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«Pensamos retirarnos en Gijón»

Laura Fernández, el día de su boda alemana con Marcel Mix. /
Laura Fernández, el día de su boda alemana con Marcel Mix.

Laura Fernández Ordóñez se fue a Alemania para un año y lleva allí desde 2013

A. VILLACORTA

Laura Fernández Ordóñez (ovetense de 29 años criada en Foz y retornada con la mayoría de edad al Principado) se fue a Alemania para un año, pero la crisis y el amor se cruzaron en su camino y lleva allí desde 2013. Fue justo tras cursar Ingeniería Técnica de Minas en Mieres, de donde procede la mayor parte de su familia, y el grado superior en Oviedo cuando un conocido le comentó que en el país de Angela Merkel buscaban profesionales para formarse allí y, después, regresar a España. Un rumbo que terminó virando y llevó a Laura a convertirse en indefinida en la empresa germana que le dio su primera oportunidad. Concretamente, en el departamento de innovación y desarrollo de una multinacional dedicada a los materiales refractarios situada en Krefeld, una ciudad de 200.000 habitantes a veinte kilómetros de Düsseldorf. El mismo lugar donde, al principio, sin tener «ni idea» del idioma, se sintió «como un bicho raro», porque «el inglés te sirve para comunicarte, pero no para integrarte en el país». Y, para qué nos vamos a engañar, «el alemán es superdifícil. Me costó muchísimo», reconoce.

Y si a eso se le suma esa particular forma de ser de nuestros vecinos del norte, que son mucho más directos que los españoles a la hora de decir las cosas y no se andan con delicadezas, ella tenía la sensación «de que siempre estaban enfadados».

Bueno, todos no. Porque, en medio de su aventura, empezó a comunicarse «como podía» con Marcel, «un alemán de pura cepa» que trabajaba en su misma empresa pero en distinto sitio. «Estamos juntos, pero no revueltos», bromea Laura. El mismo que, poco después, le pidió matrimonio, una proposición a la que ella dijo sí. La boda se celebró por partida doble. «Primero nos casamos allí por el juzgado y, después, organizamos una espicha en Trabanco, que era algo que me hacía mucha ilusión», cuenta esta mujer que se declara asturiana sin remedio («Asturias me tiene el corazón robado») y que no pierde ripio de la actualidad regional. «Lo sé todo. Lo de los mayorinos que subieron al Angliru en playeros y lo del que resucitó en la morgue», bromea.

Tan asturiana es que ahora que Marcel hace sus primeros pinitos con el español le cuela palabras en asturiano en mitad del proceso de aprendizaje. «Y, de hecho, él no dice 'abuelo', dice 'güelu' o 'güelito'. Me gustó tanto la primera vez que se lo oí que no se lo corregí». Y, de momento, forma parte de eso que ha dado en llamarse 'fuga de cerebros', «echando de menos el alterne. Eso de salir a tomar una botella de sidra o una cerveza, porque en Alemania casi no existe. Ellos son más de quedar en casa que en el bar».

Resignándose a volver en verano y Navidad, «echando mucho de menos la tierrina» y planteándose lo de tener un guaje que, si logra convencer a la parte contratante, «se llamará Pelayo» por mucho que le digan que los alemanes no lo sabrán escribir. Soñando a largo plazo: «Marcel se quedó impresionado con las playas del Cantábrico, así que pensamos retirarnos en Gijón, que nos encanta».

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