El Princesa de las Letras renueva su afecto por la novela negra al premiar a Fred Vargas

La novelista francesa vino a Gijón a presentar 'Un lugar incierto', en 2009. / ALBERTO MORANTE / EFE

Su capacidad para «abrir horizontes inéditos» y «revitalizar» el género de intriga la convirtió en ganadora

PACHÉ MERAYO OVIEDO.

Admiradora de Agatha Christie, lee novelas de detectives, crímenes y misterio desde que tiene memoria. Ahora, Fred Vargas (París, 1957), convertida en una de las reinas del género negro, entra en el selecto club de los Premios Princesa de Asturias de las Letras, precisamente porque aquel alimento de niña acabó transformándose en embrión de gran escritora. Dice que lo suyo no es la novela negra, sino los enigmas, pero lo cierto es que al colocar su nombre y su obra en el podio asturiano lo que ha logrado, entre otras muchas cosas, es renovar los votos de ese tipo de escritura de la que casi todos los novelistas reniegan, incluso aquellos que la profesan. La inclusión de Leonardo Padura, otro de los representantes máximos del género policíaco, en este mismo palmarés dio ya un paso de gigante en 2015. El Premio Cervantes de este año a Sergio Ramírez, otro aún mayor. Pero todavía está cerca el galardón a John Banville, que subrayaba más al autor «serio», que al que, cambiando de nombre (Benjamin Black), escribía también novelas de género 'noir'.

Fred Vargas, que en realidad se llama Frédérique Audoin-Rouzeau, pero firma con pseudónimo en un claro mensaje de lo poco que le gusta figurar, tomó su nombre literario, igual que su hermana gemela, del personaje que Ava Gadner interpreta en 'La condesa descalza', aquella mítica María Vargas, que ella ha convertido en Fred (su hermana en Jo). Con ese nombre, que es su firma literaria, ha devuelto, además, al palmarés de los Premios Princesa de las Letras una identidad de mujer que no tenía desde hace ya diez años. Una identidad, por otro lado, francesa, que es la primera que se premia en esta disciplina. Subrayando además ese hecho, ya que el jurado destaca que su escritura, en la que «combina la intriga, la acción y la reflexión» y en la que es más que evidente su «profunda carga cultural», tiene «un ritmo que recuerda la musicalidad característica de la buena prosa en francés».

De formación científica, de hecho está especializada en arqueozoología, es una de las figuras principales de las letras a nivel internacional que ha logrado «abrir horizontes literarios inéditos». Sus lectores aseguran que «o la quieres o sencillamente la odias». A tenor de sus ventas en el mundo, de los muchos idiomas a los que ha sido traducida y de la veintena de títulos que la describen por todo el mundo son más los primeros que los segundos. Pero está claro que Vargas es diferente. Lo es en sus maneras, en su «desbordante imaginación», en sus historias y también en los elementos que lleva a sus páginas. Un ejemplo: 'Un lugar incierto', novela que presentó en Gijón hace ahora nueve años como invitada de la Semana Negra, se abre a la mirada con una imagen, 25 zapatos con sus correspondientes pies cortados dentro. Entonces, en aquella cita asturiana, la autora francesa explicó que lo que había en su historia era una actualización del «miedo a los vampiros» . También habló de que escribía por diversión y de que la literatura es para ella un «medicamento contra la angustia».

No olvidó entonces, como no olvida nunca en las escasísimas ocasiones en que se pone bajo los focos, recordar que hablar de géneros es una cuestión baladí «las diferencias se establecen por necesidades del mercado».

En cada una de sus novelas, en las que el comisario Jean-Baptiste Adamsberg es parte casi imprescindible (no siempre), la Historia con mayúsculas «surge como metáfora de un presente desconcertante». Así lo advierte el acta firmada por los 15 miembros del jurado, que daba a conocer ayer su fallo en Oviedo. Para todos ellos «la originalidad de sus tramas, la ironía con la que describe a sus personajes» son argumentos más que suficientes para encumbrarla, pero hay más y en ellos también pusieron altavoces: su manejo del espacio-tiempo y cómo logra conjugar «la revelación del mal y una sólida arquitectura literaria con un fondo inquietante que, para goce del lector, siempre se resuelve como un desafío a la lógica». Fred Vargas encarna, por todo ello, la revitalización de un género, la novela de intriga, «al que ha sumado, brillantemente, novedosas piezas, atmósferas y espacios hasta componer una obra de proyección universal». Y lo hace superponiendo texturas de toda clase. Tanto de la realidad como de su portentosa fantasía.

Hija del escritor Philippe Audoin, amigo de Breton, pertenece a una familia de intelectuales y eso se detecta en su formación, cultura y escritura como destacaron ayer, entre otros, el escritor Sergio Vila-Sanjuán, que participó del jurado, y para quien «Vargas constata que el género negro está absorbiendo escritores de otros ámbitos y reflexiones de alto nivel». Muchas fueron las reacciones aplaudiendo el premio entre escritores. Fernando Savater, que se confiesa lector de toda su obra, «devoto y fanático admirador», asegura que «no se repite nunca y siempre sorprende al lector». Leonardo Padura, también Princesa de las Letras y jurado en esta ocasión, aseguró que «la elección de Vargas es beneficiosa para la literatura, para el propio premio, pero sobre para la relación con los lectores». Otro escritor, José María Guelbenzu, advirtió que la francesa «es de los pocos escritores de novela negra que es un gran escritor». Lorenzo Silva, que comparte género literario también con la premiada , que en Vargas se aprecia, además de «mucha personalidad», una gran «ambición de estilo».

Lo cierto es que hacía mucho tiempo que un Premio Princesa no convocaba tantas voces y todas buenas. Ella, por su parte, dice que su voz es la de su escritura, esa escritura que mece entre sutiles gestos de humor y poesía, potentes marcas de documentación y conocimiento y donde los personajes, las intrigas secundarias y los diálogos conforman sus tres pilares fundamentales.

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