La tragedia del hotel Miami

La tragedia del hotel Miami
Temporal 1957 - Socavón en el Muro de Gijón.

Hace ahora sesenta y dos años, el temporal azotó Gijón con tanta fuerza que acabó llevándose por delante varios metros del muro de San Lorenzo y, en el conocido como «patio del Caleyu», la vida de un bebé de quince meses

ARANTZA MARGOLLES BERAN

En la noche del día de San Valentín del 57 la tragedia, como suele ocurrir siempre, se cebó con los más débiles. A escasos metros de la primera línea de San Lorenzo, en aquella España que comenzaba a abrirse tímidamente al turismo de sol y playa, languidecía el viejo Gijón de las casitas, modestas y humildísimas, del patio del Caleyu. Sobre la ciudadela, casi amenazante de puro inmenso, los andamios tras los cuales comenzaba a tomar forma el futuro hotel Miami -los más jóvenes lo conocerán bajo el nombre que tuvo desde 1974: el Príncipe de Asturias- se tambaleaban, amenazantes, aquella noche de vientos huracanados. La borrasca ya había horadado, un día atrás, la tierra, aunque lejos: un socavón de tres metros de largo, uno y medio de ancho y dos de profundidad, detrás de la iglesia de San Pedro, fue el preludio de una tragedia que, a pesar de todo, nadie se esperaba.

No asustaban, en Gijón, los temporales. O no del todo. Aquella noche del catorce de febrero los bomberos trabajaban sin descanso -el temporal, unido a las malas infraestructuras de muchas casas de la ciudad, generó más de quince conatos de incendio el día trece y al menos tres el catorce- y la gente, desafiando a la naturaleza, se agolpaba frente al Muro de San Lorenzo para poder ver en vivo y en directo el oleaje, de hasta cinco metros y creciendo. Pero en El Caleyu reinaba la paz. Coincidió -a veces es grata la casualidad- que la mayoría de los habitantes del patio, al menos los matrimonios más jóvenes y la chavalería, había salido aquella tarde de perros al cine, a una sesión que acababa a eso de las nueve y media. A las diez de la noche, en animada conversación, llegaron a El Caleyu, justo a tiempo para verlo caer.

La tragedia de El Caleyu

Sin solución, sin reparación posible. Ocurrió que uno de los andamios del Miami se derrumbó sobre las casas, arrastrando en la caída maderos y ladrillos que sepultaron literalmente la ciudadela, reduciéndola a escombros en cuestión de segundos. Al periodista de EL COMERCIO que acudió a cubrir el suceso, en medio de tanta desolación, le llamó la atención aquello que menos procuro estaba recibiendo por los desolados habitantes que, bien vestidos de fiesta o bien en paños menores, revolvían con sus propias manos las piedras entre la polvareda para rescatar a sus deudos. «Destacaba», escribió, «por su silenciosa expresividad, un palomar destrozado por las piedras. A su lado, una paloma, a quien no le dio tiempo de alzar el vuelo, estaba aplastada bajo unos ladrillos. Más allá, un conejo latía aún».

Fueron tres las viviendas deshechas por completo por el temporal y siete las personas que se encontraban dentro de ellas en el momento del derrumbe. Cinco -Cesárea F., Josefa A., Eduardo R., Isabel F. y María C.- acabaron en el hospital. Rafael G., de quince meses, no corrió tanta suerte. Aunque su abuela había intentado protegerle cubriéndole con su propio cuerpo, un golpe en la cabeza lo mató en el mismo instante del accidente y el deceso cubrió de luto la ciudad, en la que ya intentaba penetrar, a pesar de que el puerto permaneciera cerrado, el pesquero vigués «Arosa».

¡Aún dicen que el pescado es caro!

«¡Aún dicen que el pescado es caro!». El título del cuadro de Sorolla (1894), aunque ideado en origen por Blasco Ibáñez en su «Flor de mayo», viene al caso para las doscientas cincuenta cajas de pescado que vendió en Gijón, en los días siguientes al temporal, el «Arosa», que cuando comenzó la borrasca volvía a Galicia desde Irlanda, donde había ido al pescar al trío, y a cuyo patrón, Juan Fernández, lo entrevistó Arturo Arias un día después de la hazaña. Acompañado de un remolcador y de otros dos barcos, al pesquero, que nunca había pasado por Asturias, no le quedó más remedio que arribar a Gijón ante la expectación popular porque desde el trece de febrero navegaban en el mar en un barco que se movía «como papel de fumar».

A tenor de los efectos del temporal del 57 en Gijón, propios de una película de acción plagada de efectos especiales, no cuesta creerlo.

El Muro, partido en dos

Al socavón de San Pedro se unió, en la madrugada del catorce al quince, al más grande que haya conocido nunca la ciudad: un boquete de veinte metros de largo y diez de ancho -«Los socavones abiertos por el mar en el Muro de San Lorenzo son capaces de tragarse no un autobús, sino un par de ellos por lo menos», denunciaba EL COMERCIO el día 16- que se abrió, ante la atónita mirada de los curiosos que se agolpaban frente a la playa, a la altura de la calle Camilo Alonso, en plena madrugada. La tierra se tragó gran parte de la acera del Muro, varios faroles y hasta un jardincillo que se encontraba a cuatro metros de la barandilla a eso de las tres de la mañana, generándose con ello tal temblor que algunos vecinos, una en concreto residente en la Plazuela, llamaron a la redacción de EL COMERCIO para alertar de que un terremoto acababa de arrasar la ciudad.

Los daños, calculados en más de dos millones de pesetas, fueron asumidos por la Diputación tras la visita, el 19 de febrero, del gobernador civil a la ciudad. Días atrás, ya en portada de este periódico se asumía que las arcas municipales, exhaustas, no serían capaces de sufragar los gastos generados por un temporal que llegó a ser portada, días más tarde, del ABC. Quien lo vivió, hace ya sesenta y dos años, no lo olvida.