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«Me gusta llevar la iniciativa del juego»

«Me gusta llevar la iniciativa del juego»
Cristina Corte, en su universidad estadounidense.

A sus 18, Cristina Corte lleva un mes en Philadelphia, donde está becada como tenista

A. VILLACORTA

Si Cristina Corte tiene que definirse como tenista, no lo duda: «Me gusta mucho llevar la iniciativa del partido. Ser la que dicta cómo va a ir el juego». Y, así, con la misma determinación de quienes detestan ir a remolque, supo desde muy temprano esta gijonesa que acaba de alcanzar la mayoría de edad que lo que deseaba era irse fuera de Asturias con una de las becas deportivas que, curso tras curso, otorgan las universidades de Estados Unidos y que permiten a jóvenes de todo el mundo estudiar y competir al mismo tiempo en sus modernas instalaciones.

«Yo tenía doce o trece años y vinieron a mi escuela de tenis, la de Esteban Carril en Mareo, donde aprendí todo lo que sé, a comentarnos esta posibilidad. Así que, cuando terminó la charla, les dije a mis padres que eso era lo que yo quería hacer. Pero, como era tan pequeña, pensaron que se me pasaría. Hasta hoy», explica Cristina, una de esas mujeres que pelean todos los días por lo que quieren.

La última prueba es que Corte, que concluyó sus estudios de Bachillerato con brillantez en La Asunción, lleva un mes en Philadelphia, Pensilvania, después de colgar su currículum deportivo y un vídeo en el que daba cuenta de sus reveses y sus saques en una página web especializada.

«Allí te ven los entrenadores y te hacen propuestas para irte a los equipos de sus universidades», cuenta Cris, que recibió varias ofertas y que finalmente decidió que cursaría Business en la Universidad Drexel, a donde la acompañaron sus padres y su hermana pequeña Lucía, tres años menor que ella pero igual de firme.

«Vinieron una semana y estuvimos visitando Nueva York, que está a dos horas en coche, me ayudaron a montar la habitación y luego ya me dejaron aquí», explica sobre su familia, a la que agradece esta joven responsable y resuelta todo lo que tiene. «Sin ellos, nada de esto hubiese sido posible, porque hemos luchado juntos todos estos años hasta conseguirlo. Ellos fueron quienes me acompañaban a jugar torneos a Santander, Bilbao, Madrid, Galicia... Hasta completar mi formación en el Club de Tenis de Gijón. Y ya no hablo solo del esfuerzo económico, sino de que han dejado de hacer muchas cosas para llevarme a entrenar todos los días».

Así que no es de extrañar que una de las cosas que peor lleva es «estar a 6.000 kilómetros de distancia» de Cristina y Manuel Antonio, además de cuestiones básicas de adaptación a la independencia como «hacer la colada o resolver sola todos los problemas». O como que, por ejemplo, en su nueva universidad, «todo está en internet, desde con qué profesor tienes que hablar hasta los trabajos que hay que hacer. Es todo muy diferente al sistema español, así que al principio estaba bastante perdida».

A cambio, cuenta, «la ventaja es que todo el mundo se vuelca contigo». Un ambiente en el que también ayuda que se relaciona con jóvenes que están en su misma situación, porque en su equipo hay marroquíes, eslovacos o serbios, además de un par de españoles con los que habla de casi todo. «Menos de política, eso sí. De Trump no hablo, por si acaso», bromea esta gijonesa, que vive en uno de los edificios de un campus «con mucha seguridad», en un apartamento compartido con otra tenista, y que admira sobre todas las cosas a Serena Williams, «una jugadora excepcional», y a Garbiñe Muguruza, «porque España tira mucho». Tanto, que lo único que le ha pedido a su madre es que «por favor» le tenga preparado un bocata de tortilla cuando vuelva en Navidad.

Y, con las cosas tan claras, parece mentira que lo suyo con el tenis haya sido una coincidencia. «Resulta que, de pequeña, iba a natación al Grupo, pero todas las semanas tenía unas otitis tremendas y mis padres pensaron que lo mejor era buscar otra cosa». Hasta hoy.

 

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