Una vida dedicada a crear

RAFA BALBUENA
Vicente Santarúa, artista, en la redacción de LA VOZ DE AVILÉS. ::                             ADRI QUINTANA/
Vicente Santarúa, artista, en la redacción de LA VOZ DE AVILÉS. :: ADRI QUINTANA

A Vicente Menéndez-Santarúa Prendes no le llama por su nombre de pila ni su esposa. Y esto no es una frase hecha, sino que todo el mundo se refiere a él como Santarúa, o simplemente 'Santa' en círculos más íntimos. Un hombre de hablar pausado, reflexiones profundas y un sentido del humor muy peculiar, que suele pasar desapercibido ante lo que le ha hecho célebre: su obra como pintor y escultor y cierto aire distraído que, en realidad, es el reflejo de una vida interior frenética.

Y es que, cuando se le pregunta por los orígenes de su creatividad, que él vincula a su primera infancia, se recuerda a si mismo dibujando todo el rato. Su padre era una persona polifacética, que hacía dibujos prácticos, y que empleaba mucho esfuerzo en resolver problemas técnicos. Armador de profesión y con mucha sensibilidad para el arte, inculcó a su hijo el espíritu concienzudo a la hora de trabajar. Y de eso dieron fe sus profesores, primero en el Colegio San Félix de Candás, villa donde nació en 1936, y luego en los agustinos de Avilés (actual San Fernando), donde recibió clases del pintor Manuel Soria.

Aunque no puede poner una fecha a su inclinación por el arte, afirma sólo que «encontraba en él una satisfacción que aún hoy sigo sintiendo». Sí recuerda, en cambio, la forma en que devoraba aquellos míticos tebeos de 'Hazañas Bélicas' o de 'Rip Kirby'. Cuando leyó en un periódico, allá por 1950, que aquellos autores de cómic ganaban 14.000 dólares a la semana, no daba crédito a que fuese posible vivir de dibujar.

También estaba prendado de la escultura de Antonio Rodríguez 'Antón', maestro candasín fallecido durante la Guerra Civil, que junto a los libros de museos que consultaba en la biblioteca familiar, le iban abriendo un apetito irrefrenable por los pinceles y el buril. El arte ya se le había colado dentro, y sólo era cuestión de tiempo que volviese a salir al exterior, esta vez convertido en creación propia. Empezaba así una carrera que a día de hoy no ha parado de producir ni un solo día.

Hizo la 'mili' de paisano

Santarúa, mediada la década de los 50, ya tenía perdida la cuenta de los cuadros y esculturas que llevaba hechos. Corre el año 1957 y le toca hacer el servicio militar en Madrid. Se le ocurrió hacer un retrato del teniente en un taco de madera, sacado de las cajas de munición. Enseñó aquella escultura hecha de madera al resto de reclutas y fue la 'revolución' en el regimiento de artillería... acabó pelando patatas. Una visita al teniente coronel Herrero, del Estado Mayor del ejército, acabó resultando providencial. Le expuso el caso y el teniente coronel pidió a Santarúa que hiciese un retrato de su mujer. Se lo entregó días después. Herrero le preguntó cuánto quería por el cuadro y Santarúa respondió que lo que quería era poder visitar el Museo del Prado. 'Pues usted va a hacer allí la mili, y de paisano', contestó el militar. Así, Vicente Santarúa pasó el resto del servicio en la pinacoteca, viendo y examinando todos los cuadros de Goya, Rembrandt, El Greco, Velázquez, Durero... Acabada esta peculiar experiencia 'de armas', comenzaron los años 60. Santarúa ya se había casado y tenía familia. «Una situación que no da mucho margen para un artista que se abre camino», explica al razonar la profesión que le iba a dar de comer.

El profesor y los alumnos

Primero dio clases de dibujo en el San Fernando y después entró de interino en el Instituto de La Luz, donde tuvo por alumna a la alcaldesa, Pilar Varela. Pero su situación profesional era precaria. Para ganar la plaza necesitaba la titulación en Bellas Artes y por eso sacó, por libre, la licenciatura en Valencia, hizo cinco cursos en tres años. De ahí, al instituto de La Calzada, en Gijón, donde tuvo de pupilo a Jorge Martínez, guitarrista del grupo Ilegales, con quien mantiene una cordial amistad. Luego, vuelta a Avilés, al Carreño Miranda, y al final, a Salinas, donde se jubiló hace un par de años.

Por medio, más de 40 'quintas' de alumnos, tanto en bachiller como en clases particulares, entre los que brilla con luz propia Amado González 'Favila', segundo vértice de un triángulo de creadores vivos en Avilés que completa Ramón Rodríguez y que, cada uno en su campo, son referente del último tercio de siglo en el panorama artístico asturiano.

Y es que Santarúa está detrás de una cantidad ingente de obras, entre las que destaca la estatua de Woody Allen en la calle Milicias Nacionales de Oviedo, que fascinó al propio director cuando la vio 'in situ'. Las que más orgullo le suscitan, aparte de la citada, son la de Carreño Miranda en la plaza de Camposagrado o el monumento a David Vázquez en La Felguera. Pero hay una que le llega más hondo y es que se cuenta que cuando Jacques Coustaeu vio de frente el busto de su hijo Philippe (que hoy está en el Museo de Anclas de Salinas) se quedó extasiado y no pudo hablar durante horas, 'Es él', sollozaba. «Pudo ver la magia del arte», refiere un Santarúa también emocionado. Y tras rememorar este 'zeitgeist' vuelve a su estudio, donde avisa con ilusión que su nueva obra «está casi a punto».

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