«Quizás no supimos poner a salvo de los vaivenes políticos a la Sinfónica de Gijón»

Óliver Díaz, ayer en el Campoamor. / HUGO ÁLVAREZ
Óliver Díaz, ayer en el Campoamor. / HUGO ÁLVAREZ

El músico gijonés se estrena en la temporada de Ópera de Oviedo este domingo con 'L'Elisir d'Amore': «Todos somos un poco Nemorino»Óliver Díaz Director musical

MIGUEL ROJO GIJÓN.

Nos atiende poco antes del ensayo, a cinco días del estreno de 'L'elisir d'amore', de Donizzeti, en el Teatro Campoamor. Será el domingo, a las 19 horas, cuando Óliver Díaz (nacido en Oviedo en 1972 y criado en el barrio gijonés de La Calzada) se estrene como director musical en la temporada de la Ópera de Oviedo.

-Está en un momento dulce, al frente del Teatro de la Zarzuela, y se estrena en la Ópera de Oviedo. ¿Qué siente Óliver Díaz en estos momentos?

-La verdad es que están siendo unos años muy bonitos. Además de por su calidad, lo de tocar por vez primera en la temporada de Ópera de Oviedo es muy importante para mí por la cuestión sentimental. Con la OSPA y Oviedo Filarmonía tengo una gran relación por razones evidentes, así como con el Campoamor, que además celebra 125 años y por el que han pasado los grandes músicos de este país. No puedo decir eso de que no sea profeta en mi tierra. Yo me siento muy querido y muy valorado, vengo a Asturias varias veces al año... Estoy muy feliz.

«Estuvimos diez años haciendo una labor importantísima con 'Música Maestro'»«Tocar por vez primera en la temporada de Ópera de Oviedo es muy importante para mí» «Es una ópera cómica, pero no solo eso. Tiene una parte romántica, melancólica»

-¿Cuál fue el primer acercamiento a la música de aquel chaval que crecía en La Calzada?

-En casa siempre hubo una gran afición a las artes. Mi padre era músico y pintor aficionado, y desde que era niño siempre estaba rodeado de los libros de mi madre y de los pinceles y las baquetas de batería de mi padre. Tengo alguna foto muy simpática aporreando la batería cuando era todavía muy niño. Ahí nació todo. Luego empecé muy jovencito en la Escuela de Música de Gijón, en el Instituto Jovellanos, y después en los conservatorios de Gijón y Oviedo. Hasta que decidí irme a acabar mi carrera a los Estados Unidos

-Aún no había acabado esos estudios cuando se puso al frente de la Orquesta Sinfónica Ciudad de Gijón, la desaparecida Osigi.

-Era un proyecto muy económico y fue la primera orquesta que dirigí, así que imagina qué importante fue aquello para mí. Estuvimos diez años haciendo una labor importantísima, de la mano de Pachi Poncela, con aquel proyecto de 'Música maestro' que permitió a miles de niños de los colegios de Gijón tener su primer acercamiento a la música clásica. Desgraciadamente, los vaivenes de la política han hecho que en un momento dado un concejal pensase que no era necesario. Era irrisorio su coste. Se sustituyó, entre otras cosas, por el Arcu Atlánticu, que tenía de presupuesto en una semana todo lo que se gastaba la orquesta a lo largo de un año.

-Lo cuenta con nostalgia.

- Es que cuando uno da con una buena idea y funciona hay que saber ponerla a salvo de esos vaivenes de la política. Quizás no supimos hacerlo. Queda ese resquemor de no haber podido sacarlo adelante. Los integrantes de esa orquesta, además, seguimos conservando la amistad que teníamos entonces. Seguimos viéndonos, hablando... y en ese sentido hay mucha añoranza. Aún ayer hablaba con uno. Comentábamos que sería bonito hacer un concierto juntos un día. Lo cierto es que es muy complicado.

-Sin embargo, desde entonces su carrera no ha dejado de crecer.

-A raíz de aquello, efectivamente, en el terreno personal tengo que decir que me permitió crecer mucho profesionalmente, y ahora estoy disfrutando de un momento maravilloso, haciendo cosas que no podía imaginar hace tan solo seis o siete años.

-Como dirigir en el Campoamor 'L'elisir d'Amore' este domingo. ¿Qué tiene de especial para un director musical?

-Es una ópera belcantista, pero supuso, podríamos decir, un cambio a partir de 1830. Donizzeti, que era uno de los compositores con más vis teatral y una genialidad contrastada, supo pasar de esos personajes de carton piedra, muy arquetípicos, que había hasta la fecha a otros mucho más humanizados, que luego Verdi llevaría a las cotas más altas. Es una ópera cómica, pero no solo eso. Tiene una parte romántica, melancólica que es lo que la ha echo una de las más representadas. En Nemorino encontramos a una persona inocente, divertido, quizas naif, pero romántico y dispuesto a darlo todo por Adina. Esa melancolía tiene su momento cumbre con la romanza 'Una furtiva lacrima', es uno de los momentos más queridos por el público no solo de esta obra, sino de la historia de la ópera. Todos somos un poco Nemorino en ese momento, se crea una gran empatia.

-¿Qué herramientas tiene un director musical para lograr transmitir esa empatía?

-Cada director busca transmitir cosas diferentes, quizás haya quien busque transmitir otras cosas. Yo creo que lo que marca esa parte de 'Una furtiva lacrima' es la utilización del arpa por pate de Donizzeti. Solo aparece ahí. En el resto de la obra no está presente. El color del arpa añade un poco de ese romanticismo, esa esperanza melancólica. No es un momento triste. Y la introdución se la concede al fagot, algo que no era habitual. Ese instrumento tiene también una voz melancólica, es, digamos, el antihéroe de la familia viento-madera. En ese momento encarna a Nemorino. En otros momentos, cuando trata de convencer a ella de que espere, buscamos el color más profundo, más grave, más intenso en los instrumentos de cuerda.

-En cuanto a las dinámicas y al tempo, supongo que siempre habrá que tener un ojo puesto en la escena.

-La escena tiene su propio tiempo, y la música tiene que ir de la mano. Hay que estar muy pendiente. La verdad es que Joan Anton Recchi es un gran director de escena, porque entiende muy bien la partitura. Es fantástico trabajar con él. A los directores los tempos nos permiten agilizar las partes chispeantes, burbujeantes, pero es conveniente frenar en las partes más dramáticas. Por ejemplo, cuando Adina se transforma en el último aria, cuando le declara su amor a Nemorino, es un personaje mucho más profundo que al principio. Necesitamos más lirismo, la voz necesita ser más dramática y hay que contener a la orquesta.

-¿Algún proyecto importante en los próximos meses?

-Pues tras este 'Elisir', estrenamos 'El Gato Montés' en el teatro de la Zarzuela, y prepararemos un espectáculo para Navidad sobre la Zarzuela en todas las comunidades autónomas de España. Asturias estará representada por el 'Canto a la sidra'. Después, el día 29, empezaré a ensayar con Oviedo Filarmonía en el Campoamor el concierto de Año Nuevo de este año. Yo lo hice muchas veces en Gijón, y me hace muy feliz volver a Asturias por estas fechas. Además vamos a grabar un disco para Naxos con Oviedo Filarmonía, obras de David del Puerto, Javier López de Guereña y Antón García. Tenía ganas de hacerlo aquí, en Asturias. Y también tenemos el debut con la orquesta de Radio Televisión Española, 'La quinta sinfonía' de Tchaikovski, en enero. Después vendremos a Oviedo con 'El cantor de México', una zarzuela de Emilio Sagi que hemos representado ya con éxito, con Rossy de Palma como gran vedette protagonista. Y en esta misma temporada de Zarzuela, en junio, vuelvo con 'La tabernera del puerto'.

-Así que tendrá tiempo para estar en casa.

-Y disfrutar de la tierra, de la gastronomía, de los amigos, de la familia... Estoy encantado.

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