El duro relato de un padre adicto al trabajo tras perder súbitamente a su hijo

La familia de J. R. Storment con el pequeño Wiley, a la derecha./
La familia de J. R. Storment con el pequeño Wiley, a la derecha.

«El trabajo necesita tener un equilibrio que rara vez he vivido. Es un equilibrio que nos permite ofrecer nuestros regalos al mundo, pero no a costa de nosotros mismos y de la familia»

EL COMERCIO

El empresario J.R. Storment ha publicado en su LinkedIn una reflexión que ha removido las conciencias de muchos padres. En ella invita a repensar cuánto tiempo pasan los padres con sus hijos y cuánto en el trabajo después de la muerte repentina de su hijo de 8 años.

«Abraza a tus hijos», aconseja Storment a todos los padres que leen su texto. También les dice: «No trabajes demasiado. Te arrepentirás de haber invertido ese tiempo en otras tareas una vez ya no lo tengas. Supongo que tienes reuniones con muchas personas con las que trabajas. ¿Tienes programadas regularmente esas mismas citas con tus hijos? Si hay alguna lección que sacar de esto, es recordarles a los demás (y a mí mismo) que no se pierdan las cosas que importan».

J.R. Storment y su mujer Jessica fueron padres hace ocho años de gemelos. Justo cuando nacieron los pequeños Oliver y Wiley, él cofundó su compañía. Desde entonces, reconoce que no se había tomado más de una semana libre de vacaciones.

Este ritmo de vida se vio trastocado el pasado mes de agosto cuando Wiley falleció de forma repentina. Todo empezó con un llamada de su mujer. «Mi esposa y yo tenemos un acuerdo: cuando uno de los dos llama, el otro contesta», explica Storment. Así el empresario contestó, en medio de una reunión, a la llamada de su mujer. «Su respuesta fue fría e inmediata: J.R., Wiley está muerto», le dijo. Lo descubrió cuando acudió a su cuarto a despertarle.

Salió de la oficina directo a casa y cuando llegó se encontró con los servicios de emergencia y policía. «Corrí directamente hacia la habitación que comparten los chicos pero los agentes me bloquearon el camino», recuerda. Los investigadores estaban analizando la escena y el médico forense estaba haciendo su trabajo.

«Pasaron más de dos dolorosas horas antes de que pudiera ver a mi hijo», explica. Una vez terminaron, le permitieron pasar al cuarto. Wiley, de 8 años, estaba en la cama tumbado, como si siguiera durmiendo. «Me acosté junto a él en la cama que amaba, le cogí la mano y repetí: '¿Qué pasó, amigo? ¿Que pasó?'. Nos quedamos junto a él durante unos 30 minutos y le acariciamos el cabello antes de que regresaran con una camilla para llevárselo», escribe.

El médico forense estimó que el pequeño llevaba muerto unas 8-10 horas desde que su madre fuera a despertarlo, por lo que Wiley murió en las primeras horas de la noche.

Epilepsia

El pequeño falleció por una muerte súbita e inesperada de epilepsia (SUDEP). «El año pasado -recuerda Storment -, Wiley fue diagnosticado con una forma leve de epilepsia llamada epilepsia infantil benigna que es común en niños de entre 8 y 13 años. Se llama 'benigna' porque generalmente se resuelve solo en la adolescencia. A Wiley solo le hemos visto sufrir un ataque epiléptico. Y fue hace unos 9 meses», explica.

Todos los pediatras y neurólogos que le vieron aseguraron a la familia que no había de qué preocuparse. «Tenía el 'mejor' tipo de epilepsia y debíamos dejar que siguiera su curso», escribe, pero asegura que nadie les dijo que existía la muerte súbita e inesperada en la epilepsia.

«Es impredecible e irreversible una vez comienza. Puede estar relacionado con una convulsión, pero muchas veces el cerebro simplemente se apaga», explica el empresario. Tan solo se ven afectados 1 de cada 4.500 niños con epilepsia. «A veces formas parte de la estadística», escribe Storment.

«La tarde anterior fue normal», recuerda el progenitor. Wiley se encontraba bien y pasaron una buena tarde rodeados de amigos que acudieron a casa a cenar y estrenaron el trampolín que habían comprado semanas antes. Incluso esa misma noche, fue Storment quien le acostó y le atendió cuando, minutos después, se despertó y le dijo: «Papá, no puedo dormir».

La una muerte súbita e inesperada de epilepsia afecta a 1 de cada 4.500 niños. «A veces formas parte de la estadística», escribe Storment

«Se escuchaba la música de la fiesta de un vecino. Lo acompañé de nuevo a su habitación y cerré todas las ventanas. Dijo que eso era mejor. Tuvimos otro abrazo rápido. Luego me fui a la cama para siempre. A la mañana siguiente me desperté. Tuve varias reuniones consecutivas, hice un viaje, atendí varias llamadas y regresé a mi oficina. Nada de eso me parece tan importante ahora. Me fui esa mañana sin decir adiós o mirar a los chicos», escribe.

Fruto de su experiencia, este padre aconseja a las familias anteponer la vida familiar a la laboral. Y aunque reconoce que se ha planteado no volver a trabajar, él considera que «el trabajo es amor hecho visible» (Kahlil Gibran). Pero reflexiona: «El trabajo necesita tener un equilibrio que rara vez he vivido. Es un equilibrio que nos permite ofrecer nuestros regalos al mundo, pero no a costa de nosotros mismos y de la familia».

Así a modo de ejemplo, cuenta: «Mientras estaba sentado escribiendo esta publicación, mi hijo vivo, Oliver, vino a pedirme permiso para jugar a la consola. En lugar de decir el habitual 'no', dejé de escribir y le pregunté si podía jugar con él. Estaba felizmente sorprendido por mi respuesta y nos conectamos de una manera que antes me habría perdido. Las cosas pequeñas importan. El lado positivo de esta tragedia es que he mejorado la relación que tengo con él».

Así, el empresario finaliza su texto lanzando un mensaje a quienes le lean: «Espero que de esta tragedia reconsideres cómo priorizas tu propio tiempo».