Muere Eduard Shevardnadze, uno de los artífices del final de la Guerra Fría

Eduard Shevardnadze. /
Eduard Shevardnadze.

Fue expresidente de Georgia y exministro de Asuntos Exteriores de la Unión Soviética

RAFAEL M. MAÑUECOCORRESpONSAL EN MOSCÚ

Eduard Shevardnadze, fallecido en Tiflis a la edad de 86 años, posibilitó la caída del muro de Berlín, la emancipación de los países del Este, la reunificación de Alemania y la política de distensión y desarme de la era de Mijaíl Gorbachov. Fue una de las referencias del movimiento democrático en la Unión Soviética (URSS). Su dimisión al frente del Ministerio de Exteriores, en diciembre de 1990, fue premonitoria. Shevardnadze abandonó entonces a Gorbachov por que el país iba "hacia una dictadura". Él fue el primero que vaticinó el golpe de Estado de agosto de 1991.

Eduard Ambrósievich ingresó en las juventudes comunistas en 1948 y, veinte años más tarde, era ya ministro de Interior de la república soviética de Georgia. En 1972 se convirtió en el primer secretario del PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética) en Georgia, la máxima autoridad republicana, e ingresó en el Comité Central, el gran cónclave de la cúpula comunista, cuatro años más tarde. Gorbachov le nombró ministro de Exteriores en sustitución del legendario Andréi Gromiko y le hizo miembro del Buró Político, el máximo órgano de poder de la URSS.

El nombramiento como jefe de la diplomacia soviética, según admitió el propio Shevardnadze, fue para él una auténtica sorpresa. Nadie imaginaba a un georgiano sin ninguna experiencia en asuntos internacionales como responsable de Exteriores. Se dijo entonces que Gorbachov necesitaba a un hombre que inspirase confianza para convencer al mundo de que la URSS estaba dispuesta a desarmarse y a poner fin a la Guerra Fría. El Kremlin cambió la destreza, frialdad y veteranía de Gromiko por la afabilidad y simpatía de Shevardnadze. Gorbachov ayer recordaba estas cualidades y también su "enorme talento como político".

Con Shevardnadze cambió totalmente el panorama de las relaciones entre Moscú y Occidente. Su contribución fue decisiva para neutralizar a quienes dentro de la URSS clamaban por acudir en ayuda de Sadam Hussein cuando sus tropas fueron obligadas a abandonar Kuwait. En diciembre de 1990, Shevardnadze dejó a Gorbachov renunciando a su cargo de jefe de Exteriores. Denunció un inminente golpe de Estado. Y no se equivocó. Un mes antes de que se produjera la intentona golpista, Shevardnadze se deshizo del carné del Partido Comunista. Después volvió a ser nombrado ministro de Exteriores pero durante poco más de un mes. En diciembre de 1991, la URSS dejaba de existir.

El exministro creó después un fondo de estudios internacionales y, junto con el carismático Alexánder Yákovlev, el ideólogo de la perestroika, organizó el llamado Movimiento Democrático por las Reformas. Se llegó a barajar su candidatura para la secretaría general de la ONU. Pero no continuó mucho más tiempo fuera de su tierra natal. En marzo de 1992 fue invitado a regresar a Georgia para hacerse cargo de la Presidencia. Llegó a un país destrozado tras una guerra civil, sumido en una grave crisis económica y carcomido por la corrupción y la delincuencia. Él mismo reconoció que se enfrentaba a un gran desafío. "Quizá se trate de la etapa más difícil de mi vida". Y tampoco aquí se equivocó. Atentaron contra su vida en tres ocasiones, tuvo que hacer frente a dos guerras separatistas, la de Abjasia y la de Osetia del Sur, y nunca consiguió rehacer la economía del país. Las relaciones con Rusia pasaron por momentos críticos.

Su incursión por la política terminó definitivamente en noviembre de 2003, cuando tuvo que dimitir bajo la presión de la 'Revolución de las Rosas', levantamiento popular encabezado por Mijaíl Saakashvili, quien le sustituiría como presidente. "Veo que sin sangre esto no le hubiese resuelto y por eso he preferido deponer mis poderes", reconoció entonces Shevardnadze.

Moscú, que no hizo nunca mucho por ayudarle, se quejó de su caída e hizo después la vida imposible a Saakashvili. En sus últimos años, el legendario jefe de la Diplomacia soviética vivió en Tiflis dedicado a escribir sus memorias. La enfermedad que ha acabado con su vida la arrastraba desde hacía tiempo.

 

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