El crimen pasional de la calle de la Paz

El 12 de febrero de 1980 José Luis Pujades mató a su esposa y a su nueva pareja, y se suicidó«Fue un crimen horrible y dejó muy afectado al vecindario, que no tenía nada que ver con las víctimas, pero fue testigo de la masacre»

POR OLAYA SUÁREZGIJÓN.
Tragedia. Información publicada en EL COMERCIO el día posterior al macabro crimen. En las fotos superiores, los cadáveres de los dos hombres son trasladados a la morgue. Los restos mortales de la mujer se encontraban en el interior del coche./
Tragedia. Información publicada en EL COMERCIO el día posterior al macabro crimen. En las fotos superiores, los cadáveres de los dos hombres son trasladados a la morgue. Los restos mortales de la mujer se encontraban en el interior del coche.

Eloína no pudo iniciar una nueva vida. Apenas lo pudo intentar. Le acababa de pedir la separación legal a su marido, pero no sabía que ese iba a ser el principio de su fin. Él no lo aceptó de ninguna de las maneras y optó por la decisión más radical de todas las que podía tomar: la mató. Pero no sólo a ella. Hizo lo mismo con el hombre con el que había iniciado una nueva relación. Luego, se suicidó. Ocurrió el 12 de febrero de 1980. Hace 30 años. Fue el sonado crimen pasional de la calle de la Paz.

«Iba caminando por la calle y de pronto, cuando di la vuelta a la esquina, empecé a escuchar muchos gritos y sirenas. Enseguida supe que algo muy gordo había pasado. Cuando me acerqué vi varios cuerpos tirados en el asfalto, no entendía nada y toda la gente de alrededor estaba dando versiones de lo que había pasado. Era el caos total». Lo cuenta José Manuel Fernández, un gijonés que vivió de cerca el macabro episodio.

Ocurrió en plena calle, poco antes de las cinco de la tarde de un miércoles. La tragedia conmocionó al vecindario. El escenario fue casual. El asesino, José Luis Pujades, alcanzó allí a la pareja después de perseguirlos en coche desde un restaurante en la carretera antigua de Oviedo. El vehículo en el que viajaban Eloína Fernández Fernández y Antonio Huergo se detuvo en un semáforo. No iban solos. Les acompañaban el hermano de Eloína, su cuñada y sus dos sobrinos de corta edad.

Todo ocurrió muy deprisa. José Luis Pujades, el marido despechado, se bajó de su coche y se dirigió hacia el Renault 12 en el que viajaba la que aún era su familia. Llevaba en las manos una escopeta de caza de cañones superpuestos. Se acercó y disparó hacia el turismo sin que le temblase el pulso. Alcanzó a su cuñado en una pierna. Antonio Huergo, el que se supone que era el amante de su esposa, salió corriendo. No llegó muy lejos. Uno de los cartuchos le dio de pleno. El asesino volvió sobre sus pasos y con la culeta de la escopeta rompió la ventanilla trasera del coche. Allí estaba su mujer con sus sobrinos. La tiroteó a sangre fría. Luego, se alejó unos 30 metros y se disparó a sí mismo. La escena era dantesca.

Los que presenciaron el fatal suceso no daban crédito. Por entonces no se sabía qué era lo que había desencadenado la matanza, pero se conocían los resultados: tres muertos y un herido. Poco a poco, fue llegando la Policía y cientos de personas se arremolinaron en la calle. En menos de media hora prácticamente todo Ceares estaba al tanto de la desgracia de la calle de la Paz.

«De aquella ayudaba a mi tía en la panadería, que estaba muy cerca, en la calle del Poeta Alfonso Camín, y durante mucho tiempo no se habló de otra cosa. Todo el mundo decía que menos mal que se llamaba la calle de la Paz, que si se llega a llamar de la Guerra... lo que pasó fue muy gordo», rememora Geli Martínez Tuya.

Nuevo trabajo, nueva vida

Eloína tenía 41 años y había residido una temporada en Bélgica. A su regreso a Gijón empezó a trabajar como pantalonera en la empresa Confecciones Huergo, propiedad de Antonio Huergo, con el que según sus allegados acababa de empezar una relación sentimental. José Luis Pujades tenía 44 años y era analista de minerales en la factoría gijonesa de Ensidesa. El matrimonio, hasta su ruptura, había vivido en la calle de Torcuato Fernández-Miranda. Él parecía no aceptar la separación legal y se negaba a que su esposa estrechase vínculos con el que entonces era su jefe. Según se publicó en las páginas de EL COMERCIO durante los días posteriores al crimen, José Luis la había amenazado reiteradamente para que volviese a su lado. No aceptó. Preparó un plan. Metió la escopeta en el coche. Se enteró de que estaban comiendo juntos. Les esperó a la salida, les siguió y, cuando vio el momento, acabó con la vida de la incipiente pareja y con la suya propia. Además, dejó mudo al vecindario.