El Palacio Valdés se rinde a Camus

Un momento de la representación de 'Calígula' en el Teatro Palacio Valdés. / CAROLINA SANTOS
Un momento de la representación de 'Calígula' en el Teatro Palacio Valdés. / CAROLINA SANTOS

Su clásico 'Calígula' fue ovacionado durante cuatro minutos en el teatro avilesino | Lleno en un coliseo totalmente abarrotado para ver una versión inyectada de rock

DIEGO MEDRANO AVILÉS.

Todo gustó ayer de 'Calígula', el clásico de Albert Camus , que anoche llenó de aplausos, largos aplausos de más de cuatro minutos, el teatro Palacio Valdés de Avilés. Con Pablo Derqui a la cabeza actoral y la dirección erizante y prodigiosa de Mario Gas, la pieza, representada sobre una tarima, en cuyos bajos se iban creando todos los escenarios, no pudo ser mejor recibida en el coliseo abarrotado. Desde su vestuario en blanco y negro, intensificado por una iluminación que variaba en esos dos mismos tonos, hasta al interpretación y por supuesto el propio texto magistral, que habla de justicia, nonor y culpa. Todo fue aplaudido.

En 'Calígula' hay robo, desprecio, libertad coartada, pero sobre todo un mal muy específico, esa locura incontrolada a la que siempre lleva el poder mal administrado. El clásico habla en presente. La crítica internacional subraya la interpretación «febril, poética sin subrayados, pletórica sin matices» de Derqui, un psicópata autodestructivo, niño perdido frente al vacío existencial, monstruo con traje blanco y lujosas prendas para la cena. Teatro literario, la pluma de Camus brilla en cada escena, y teatro al mismo tiempo vanguardista, donde los episodios de locura y danza, por ejemplo, son discutidos y a veces, envueltos en música de Bowie y Joker.

Es difícil soportar al emperador, y el público se estremece en tal reto. Fortaleza y debilidad son los polos sobre los que se debate el conjunto. No hay nada en él digno de ser amado, y ello cercena las ganas de vivir o ser feliz. Calígula es un coqueteo permanente con la muerte, no solo de su padre sino de él mismo. Infantilicidio y amaneramiento son los retos de la interpretación junto a sinceridad y burla. Escipión, en el personaje de Bernat Quintana, vive escindido de compasión y odio. El diálogo entre Cesonia (Marta López) y Calígula enerva y hace vibrar al patio de butacas: no solo es madre, también amante, es el pasaje del amor hacia la muerte junto a la pureza maquinal del asesino. Pasiones sin merma desatadas.

Todo es política en la obra, precisa actualidad, brillo de justicia social y ética propia: «La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas». Es la condición humana bajo el clima existencialista donde un personaje histórico, emperador romano despiadado, se abre al abismo de los límites del poder, la corrupción y las contingencias del individuo frente a la muchedumbre. Prima la palabra porque ni vestuario ni decorado son exuberantes. El discurso llega al público por su atemporalidad y por lo menudo, didáctico, con que se muestra. Es original porque no hay ambiente romano de togas y laureles.

Indulgencias, bulas, corruptelas ya entonces del estamento político, equivalencias entre gobernar y robar, doble moral e impunidad. No es solo teatro, también una prodigiosa clase de filosofía moral. Es complaciente porque es incómoda, algo que sabe bien digerir el público, el fantasma del fascismo se dibuja al final de cada cuadro: el poder puro, ignorante de la impunidad, mancilla y exhibe su fuerza bruta. Calígula nos coge por el cuello sin un minuto de sosiego. Los muertos comienzan a importar y pesar de otro modo después de verla. Es un Calígula lúcido, deliberadamente tratado así por Gas, consciente de su maldad, deudo de un instinto cruel, la tiranía déspota entre el corifeo de palmeros: Quereas (Borja Espinosa), Cesonia (Mónica López), Escipión (Bernat Quintana), Helicón (Xavier Ripoll), etc. La escenografía de Paco Azorín nos transporta al Palazzo della Civiltá del Lavoro de Roma. Los atuendos monocolores (blanco o negro) brindan otra paz diferente. No es la locura irracional sino un monstruo dando cuentas y vomitando, para goce escénico, todo su mal. «La única manera de igualarse a los dioses es ser tan crueles como ellos», figura como la absoluta poética de la obra. «Soy puro en el mal», afirma el tirano entre los baños de divinidad de su pueblo.

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