Un líder de puño y rosas

Alfredo Pérez Rubalcaba/Reuters
Alfredo Pérez Rubalcaba / Reuters

Despertó amor y odio tanto entre sus compañeros como con sus rivales, pero en su adiós tuvo el reconocimiento general

Ramón Gorriarán
RAMÓN GORRIARÁNMadrid

«Hemos aprendido mucho de él». El portavoz del PP en el Congreso, Alfonso Alonso, se expresaba en estos términos el 26 de junio de 2014, el día en que Alfredo Pérez Rubalcaba entonó en el Congreso su adiós a la política. Los diputados, sin excepción, premiaron con una cerrada ovación al que durante 21 años fue su colega de bancada. Un mes después, en el congreso del PSOE que entronizó a Pedro Sánchez, se despidió de sus compañeros: «Abandono la primera línea de la política pero nunca abandonaré mi compromiso político. Y nunca es nunca. El PSOE será mi partido hasta el final de mis días. ¡Hasta el final de mis días!». La catarata de elogios fue apabullante. «En España se entierra muy bien», dijo entonces con una retranca muy suya.

Fueron dos momentos emotivos, en las que un llorón como él tuvo que pelear para que las lágrimas no afloraran. Es un tópico, pero con su regreso a dar clases de química orgánica en la Universidad se fue una parte de la historia del PSOE porque desde que en 1992 se coinvirtió en ministro de Educación con Felipe González estuvo en todas las salsas que se cocinaban en el partido y en la Moncloa. Al principio, como ayudante, al final, como chef. En el Gobierno, fue secretario de Estado, ministro en tres carteras y vicepresidente; en el Congreso, diputado y portavoz parlamentario; en el partido, se afilió en 1974, llegó a secretario general. Siempre la misma trayectoria, desde la base hasta llegar a la cúspide.

Pero no fue un personaje seráfico ni un paradigma de la bondad política. Apuñaló, en término político, se entiende, a muchos, eso sí, con una sonrisa. Despertaba amores y odios entre compañeros y rivales, y no necesariamente por ese orden. Pero eran sensaciones que el tiempo casi siempre se encargaba de borrar. En las distancias cortas se hacía querer, y más de uno que lo catalogaba con la etiqueta de «reverendo hijo de puta», la cambiaba tras una conversación por la de «qué malo es».

Segundo plano

Taimado, rasputín, astuto... Agotó el catálogo de calificativos referidos a sus habilidades desde las bambalinas de la política. Era así, de segundo plano. «Onésimo», le llamaban. Un apodo, cuyo padrinazgo se atribuye a Felipe González, que hacía la analogía con el jugador del Real Valladolid, Rayo Vallecano y hasta del Barça, maestro en el regate corto, pero sin remate a gol. Se lo sabía todo de su partido, dominaba los reglamentos y conocía los recovecos del poder y la oposición. Experto en muñir acuerdos, urdía los pasos de las operaciones políticas, pero era otro el que tenía que darlos. Táctico, pero no estratega.

Hasta que le llegó la hora de ser el protagonista en medio del desastre. Hace ocho años fue el candidato a la Moncloa. En su currículo faltaba ser presidente del Gobierno, pero fue un intento condenado al fracaso. Presentarse con la herencia de Zapatero y la crisis como carta de presentación fue más un servicio al partido que una opción real.

Tampoco pudo pacificar a un PSOE en el que ya bullía Susana Díaz y otros no escondían sus aspiraciones. Se fue tras perder unas europeas. Era una excusa. Se sentía incapaz de controlar el partido, era débil en el terreno en que había sido el más fuerte. Sus alumnos salieron ganando.