El paso por Asturias de la gran diva Montserrat Caballé

Emilio Sagi, besándole la mano en Oviedo, en 2006 . :: M. ROJAS/
Emilio Sagi, besándole la mano en Oviedo, en 2006 . :: M. ROJAS

Se estrenó en 1963 en Gijón y después protagonizó siete inolvidables óperas en Oviedo

RAMÓN AVELLO

En 1963, Montserrat Caballé era una joven promesa del canto que un año antes había debutado en el Liceo de Barcelona en una ópera algo anodina de Richard Strauss, 'Arabella'. No era aún 'La Caballé', diva belcantista de la segunda mitad del siglo XX, sino una joven cantante con ilusión, técnica y voz. El 13 de mayo de ese año, 1963, Montserrat Caballé, invitada por la Sociedades Filarmónica de Gijón y de Oviedo, acompañada al piano por Pedro Vallribera, ofreció su primer recital en Asturias, en Gijón. Un programa kilométrico, dividido, como era entonces habitual, en tres partes, y que iba, con pocas concesiones a la música italiana, de Bach a Debussy. Sobre todo, Debussy. Meses después, Montserrat y el tenor Bernabé Martí protagonizan en La Coruña y en Barcelona 'Madame Buterfly'; él como Pinkerton, ella como Cio-Cio-San. Como a veces la vida es menos trágica que la ópera, Bernabé y Montserrat se casan.

Damos un pequeño salto en el tiempo. Montserrat Caballé es ya una cantante internacionalmente consagrada desde que en 1965 sustituyó -¡Benditas sustituciones!- a Marilyn Home en una versión de concierto de 'Lucrezia Borgia', de Donizetti, en el Carnegie Hall de Nueva York. De nuevo volvemos a encontrar a Montserrat en Asturias, pero esta vez en las temporadas de ópera del Campoamor de Oviedo, interpretando a la Elizabetta, de 'Roberto Devereux' de Donizetti (septiembre de 1968); a 'Tosca' de Puccini, en esa misma temporada; a la Leonora de 'Il Trovatore' y a Lucrezia de 'Lucrezia Borja', en 1970; a Luisa Miller y a Norma en 1978; y a Desdemona, de 'Otello', en 1983. Luis Arrones, en su 'Historia de la ópera de Oviedo', nos da una sólida información de cómo cantó y lo que cobró. Esta noche, en el estreno de 'Il turco de Italia', en ese mismo escenario, se recordará su figura y se anunciará que las cinco funciones se dedicarán a su memoria y a la del maestro Alberto Zedda, fallecido el año pasado y que dirigiera 'Il turco in Italia' en 2002 en el Campoamor.

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Pero no es ópera todo lo que reluce. Montserrat Caballé volvió a Asturias en varias ocasiones. Unas veces arropando la carrera de su hija, Montserrat Martí, otras veces con motivo de diversos premios, como la concesión en 1991 del Príncipe de Asturias de las Artes a varios cantantes españoles, y los Premios líricos Campoamor. El caso es que en los últimos años escuchamos a Montserrat Caballé en el Monasterio de Coria, compartiendo escenario con Joaquín Pixán y mi admirado gaitero Manolo Quiros, y en diferentes recitales. De algunos de ellos guardo un recuerdo vivo y entrañable de una excelente artista y una gran mujer.

Como el recital que ofreció, acompañada por Lavilla, en la Universidad Laboral de Gijón, a finales de la década de los ochenta. Se celebraban una de las últimas ediciones de los Festivales de Música de Asturias, que con tanto entusiasmo había ideado Emilio Casares. Como el Teatro Jovellanos estaba en obras, se trasladó el recital al Teatro de la Universidad Laboral, primera acústica de España y quinta de Alemania. Hacía un frío polar, y, además, llovía. El recital fue excepcional; Montserrat fue cambiando su atuendo, añadiendo chales y fulares en su lucha contra los elementos. Pese al ambiente inhóspito, ella estaba cómoda y se arrancó con varias propinas. En la segunda, mientras que Felix Lavilla preludiaba la introducción a una canción de Obradors o de Turina, se escuchó un «¡Ay!». Nada tenía que ver con el lied. Sencillamente, una gotera traicionera le había caído a Montserrat por el moño o por el escote. La Caballé exclamó: «¡Félix, una gotera! ¡Ja, ja, ja!» y comenzó a cantar. Tras los aplausos y bravos, una persona del público le dijo: «Gijón le pide perdón», y Montserrat Caballé, nada molesta y muy risueña le contestó: «¿Por qué? Si no hubiese lluvia no tendrían estos verdes tan bonitos, ja, ja, ja». Y aquella risa generosa, abierta, espontánea, nos suena hoy como un aria inolvidable e irrepetible de Montserrat Caballé.

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