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Asturianos en la diáspora

«La vida de inmigrante no es fácil»

Andrea Suárez Coto, en el hospital universitario de Düsseldorf, donde trabaja. / E. C.
Andrea Suárez Coto, en el hospital universitario de Düsseldorf, donde trabaja. / E. C.

Andrea Suárez Coto ha encontrado el amor en «la maravillosa Düsseldorf» | Esta enfermera langreana emigró sin saber alemán, pero ahora está orgullosa: «Sé sacarme sola las castañas del fuego»

A. VILLACORTA

«Si me paro a pensarlo, no me lo creo ni yo misma», se arranca a contar su historia Andrea Suárez Coto (langreana, 31 años), tal es el vuelco que ha dado su vida en los últimos seis años y seis meses, cuando, tras cursar Enfermería en la Universidad de Oviedo, decidió emigrar a «la maravillosa ciudad de Düsseldorf» sin saber ni una palabra de alemán.

Porque, si echa la vista atrás, ve una Andrea a la que ya casi no reconoce: «Cuando vivía en Langreo, mis prioridades eran trabajar y saber qué modelín de ropa me iba a poner para salir el fin de semana a tomar un culín con mis amigos». Una Andrea que ahora se ha convertido en una mujer fuerte e independiente que está «muy orgullosa de todo lo vivido»: «Aprendí a sacarme las castañas del fuego por mí misma, sin ayuda de nadie, y eso es algo maravilloso».

Pero ojo, que nadie se engañe, porque «la vida de un inmigrante no es fácil». Y, si echamos la vista atrás, vemos a una Andrea aterrizando en Alemania muerta de miedo e incertidumbre a pesar de que el hospital universitario de la ciudad germana ya la había reclutado: «Fue muy duro, porque no sabía hablar el idioma y tampoco conocía la cultura, pero en el fondo me siento una afortunada porque llegué ya con un puesto de trabajo y el hospital nos pagó durante un año y medio las clases de alemán. Y digo nos pagó porque, de aquella, llegamos unos veinte enfermeros españoles, de los que hoy muchos forman parte de mi segunda familia».

Junto a esa gran familia descubrió «un país muy abierto al mundo, donde muchas culturas conviven juntas y con un sistema de vida muy estructurado», una de las claves del éxito económico de la gran potencia alemana. «Por eso le va tan bien al país, donde además están muy concienciados con el medio ambiente», explica. Y otra de las cosas que le encantan de su tierra de acogida es que, «por ejemplo, los perros acompañados pueden siempre ir en cualquier transporte público o entrar en restaurantes, centros comerciales o tiendas sin prohibición alguna».

Una nación en la que, a veces, los tópicos se cumplen: «A los alemanes no les gusta la impuntualidad de los españoles y tampoco que dejemos muchas cosas para última hora. Ellos, en cambio, ya tienen planeada su agenda hasta finales de año. Si un alemán te dice que vais a quedar un día determinado, ya puede ser el mes que viene, puedes tener por seguro que allí estará a la hora exacta». Y, en sentido contrario, «de los españoles piensan que nos encanta la siesta y la fiesta, pero están enamorados de nuestro país. Sobre todo, de nuestra comida y de la cultura en general».

Una admiración mutua que ha cuajado a la perfección en la vida de esta langreana, que, además de su segunda familia de españoles, tiene una pandilla de nativos con los que ha recorrido mundo: «¿Quién me iba a decir a mí hace casi siete años que iba a viajar con mis amigas alemanas de mochilera por países como Guatemala, Belice, México, Cuba, Sri Lanka, Malasia, Bali...? Todavía no me creo lo que he aprendido en esos viajes de la gente y de las diferentes culturas que he conocido. Impresionante».

Y, para rematar esta historia, halló el amor: «En Düsseldorf encontré al mi amorín, a mi Mo (Moritz), un alemanín de casi dos metros y con quien a día de hoy comparto piso, vida, aventuras y, por su puesto, nuestro hobby favorito: viajar».

Pero, con todo, no se olvida de los suyos: «Es lo que más echo en falta. Saber que me he perdido muchos momentos importantes junto a mis padres, tíos, abuelos..., pero también esta distancia me ha valido para saber valorar lo que durante tantos años han hecho por mí y a día de hoy siguen haciendo y lo importantes que son». Por no hablar de la sidra: «Aquí bebo Alt Bier, que, por cierto, también está muy buena», bromea.

Y, como no quiere ni pensar «lo que es llegar a un país como inmigrante sin absolutamente nada», no tuvo dudas a la hora de depositar su voto para las elecciones generales en el Consulado de Düsseldorf: «Viendo lo que salía en las noticias sobre nuevos partidos, cierre de fronteras o medidas contra la inmigración, creo que urgía votar». Y el 26-M repetirá.