«No quiero morir sin vivir la Tercera República»

Almudena Grandes, en el Muro, antes de recoger el Premio Pasionaria que concede el Área de la Mujer de IU de Xixón. / ARNALDO GARCÍA
Almudena Grandes, en el Muro, antes de recoger el Premio Pasionaria que concede el Área de la Mujer de IU de Xixón. / ARNALDO GARCÍA

Almudena Grandes | Escritora, Premio Pasionaria y Nacional de Narrativa 2018: «Hay millones de españoles que no se reconocen ni en la bandera ni en los símbolos nacionales»

AZAHARA VILLACORTA GIJÓN.

«Si pudiera, la caverna la llevaría a la hoguera por roja y feminista», presentó ayer a Almudena Grandes (1960) su colega Pilar Sánchez Vicente, antes de que la madrileña recogiese el XXV Premio Pasionaria, otorgado por el Área de la Mujer de Izquierda Unida de Gijón. Esta escritora «sin pelos en la lengua» recibió el galardón que rinde homenaje a Dolores Ibárruri («la Virgen María del proletariado internacional», dijo Grandes) por «su feminismo combativo, por las mujeres reales que llenan las páginas de sus novelas, por su compromiso social y por sus aportaciones a la recuperación de la memoria histórica». Y, además, lo hizo llamando a la lucha y la alegría «que también encarnaba Dolores, una mujer con una capacidad política abrumadora, poderosísima y admirable», y mientras escribe la quinta entrega de su serie 'Episodios de una guerra interminable', una obra monumental con la que pretende dar voz a «los resistentes antifranquistas, que se han quedado fuera del relato de la democracia. Una resistencia que habría resultado imposible sin las mujeres y que debería ser un orgullo y un capital moral para todos los españoles».

-Acaba de alzarse también con el Nacional de Narrativa. La séptima mujer frente a 68 hombres.

-Me ha hecho mucha ilusión porque, en estos años, muchos españoles se me han acercado a decirme: «Has contado la historia de mi familia. Mi abuela hacía cola en la cárcel». O: «Mi abuelo estuvo en el monte». Me gusta pensar que el Estado español ha reconocido con él a toda esa gente.

-¿Qué les dice a aquellos que defienden que hacer memoria es reabrir heridas ya cauterizadas?

-Que para pasar página antes hay que leerla. Pero lo que hemos hecho en España ha sido pasar páginas sin leerlas. Estoy convencida de que muchas de las crisis que sacuden en este momento a España tienen que ver con la amnesia que se impuso en la Transición. Con el vigor de la consigna «para progresar, hay que olvidar».

-¿De aquellos polvos estos lodos?

-Es evidente. Se vendió que la Constitución era intocable porque todo era maravilloso y resulta que tenemos una crisis de falta de fe en las instituciones brutal, una crisis territorial y un problema grave, que es que hay millones de españoles que no se reconocen en la bandera ni en los símbolos nacionales porque las cosas se hicieron como se hicieron. Sin memoria, la identidad es defectuosa. Y por eso España es un país anómalo.

-Tan anómalo que la momia del dictador sigue en el Valle de los Caídos.

-A Franco hay que sacarlo y enterrarlo con dignidad en un lugar parecido a donde se enterró a Ceaucescu o Mussolini: en una tumba privada, no en la cripta de una catedral. Y también es importante no hacer tonterías con el Valle de los Caídos. Tiene que ser un monumento visitable, exactamente igual que los campos de exterminio nazi. Y, evidentemente, hay que desacralizarlo: los monjes tienen que salir de allí. No puede ser un museo de la reconciliación ni de la memoria porque es un monumento a la victoria, un tributo a la bota que aplasta al vencido. De ninguna manera se puede resignificar.

-En ciudades como Oviedo, aún hay polémica por el cambio de nombres de calles y plazas como La Gesta.

-Hay cosas en este país que da vergüenza tener que explicar: es evidente que un nombre en una calle es un homenaje y tú no puedes hacer un homenaje a una persona que representa los valores de un golpe de Estado que terminó con una democracia. El problema viene de que la democracia española se fundó en el aire.

-Y, por esa razón, sostiene que hay que refundarla.

-Sí. Si asumimos que los humanos somos falibles, no entiendo cómo podemos vivir con una Constitución infalible. Es absurdo. Va en contra del sentido común y la lógica. Y, en cuarenta años, este país ha cambiado mucho. Ahora hay muchísimos españoles que no se han educado bajo la presión del silencio ni del miedo, que es como nos educaron a nosotros. Lo de: «No es el momento. Hay que esperar. No hagáis nada porque se va a liar». Eso mis hijos no saben lo que es. No lo han oído en su vida. Y esa es la generación que va a llegar al poder dentro de nada. Entonces, es normal adaptar la Constitución, asumir que la democracia se formuló de una manera excepcional fruto de una situación excepcional, que es que un dictador se murió en la cama, y que después de cuarenta años se puede reformar.

-¿Por dónde empezamos?

-Se pueden asumir reivindicaciones complicadas como las que están creando problemas en algunos territorios e instituciones, habría que reformar profundamente la justicia, el Senado... A eso me refiero con refundar. Yo no quiero que haya dinamita y que todo salte por los aires.

-¿Qué hacemos con Cataluña?

-Si se hubiera hecho un referéndum a tiempo, nos habríamos ahorrado muchos problemas. Pienso que la propia excentricidad de la situación la debilita. Por ejemplo, que Puigdemont esté en Waterloo. ¿Cómo se le ocurre irse allí? Es algo que me he preguntado muchas veces. Pienso también que las propias desuniones dentro del independentismo indican que el camino de la unilateralidad no va a prosperar. El cambio de Gobierno ha sido muy bueno y quizá la solución a todo esto sea alguna clase de consulta. No una sobre la declaración unilateral de independencia, que parece un camino cerrado, pero quizá las cosas se han deteriorado tanto que solo una consulta popular daría legitimidad a lo que venga.

-¿Es el momento de abrir además el debate sobre la monarquía?

-Yo no me quiero morir sin vivir en la Tercera República Española. El gran problema de la monarquía es que el Rey tiene muy pocos partidarios entre la gente más joven que él. Creo que la opinión, los sentimientos y la lógica de los españoles del futuro se van a imponer antes o después. La monarquía es una institución profundamente anacrónica. En una democracia, que haya una institución que se basa en quebrantar el principio de que todos son iguales ante la ley es muy difícil de sostener. Y, además, en otros países de Europa, la monarquía está tan profundamente imbricada con las instituciones democráticas que eso le da fortaleza. Estoy pensando en Holanda. En España, no es el caso. Ya han empezado a producirse movimientos que serán más nutridos en el futuro.

-También son cada vez más numerosas las filas de partidos de ultraderecha como Vox. ¿Le preocupa?

-No. Puede parecer cínico, pero yo voto a la izquierda y me conviene que el voto de la derecha se fragmente entre tres. ¿En Vox hay más fascistas que en el ala derecha del PP? No estoy nada segura. Si Vox hubiera irrumpido en el panorama político español como Ciudadanos o como Podemos, estaría preocupada, pero creo que es fruto del discurso del endurecimiento de PP y Ciudadanos. Ellos lo han sembrado y a ellos les va a perjudicar. Cuando Pedro Sánchez llegó al poder, Ciudadanos se dio cuenta de que por el centro-izquierda ya no tenía nada que rascar y entonces decidió competir con el PP por el voto de la derecha. Se fueron calentando tanto, incrementando tanto la dureza de sus discursos, que consiguieron darle aliento a un partido marginal. Les está muy bien empleado.

 

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