para salir del coso por la puerta principal.

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Decepcionó Paco Ureña, nuevo en la plaza. El primero de su lote fue devuelto tras ser banderilleado y lesionarse durante la lidia, circunstancia que, según las normas vigentes, exime de la obligación de sustituirlo. No sobraría que la intendencia empresarial, además de pañuelos blancos para pedir orejas, repartiera resúmenes del reglamento taurino, al objeto de que el respetable salga de su ignorancia y no fuerce a la presidencia a incumplir lo mandado. El sobrero salió abanto, huía de los capotes. Dos picotazos, y a otra cosa. Faena de muleta del debutante con abuso del pico y abundancia de enganchones, casi siempre despegado y perfilero el diestro, que después de unas manoletinas como adorno finiquitó la tarea de una estocada muy caída. Como desistió de hacer uso del descabello, permitió el espectáculo innecesario y desagradable de una prolongada agonía del toro, escena magnífica para uso de los antitaurinos, como los que en corto número, pero con manifiesta fuerza vocal, protestaron ante la plaza antes del comienzo de la corrida. El quinto de la tarde se salió suelto en sus dos entradas de saludo, sin molestar, al caballo. Era un mansote huido, que cabeceaba ante la muleta de Ureña. Entre que lo molestó el viento y que citaba al hilo del pitón, el diestro estuvo lo contrario de lo que se dice bien, excepción hecha de algún natural suelto. Después de unos mantazos finales, para despenar a su enemigo necesitó un pinchazo (con apuros, tuvo que tomar el olivo) una estocada en mal sitio y tres descabellos. Oyó dos avisos y estuvo a punto de caer el tercero. Una despedida poco airosa. Otro año será. O no.