«Mi abuela, al morir, nos dijo: 'Buscadlo y traedlo a casa'»

Maribel Luna sostiene una foto de su abuelo, Aquilino Baragaño Montes, de la CNT de Langreo, que recibió un disparo en la cabeza y murió el 22 de marzo de 1937./A. G.-OVIES
Maribel Luna sostiene una foto de su abuelo, Aquilino Baragaño Montes, de la CNT de Langreo, que recibió un disparo en la cabeza y murió el 22 de marzo de 1937. / A. G.-OVIES

Los peritos acceden al Valle de los Caídos para evaluar el estado de las tumbas. Los familiares de las víctimas de la guerra civil, como la gijonesa Maribel Luna, esperan recuperar sus restos

ANTONIO PANIAGUA / AZAHARA VILLACORTA

Para Maribel Luna, gijonesa afincada en Villaviciosa, el de ayer fue «un día emocionante e intenso. Estamos como en un sueño, como que no nos lo creemos». De esos en los que la alegría se confunde con la tristeza y los recuerdos con la pelea. Porque ayer, «después de más de diez años luchando», el intrincado proceso para exhumar algunos de los cadáveres que yacen en el Valle de los Caídos -entre ellos, el abuelo de Maribel, el cenetista de Candaneo (Langreo) Aquilino Baragaño Montes- comenzó a despejarse. Un día «esperanzador», porque, después de años de litigio, la sentencia que ordenaba la devolución de los cuerpos a los familiares se ha empezado a ejecutar. Aunque, al final, resultó un trance amargo, ya que los allegados de las primeras víctimas de ambos bandos de la guerra civil cuyos restos podrán ser exhumados no pudieron acceder a la capilla donde se creen están enterrados los hermanos Lapeña (dos anarquistas asesinados por la Falange), además de Pedro Gil y Juan González Moreno, combatientes en el bando nacional.

Justo en la misma estancia se encuentra el cuerpo del abuelo de Maribel Luna, que no pudo viajar desde Asturias a Madrid por atender a su madre, que hoy tiene 84 años y que, cuando mataron a su padre, Aquilino, 'Quilinín' para los suyos, en el frente de Belmonte, con 26, era una cría de apenas cuatro.

Aquilino Baragaño Montes, minero, de la CNT, vivía con su familia en Lada hasta que, alistado en el Batallón 210 Higinio Carrocera, lo mataron. Corría el 22 de marzo de 1937. «Le dispararon en la cabeza y los compañeros lo llamaban para ver si podía volver arrastrándose hasta donde estaban ellos, pero no lo consiguió porque debía ser una herida muy profunda y, entonces, lo capturaron los nacionales y lo enterraron en una fosa en Salas», relata Maribel, que en 2006 empezó una búsqueda sin cuartel en la que estuvo auxiliada por Luis Miguel Cuervo, de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, para saber qué había sido de él. «Empezamos a investigar por los pueblinos de aquella zona en 2006 y tuvimos la suerte de encontrar a un señor que se acordaba de su historia y que nos dijo que a todos los que habían enterrado en ese prao los sacaron en el año 1959 y los llevaron al Valle de los Caídos. La suerte que tuvimos es que él siempre estuvo identificado. Pensamos que porque llevaba un carné de la CNT».

Ese fue el inicio de un duro proceso en el que, «peleando, peleando y peleando, archivo tras archivo», la asturiana ha tenido que llegar «hasta Estrasburgo», la luz se hizo ayer, fecha elegida para permitir la entrada de los peritos, que no fue casual, ya que era lunes, día en el que monumento de Cuelgamuros permanece cerrado.

Pese a ello, los descendientes, congregados ante la barrera de entrada al templo, reclamaron acercarse a las sepulturas, pero no vieron satisfecho su deseo. Patrimonio Nacional, del que depende el conjunto monumental, impidió el acceso alegando que los peritos necesitaban trabajar con libertad.

Así fue como, a las nueva y media de la mañana, un grupo de técnicos del Instituto Torroja de Ciencias de la Construcción, perteneciente al CSIC, inició los trabajos, que por ahora son de orden arquitectónico. La Guardia Civil estaba presente para impedir altercados.

Los expertos evaluarán el estado de una de las capillas para saber si soporta los desplazamientos que exigen las obras para recuperar los cuerpos. Por esta razón, una de las primeras operaciones que se llevará a cabo consiste en la introducción de una microcámara, como se hizo para intentar rescatar los huesos de Miguel de Cervantes.

Para Emilio Silva, presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Historia, era también un día lleno de significado, entre otras cosas porque abre la vía para que otros descendientes como Maribel Luna afronten los trámites para rescatar los restos de los suyos. De momento, ya hay veinte o treinta familias que también quieren recuperar a sus difuntos. Porque, como apunta la propia Luna, aunque según el censo del Valle de los Caídos señala que entre sus criptas se esconden los restos de 2.234 asturianos muertos durante la guerra civil, entre nacionales y republicanos. «Todavía hay muchas familias que no saben que allí están los restos de sus padres o abuelos».

Un lugar que está sujeto a un régimen singular, por cuanto la basílica, ordenada construir por Franco, pertenece a Patrimonio Nacional, pero de su gestión se encarga la comunidad benedictina. El prior de la abadía, Santiago Cantera, se había negado hasta hace un mes a cumplir una sentencia firme que le obligaba a permitir el acceso a los técnicos para estudiar si era posible la exhumación. Cantera además rechazó comparecer en una comisión del Senado y alegó que, si los parlamentarios querían verle, estaría encantado de atenderles, pero en el Valle de los Caídos. Estaba en su derecho, pero el desplante irritó a las fuerzas políticas de izquierda. La presión de la jerarquía eclesiástica le hizo rectificar.

Sin embargo, Patrimonio no las tiene todas consigo y alberga dudas de que sea posible identificar a los Lapeña y los otros dos cuerpos que ahora se buscan. El Valle de los Caídos se compone de siete capillas que albergan columbarios cuya disposición está estratificada en cinco niveles. Con el paso del tiempo, el hormigón que separa los niveles ha cedido, algunos ataúdes han caído unos sobre otros y los huesos de los muertos se han entremezclado. Y, para colmo de males, el osario sufre filtraciones de agua.

Después de seis años de pleitear en los tribunales, la nieta de Manuel Lapeña consiguió hace dos años una victoria. El Juzgado de primera Instancia número 2 de San Lorenzo de El Escorial autorizaba la exhumación. Según el juez, es muy probable que los cenetistas se encuentren en los columbarios comprendidos entre el 2061 y 2069 de la cripta principal. La única forma de saber su filiación es que se les practique una prueba de ADN.

Rosa Gil, nieta de Pablo Gil Calonge, se congratulaba de que familiares de caídos en ambos bandos dejaran atrás el rencor: «No venimos con revanchismo, solo a recoger a nuestros familiares».

En el Valle de los Caídos, que reúne la doble condición de mausoleo y mayor cementerio de la guerra civil, están enterrados cerca de 34.000 cadáveres. En 1959, Franco decretó el traslado a los nichos del templo de miles de republicanos que murieron durante la represión franquista. Se calcula que unos 20.000 leales a la II República que fueron fusilados yacen en el lugar. Entre ellos, Manuel Lapeña, que fundó la CNT de Calatayud y fue fusilado en el barranco de La Bartolina en 1936. Nunca se celebró juicio contra él y fue enterrado en una fosa común. Su hermano Antonio Ramiro intentó ocultarse al estallar la guerra, pero todo fue en vano. Acabó entregándose a las autoridades y fue fusilado el 20 de octubre del 36 ante una tapia del cementerio municipal de Calatayud.

De las otras dos víctimas del bando nacional se sabe menos. Pedro Gil Calonge vio la luz en Castejón del Campo (Soria). Era un agricultor que fue reclutado en Soria para que luchase al lado de los sublevados. El 1 de junio de 1937, murió por culpa de una herida de bala. Parecida suerte corrió Juan González Moreno, natural de Arriate (Málaga). También era un labriego que luchó en las tropas de Franco hasta que una herida en la cabeza le provocó la muerte. Pereció en un hospital de Jerez de la Frontera (Cádiz).

La abuela de Maribel Luna, que se quedó viuda con dos hijos de cuatro y dos años y tuvo que emigrar de Langreo a Barcelona, falleció con la pena de no ver cumplido su deseo. «Al morir, nos dijo: 'Buscadlo y traedlo a casa'». Ahora, la hija de Aquilino tiene 84 años y «es de justicia que vea volver a su padre a Asturias, con su familia. Por eso necesitamos que se den prisa».

 

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